Y DE REPENTE, EL VERANO

De repente, el termómetro empezó a subir hasta alcanzar cifras absurdas para el mes de abril. El miércoles, a las once de la noche, bajaba por la calle Atocha para recibir a mi madre en la estación. Iba con vaqueros y camiseta, como si fuera verano. Las terrazas estaban llenas, como si, además de verano, fuera viernes o sábado. En los bares, la gente miraba los televisores con ojos ansiosos. Todos querían que su equipo pasara la eliminatoria… aunque para muchos esa noche su equipo era el Inter de Milán. Cuando mi madre y yo volvíamos a casa en taxi, al pasar por Cibeles, vimos como decenas de coches se acumulaban, tocando la bocina, alrededor de la fuente. Madridistas eufóricos bajaban de los vehículos, con camisetas y bufandas del Real Madrid, para celebrar el fracaso del enemigo en el templo de su diosa particular. El fútbol y la elegancia hace mucho que dejaron de estar unidos, si es que alguna vez lo estuvieron. Me pareció algo patético, pero debo confesar que, en mi fuero interno, yo también sentía cierta satisfacción.

La taxista salió de la trampa en que se había convertido Cibeles y se alejó hacia Colón, intentando rodear a las masas blancas. Terminó metiéndose por Prim y yo le sugerí que bajara por Barquillo hasta la Gran Vía.

-Qué bien que conozcas Chueca, me contestó la taxista.

Una frase como esa, tan aparentemente inocente, tiene tal cantidad de subtextos, especialmente en presencia de mi madre, que se puede convertir fácilmente en un arma de destrucción masiva. Pero se deshizo en el aire como el humo de un cigarrillo. Al llegar a casa, mi madre vio la foto de Diego que hay en el salón, pero no hizo ningún comentario al respecto. Me contó que el día anterior había ido a ver a la abuela a la residencia y la encontró llorando discretamente en el salón de la televisión. Mi madre le preguntó que le pasaba y ella, mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo, le respondió que lloraba por sus piernas, diciendo que ya no le servían para nada. Imaginarme la escena hizo que me emocionara y me refugié en la cocina, haciendo que limpiaba algún vaso. Yo también lloro discretamente. Mi madre siguió contando que en seguida se había consolado y añadió alguna conversación divertida que habían tenido esa semana, en los paseos que dan alrededor de la residencia.

A la noche siguiente, yendo en coche con mi hermano y mi madre, el nombre de Diego salió en la conversación. Era una anécdota trivial acerca del miedo irracional que siente por los pulpos y otros animales viscosos que arrancó a mi madre una carcajada. En casa, supongo que vio otra vez la foto del salón, pero tampoco dijo nada. A la mañana siguiente, al salir del baño, mi madre me comentó, haciéndose la sorprendida, que hay un pulpo de goma en la bañera. Yo asentí, explicándole que era un regalo que me habían hecho y que es una especie de tapón para el desagüe.

-No, si lo digo por Diego, respondió ella.

Cuando salió de casa para coger el tren, mi madre parecía contenta. Y si yo la conozco como ella me conoce a mí, creo que fue una buena señal.

11 thoughts on “Y DE REPENTE, EL VERANO”

  1. -Ah, yo lo de la taxista me lo hubiera tomado como : “Mierda, no le puedo dar rodeos”.
    -Qué mona tu madre, se esfuerza
    -La vejez me produce pavor, auténtico pavor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *