WORKING IN THE COAL MINE

Dentro de poco hará cinco años que estoy en este trabajo. La verdad es que se me han hecho cortos, comparados con los casi cuatro años de condena en la productora de vídeos. En aquella época había días en que soñaba con entrar al despacho del jefe y decirle que me iba, combinado con mañanas en las que la sola idea de tener que ir a ese lugar siniestro hacía que se me revolviera el estómago. Sólo por librarme de esa sensación valió la pena hacer el cambio. Por no hablar de otras cuestiones como que el sueldo que cobraba no me hacía llegar ni a la categoría de mileurista, o el placer de trabajar a cinco minutos de casa, algo que en Madrid es un auténtico privilegio.

Hace poco me dijeron que la productora estaba a punto de cerrar. A mí me extrañó que aun siguiera abierta, porque era algo que llevaba esperando desde que las compañías aéreas decidieron entrar en crisis después de que AlQuaeda convirtiera los aviones comerciales en misiles aquel día de septiembre de 2001. De repente, había que recortar gastos en cualquier apartado y volar pasó de ser un placer a convertirse en algo parecido al transporte de ganado en carretera. Lo curioso, en realidad, es que la gente no comenzó a sentir un pánico irracional a montar en pesados aparatos de metal y plástico que se elevan a más de diez mil metros, sino que empezó a volar más que nunca. La culpa de todo, en realidad, la tienen RyanAir, EasyJet y Richard Branson. El caso es que se pasó de una situación en la que no importaba pagar millones por ofrecer contenido audiovisual en los medios de transporte, estrenando superproducciones en los aviones antes que en los cines españoles, a otra muy distinta en la que se regateaba por todo y se acabó eliminando la programación de muchos vuelos o restringiéndola sólo a primera clase. Si te hacen pagar por un bocata seco con sabor a plástico, ¿no esperarás que sigan poniendo pelis para hacerte el vuelo más entretenido?

De todas formas, si la empresa hubiera sido dirigida por alguien con criterio, la situación tampoco hubiera sido tan desastrosa, ya que tenía el monopolio en el sector. El problema estaba en que el jefazo supremo era un señor que soñaba con hacer su propio National Geographic Channel a precios de televisión local. Cuando el dinero entraba a espuertas gracias a la venta de contenidos externos, daba igual que el departamento de producción propia, que englobaba casi al 80% de las personas contratadas, fuera ruinoso y no hiciera más que perder dinero. La estrategia era vender productos audiovisuales a un precio que no llegaba ni a la mitad de lo que habían costado “para fidelizar al cliente y luego subirles los precios”. Sí, esto lo escuché de boca de uno de mis superiores. Evidentemente, la estrategia no funcionó. Pero claro, ¿qué se puede esperar de una empresa donde uno de mis primeros encontronazos fue un diálogo como el que sigue?

Ace76: “Y aquí hablamos de esto, de lo otro y de lo más allá”.
Realizador de anchas espaldas pero escaso criterio: “Esto, lo otro y lo de más allá no lo he grabado”.
Ace76 (no dando crédito): “¿Y por qué?”
Realizador: “Porque no era bonito”.

Cuatro años de carrera estudiando que el criterio del periodista debe basarse en el valor informativo de la noticia se derrumbaron en un plumazo. Eso debió de prepararme para grandes momentos posteriores, como cuando la representante del cliente más importante confundió un efecto de moaré (es decir, rayas) con “un precioso campo de lavanda” o dijo que “es mejor no poner declaraciones de personas porque el viajero se aburre porque la imagen no cambia”. Al viajero, por su parte, le interesaban más los vídeos de cámara oculta del “just for laughs” que cualquier documental sobre rutas pintorescas, mercadillos con encanto o la encuadernación artesanal de libros. Eso sí, aunque el negocio era ruinoso, el dueño del cotarro seguía contratando a gente para luego buscarles una ocupación, comprando a precios millonarios material audiovisual que nunca llegaría a ser utilizado o ampliando la oficina para luego terminar alquilando espacio libre a empresas que fabricaban tejados de uralita.

Lo peor de todo es que los empleados de la empresa, jovenes prometedores con ganas de comerse el mundo, se dedicaron a hacer pandillas como si fuera una versión en la vida real de “Al salir de clase” y perdieron el tiempo haciéndose la vida imposible entre ellos en vez de preocuparse por mejorar sus condiciones laborales o luchar contra los abusos del cuerpo directivo.

10 comentarios en “WORKING IN THE COAL MINE”

  1. A mí, sobre todo, me vino bien para valorar lo que quiero y no quiero en un trabajo, y lo que estoy dispuesto a sacrificar o no. Y para madurar, claro.

  2. Jo, cómo te expresas… es un lujo. Entre eso y que yo compartí trinchera contigo en ese infierno durante dos años (tres años? no, juntos dos, en total tres), este post me ha dejado rubia… yo añadiría recuerdos bonitos, no obstante, como cuando bajábamos a por patatas y chocolate y donuts y de todo y engordábamos cinco kilos al mes… ah, no, ese no es bonito…

  3. Mi vida laboral está tan llena de malos recuerdos que hoy no comento, hale.
    Bueno, que sí, que me alegro de que estés a gusto en el curro. Para mí es lo principal a la hora de valorar un trabajo, que yo esté a gusto con el curro, con los medios, con los jefes y con los compañeros. Si hay malos rollos, tensiones, cabreos y peleas, no puedo, me suponen mucho estrés extra, y paso.

    Besicos!

  4. Es que esa empresa es un tema que da para mucho y lo tengo desaprovechado bloguísticamente hablando. Eso sí, también tuvo sus cosas buenas, como conocer a Vir o las charlas con los maños en el acuario grande de edición mientras veía vídeos musicales.

    Lux, a mí una de las cosas que más me estresaba del trabajo era pasarlo tan mal estando en una empresa que era “de lo mío”.

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