Whiplash

Whiplash

Whiplash es el título de una composición del músico de jazz Hank Levy, editado por primera vez en 1973 abriendo el disco Soaring de Don Ellis. Además de compositor, arreglista y saxofonista, Levy fue profesor de música en la Towson State University desde 1967, donde fundaría su propia banda, la Towson State Jazz Ensemble. Con trabajo duro y pasión, consiguió que el grupo se convirtiera en una de las bandas de jazz más prestigiosas de Estados Unidos, ganando premios en festivales como el Notre Dame en 1970, donde uno de sus alumnos consiguió también el galardón a mejor trompetista.

“Whiplash” también significa “latigazo”. Y desde luego, nada de esto es casual cuando uno ve Whiplash, película independiente escrita y dirigida por Damien Chazelle (guionista de la cinta española Grand Piano cuya primera película fue Guy and Madeline on a Park Bench, donde el protagonista es un trompetista de jazz: aquí hay una pauta). Con un presupuesto de unos tres millones de dolares, la película se estrenó con éxito en la última edición del festival de Sundance y ha llegado hasta los Oscars, siendo nominada en las categorías de Mejor Película, Actor Secundario, Guión Adaptado, Montaje y Edición de Sonido.

Pero todo esto es pura anécdota. Whiplash es una película que hace de la sencillez y el clasicismo su gran virtud y su fuerza. Todo se reduce básicamente a la relación entre un estudiante de música decidido a convertirse en un baterista de jazz legendario y un profesor cuyos métodos de enseñanza se aproximan hasta la tortura física y psicológica. La lucha de poder y de talentos entre ambos alcanzará proporciones casi titánicas hasta desembocar en un climax basado en un solo de batería que es uno de los momentos de mayor tensión dramática y emocional que se han visto en la gran pantalla en los últimos años. Seguramente J.K. Simmons, secundario de lujo del cine estadounidense, se lleve el Oscar por dar vida a un profesor que va más allá de los límites, pero Whiplash no alcanzaría la misma brillantez sin la entrega en cuerpo y alma a su papel de músico obsesionado, casi cercano a la locura de la bailarina a la que interpretaba Natalie Portman en Cisne Negro, del joven Miles Teller.

En el mundo del arte, pasión y obsesión, inspiración y sangre, acaban yendo de la mano cuando hablamos de los grandes genios. Chazelle disecciona estas difusas fronteras a lo largo de su película y lo hace sin grandes aspavientos, con una dirección elegante y un montaje que sabe hacerse visible en los momentos justos, acompañando a los redobles de la batería como un instrumento más de la orquesta. Whiplash es una clara lección de que el buen cine no necesita de grandes presupuestos mi de aspavientos manieristas para brillar y emocionar: un guión que funciona como un reloj, una cámara colocada en el punto adecuado y unos actores en estado de gracia son todo lo que se necesita. Tan fácil. Tan difícil.

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