VOL DE NUIT

A veces, por las noches, tumbado en la cama, miro la ventana de mi habitación y pienso en cómo me cuelo entre las rendijas de la persiana y salgo al exterior. Subo por los aires y desde el cielo veo la ciudad, millones de bombillas anaranjadas extendiéndose bajo mis pies. Puedo flotar o puedo volar, o puedo dejarme llevar por el viento, pero tengo claro cuál es mi destino. Me dirijo hacia el norte, hacia cordilleras nevadas y mares fríos. El viaje puede llevarme el tiempo que yo quiera. Puede durar horas o puede durar un minisegundo, todo depende de la urgencia que sienta en mi interior por alcanzar mi meta.

Ésta no es otra que una calle secundaria en otra ciudad, otro millón de bombillas blanquecinas que se extienden bajo mis ojos. Puedo bajar a tocar el agua del río, o puedo dar vueltas en torno a los adornos góticos del Priorato de San Dominico. Me siento en el borde del enorme rosetón que ocupa la fachada. Estoy muy cerca del lugar que he venido a ver. No tengo cuerpo, ni peso, ni tamaño, pero aun y todo, quiero ir con cuidado y en silencio. Me cuelo por el ojo de la cerradura, o por una pequeña rendija entre el cristal y el marco de la ventana. Sorprendo a un ratón que atraviesa el suelo de la cocina. Me deslizo por debajo de la puerta y llegó a un pequeño salón. Ahí es donde querría estar por las noches.

Me cuelo entre las sábanas de tu cama y te abrazo. Tu cuerpo está caliente, tiene el olor, el tacto y el sabor que recuerdo. Sé que tú notas que estoy ahí, porque siento que sonríes. A muchos kilómetros, yo también lo hago.

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