VACACIONES CASERAS

Hace una semana estaba en un tren con destino a Pamplona, dispuesto a pasar en mi pequeña ciudad natal unos días de descanso, alejado del mundanal ruido. Y, en efecto, han sido unas vacaciones muy tranquilas. Llamé a algunos amigos, pero resulta que, del mismo modo que yo abandono Madrid en vacaciones, ellos abandonan Pamplona cuando llegan las suyas. Como con los amigos que tienen bebés no se puede contar para planes improvisados, apenas he salido de casa durante estos días excepto para ir con mi madre a la clínica donde ha estado ingresada mi abuela estas últimas semanas. Al final le van a dar el alta esta semana o la que viene. Tendrá que hacer algo de rehabilitación para recuperar movilidad y fuerza en las piernas, pero parece que todo ha salido más o menos bien.

El resto del tiempo lo he pasado durmiendo hasta tarde, intentando navegar por Internet a velocidad de modem telefónico, zapeando sin control por la programación matutina de la TDT (¿quién vive en la piña en el fondo del mar?), leyendo y reflexionando. Las vacaciones de Semana Santa siempre me ha parecido unos días adecuados para hacer un poco de introspección. Supongo que me viene de los tiempos de mi etapa mística en la que hacíamos convivencias para celebrar la Pascua en caseríos perdidos por el País Vasco con otros grupos franciscanos. Esa faceta espiritual mía está un poco desaparecida actualmente, más que nada porque la Iglesia cada día me da más vergüenza. Supongo que la curia vaticana implosionará algún día de estos en su propia podredumbre y los cristianos de base tendrán que reconstruirlo. Si no, dentro de un par de décadas, lo único que va a quedar del catolicismo es una jerarquía de vejetes aislados de la realidad social y dos o tres movimientos ultraconservadores.

El lunes por la tarde volví a Madrid. Siempre me da la impresión de que cuando vuelvo de las vacaciones de Semana Santa, la capital se ha vestido ya de primavera y hasta la luz me parece diferente. Mientras subo por la calle Atocha en dirección a mi casa, me alegro de vivir en una ciudad que me parece bonita e interesante, una ciudad que me gusta. Supongo que los paseantes que se cruzan conmigo deben pensar que parezco un tonto, mirando las fachadas de las casas y sonriendo, pero me da igual. La primavera ha llegado a la ciudad, y no sabes lo bien que me sienta.

9 comentarios en “VACACIONES CASERAS”

  1. Madrid en cuanto llega la primavera explota, pero en plan bien :)
    Y yo sin haber hecho aún mi posta sobre Pamplona… mal por mi!
    Ahora sólo tienen que subir las temperaturas un poco y en seguida los chulazos se pasearán fresquitos… BIEEEEEEN!

  2. ¡Boob Espooonja! :P

    Me acabo de enterar de lo del alta de la abuelita, anda que… ¡Pero qué bien! :)

    Y por cierto, qué bien suena ese futuro del que hablas.

  3. Que geniales son esas vacaciones en las que se recargan las pilas, aunque se vienen con cuatro kilos de más, la cabeza repleta de programas televisivos, pero con ganas de hacer cositas primaverales.

    Yo también las he tenido parecidas, solo que en Calpe… con Bob Esponja, como dice Diego, y Patricio, Don Cangrejo y Calamaro ;-)

    Un beso.Orni

  4. Pues no suelo ir con los auriculares por la calle… aunque a veces voy tarareando canciones en la cabeza, jejeje

    Madrid cambia con el sol… Eso sí, se me había olvidado recordar la parte mala de la primavera: las alergias. Atchis! :-(

    Y las vacaciones han estado muy bien, la verdad.

    Parece que a mi abuela le darán el alta a comienzos de la semana que viene.

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