Un desayuno para empezar el año

El Año Nuevo no empieza de verdad hasta que terminan las vacaciones de Navidad. De hecho, el 1 de enero es una especie de limbo resacoso en el que confluyen el año que se va y el que llega sin ser uno u otro. Pero cuando llega la hora de volver al curro, entonces sí. Hay es donde los propósitos de Año Nuevo se enfrentan con la cruda realidad. Entrar en la oficina era constatar que el año nuevo no iba a ser demasiado diferente a los doce meses que acabábamos de dejar atrás.

Para contrarrestar este drama, yo tuve un pequeño ritual que comenzó por no tener leche en la nevera. Volví de Pamplona la noche del día uno y descubrí que no tenía nada para desayunar, así que me fui al Vips y seguramente pedí unas tortitas, unos huevos revueltos y un café con leche. En aquellos tiempos en que mi sueldo de redactor en cutreproductora apenas superaba los 650 euros, desayunar fuera de casa era un lujo, así que me tomé mi tiempo para saborear cada mordisco. Y descubrí que era la mejor manera de comenzar el año, así que mantuve la costumbre durante los años siguientes: el primer día que volvía a trabajar después de las vacaciones de Navidad, me levantaba temprano y me tomaba un buen desayuno.

¿Cumplía después mis propósitos de Año Nuevo? Eso ya es otra historia. Aunque en este 2018 voy a hacer un esfuerzo especial para conseguirlo.

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