Todo Japón

Mientras hablaba con unos amigos de lo diferente que es Japón a España, de la sensación de estar en otro planeta que te invade en cuanto sales del avión, de los pequeños detalles -¡y los grandes!- que te llaman la atención por todas partes, me preguntaron:

-¿Y qué es lo que más te ha gustado de Japón?

Me quedé pensando un rato y fui incapaz de llegar a una conclusión clara, así que seguí hablando:

-Y tienen decenas de refrescos distintos. Hay fanta de uva, y de kiwi, y una Coca Cola que te hace adelgazar… Y Kit Kat de wasabi, muy bueno. Ah, y un refresco de yogur con trozos de coco en una lata. Y el porno de dibujos animados está a la vista, al alcance de cualquiera. Eso lo vimos en unas tiendas llamadas Don Quijote, sí, Don Quijote…

Pero sigo pensando en la respuesta la pregunta y sigo sin llegar a una conclusión.

El tigre y su cachorro atraviesan el río

Quizás podría hablar del jardín de piedra del templo Ryoan-ji (El templo del dragón tranquilo y pacífico, según Wikipedia), un jardín zen creado en el siglo XV donde quince rocas -se dice que no se pueden ver las quince simultáneamente desde ningún ángulo- recrean las figuras de un tigre y su cría atravesando un caudaloso río. En todo caso, veas eso o sólo veas piedras dispuestas al azar, es un rincón tranquilo y silencioso donde la mente puede vaciarse y meditar durante unos minutos. Pero también impresiona entrar en el templo de Sanjusangendo y pasar lentamente por delante de las centenares de esculturas de Kannon talladas en madera en la Edad Medía: todas parecen idénticas y sin embargo, son todas diferentes. O encontrarse delante de un Buda de casi quince metros de altura en Nara. O pasear de noche por el cementerio de Koyasan y adentrarse en sus templos iluminados por centenares de tenues lámparas ordenadamente repartidas por su techo. Es como caminar por el escenario de un sueño.

Miles de bombillas que nunca se apagan

Pero hay muchos momentos en que Japón parece el decorado de una película. Sales de un teatro después de ver un espectáculo de danzas tradicionales y descubres que el parque ha sido decorado con miles de luces de colores como parte de sus festivales de verano.

…and at last I see the light

Japón es un país lleno de luz. El neón reina a sus anchas en Tokyo, pero luce mejor que nunca en Osaka, en el barrio de Dontombori. ¿Cómo no admirar a una ciudad que convierte a un anuncio luminoso -el atleta triunfante de Glico, el Glico Man- en su símbolo?

Corre, Glico Man, corre!

Todo es limpio y ordenado en Japón, y a la vez puede ser un caos estridente, como el que uno encuentra cuando entra en una sala de recreativos de cinco plantas de Akihabara y acaba intentando descifrar cómo se juega a esas máquinas que adolescentes japoneses aporrean con sus manos a ritmos frenéticos, envueltos en música atronadora. O cuando uno atraviesa sus calles comerciales, rodeado de miles de carteles y miles de japoneses que cruzan la calle ordenadamente. Si Osaka ha convertido a un anuncio en un símbolo internacional, Tokyo ha hecho lo mismo con un paso de cebra. Sí, el de Shubiya. Y cerca de Shibuya lo que hay es un Bershka. También había una chocolatería San Ginés, pero cerró. Los japoneses viven claramente en la era pop. Sus ciudades parecen un parque de atracciones llenos de tiendas y máquinas de vending, de karaokes en los que pasar horas, de noches de fuegos artificiales de hora y media de duración. Pasas los días rodeado de dibujos manga, mascotas kawaiis y Godzilla.

Roarrr!

Pero a la vez, y sin que nadie te haya advertido, Japón es un país donde la Naturaleza manda, donde el calor veraniego es sofocante y los mósquitos van a juego, donde los parques parecen selvas y una ruta por el campo puede ser una aventura en la jungla embarrada. En Shirakawago, las viejas casas de madera parecían islas perdidas en un mar de plantaciones de arroz intensamente verde. En Miyajima el teleférico volaba por encima de los árboles y se asomaba a un archipiélago de islas e islotes. Y por supuesto, el Fuji, casi siempre oculto tras la niebla en verano, pero que se asomó para saludarnos y sorprendernos. Conquistar su cumbre, a 3776 metros de altura, junto con Diego, fue uno de los grandes momentos del viaje, a pesar del frío y la sangre en los dedos de los pies. ¿O quizás fue el esfuerzo lo que le da su valor?

Subiendo más allá de las nubes

Nunca he comido un sushi mejor que en Kanazawa y difícilmente una carne más deliciosa que la que probamos en Takayama o en el callejón Pontocho. Comprobé que es cierto que puedes encontrar KitKats de decenas de sabores distintos y que la pasta de judia puede ser un buen sustituto del chocolate en la repostería. Si yo fuera la agencia de turismo de Japón, diría que es un país que se difruta con los cinco sentidos: vista, gusto y oído son más que evidentes. Para el olfato, el aroma a incienso de los templos. Y para el tacto, el agua caliente de las bañeras de un onsen. En cuanto aprendes los pasos de la ceremonía que supone lavarse en ellos, descubres el placer de lavarte sentado y con un barreño.

Así que sigo pensando en qué es lo que más me ha gustado de Japon.

Y la respuesta sería algo así como: “Todo”.

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