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The Avalanches, Wildflower

16 años esperando...

16 años esperando…

Desde que nos dejaron, después de publicar Since I left you en el año 2000 -seguramente la primera obra maestra de la música del siglo XXI-, muchas cosas han pasado en la vida de The Avalanches. Hubo peleas y abandonos por como el proyecto iba dejando de ser un grupo de ¿rock? para convertirse en un DJ set hasta quedar reducido a dos miembros: Robbie Chater y Tony Di Blasi. Chater, además, estuvo convaleciente durante tres años por un par de enfermedades autoinmunes (que según la Wikipedia se trató con Ibogaína, substancia con alucinantes efectos secundarios). El grupo se dedicó también a colaborar en la composición de un musical sobre King Kong (cuando la obra se estrenó, la aportación de The Avalanches consistió en un tema de 25 segundos) y a preparar una película de animación que describieron como “un Submarino Amarillo de hip hop” (después de dos años de trabajo el dinero se acabó y el trabajo se quedó en nada). Chater, por si fuera poco, tuvo que actualizar su ordenador en 2014, después de años trabajando en un Mac donde tenía instalado el Studio Vision, un programa secuenciador al que se dejó de dar soporte… en 1997.

Y mientras tanto, aunque parezca mentira, The Avalanches decían estar trabajando en la continuación de su primer disco, colaborando con músicos de todo el planeta y consiguiendo los derechos de todo tipo de samplers. Y cuando ya todos pensábamos que nos estaban tomando el pelo y que el-segundo-disco-de-Avalanches era un mito a la altura de la democracia china, llegó Wildflower. Su sencillo de presentación, Frankie Sinatra, no podía estar más lejos de Since I left you. Eso sí, ambos temas son igualmente pegadizos por las razones más distintas.

Al igual que Since I left you, Wildflower se basa en miles de samplers de ruidos, diálogos de películas, fragmentos de otros temas… Se dice que el primer disco contenía unos 3.500, seguramente Wildflower no se quede atrás, mezclando desde el Come Together de The Beatles hasta Sonrisas y Lágrimas. Pero el resultado es muy distinto: mientras que su ópera prima resultaba un conjunto compacto y fluido, donde cuerdas y orquestaciones de todo pelaje se convertían en protagonistas convirtiendo al disco en una onírica pieza de Easy Listening para el nuevo siglo, Wildflower resulta metálico y deslabazado -en especial en su segunda mitad, justo después de la cómica The Noisy Eater (¿una especie de remake de su Frontier Psychiatrist?)-, menos soñador y mucho más directo a golpe de hip hop. Tampoco es de extrañar: seguramente el rap sea el estilo musical que está definiendo los últimos años y es difícil mantener una coherencia interna cuando tratas de resumir dieciseis años de trabajo en un solo disco. Ellos dicen que el disco es como un viaje en coche por su extensa y variada Australia natal, pero creo que sólo se dedican a dar vueltas por el desierto.

Además, The Avalanches no sólo han perdido el efecto sorpresa, sino que en Wildflower juega todo a ser tan referencial, desde la misma portada, que homenajea There’s a Riot Goin’ On, disco de 1971 de Sly & The Family Stone…

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…hasta el propósito de reinterpretar los sonidos psicodélicos de los sesenta y setenta a base de samplers que al final Wildflower resulta tan posmoderno y referencial como artificioso. Evidentemente, después de 16 años esperando, las expectativas eran altas. Podemos alegrarnos de que haya llegado este segundo disco de The Avalanches y disfrutar de pistas como Kaleidoscopic Lovers o If I Was a Folkstar, pero es inevitable sentir cierta decepción.

SINCE I LEFT YOU

Cuando voy a Pamplona en coche con Miguel, yo soy el encargado de llevar la música. Para nuestro último viaje, mientras buscaba qué discos coger de mis estanterías, redescubrí un Cd pirata que prácticamente había olvidado a pesar de ser uno de mis favoritos: “Since I left you”, de The Avalanches, un grupo de DJs australianos que publicaron en 2001 este discazo hecho con samplers de 3.500 vinilos.

Mientras lo escuchaba, me acordé de quien tenía la copia original, alguien en quien hacía mucho que no pensaba: aquella chica canaria de la oficina de la que estuve totalmente colado durante un año. Me parecía tan guapa, tan simpática, le gustaba la misma música que yo, y además, tenía carácter (y una relación autodestructiva con un exnovio que también trabajaba en el mismo sitio, pero como yo era inexperto e inocente y estaba cegado por el amor platónico, no me di cuenta de ese pequeño detalle hasta después). Recordé las tonterías que se hacen cuando uno tiene a alguien metido en la cabeza, el análisis exhaustivo de cada palabra, de cada inflexión en la voz, de cada mirada que se intercambia en las conversaciones triviales, las excusas absurdas para pasar más tiempo juntos, la pequeña catástrofe que supone que un día te ignore, las largas horas acodado en la barra del bar cada jueves que los compañeros del curro salíamos a tomar algo pensando “de esta noche no pasa”… Lo más que conseguí es echar con ella unas cuantas partidas al Memory en la máquina de recreativos, cabeza con cabeza. Entre copa y copa, partida y partida, nos sonreíamos. Por lo menos, yo sonreía, supongo que con cara de bobalicón. Luego siempre volvía a casa y cuando me acostaba, tardaba en dormirme pensando en que había algo que me impedía dar el paso definitivo y romper esa especie de barrera infranqueable que había entre los dos.

Afortunadamente, terminé entendiendo que era ese “algo” y fue mi penúltima historia de amor de esa clase.