ACTO DE DESAGRAVIO III

Hace ya unos años me llegó un mail que me hizo sonreir. Seguro que lo habéis leido, hablaba de nosotros, los nacidos entre los 70 y 80 como la última generación cuerda, porque jugamos en la calle, vimos nacer el Walkman, conocimos a Mazinguer, la Bruja Avería y a Espinete y otras zarandajas variadas. Hace un año o así, CocaCola hizo un anuncio que fusilaba bastantes de las cosas que decía ese mail, aparte de contar con Camacho y Mayra Gómez Kemp como estrellas invitadas. Y sí, me gustó el anuncio, como también me hizo gracia que la gente se volviera loca con los lanzamientos en DVD de «La bola de cristal». Pero de repente los anuncios se llenaron de referencias nostálgicas a los 80, viniera a cuento o no, y hablaban de Heidi, de la madre de Marco, de Willi Fogg, de la muerte de Chanquete o de cualquier otro elemento iconográfico de nuestra infancia. Y yo empecé a hartarme.

Pero el último anuncio de CocaCola sólo consigue ponerme de mala leche. Primero, por haber convertido «Gold» de Spandau Ballet en una cosa que dice «Cha-val».

Spandau Ballet eran Nuevos Románticos y nunca se vestirían de mamarrachos como los que salen en el anuncio. Es más, los videoclips que se parodian en el anuncio son uno de Police («Wrapped around your finger», con su laberinto de velitas), otro de Wham! («Wake me up you before you go-go», con sus pantalonetas) y otro al estilo de DuranDuran («Wild boys», creo… y meter en el mismo saco a Duran Duran y Spandau Ballet es como intentar hacernos creer que Liam Gallagher nunca deseó que Damon Albarn muriera de Sida. ¿O fue Noel quien dijo esto?).

Por si fuera poco, cuando el coro dice lo de «anuncios cantados» suenan las notas del «No tengo tiempo», de Azul y Negro, que nunca fue la sintonía de un anuncio, sino de la Vuelta Ciclista a España (aparte de ser una de las primeras canciones que recuerdo).

Y de lo patético que es ver a Loquillo diciendo «rocanrol» rodeado de clones absurdos de unos grupos de música que representan todo lo contrario, mejor no decir nada.

Tener que refugiarnos en la nostalgia por el pasado y la infancia es distraernos con colorines y melodías fáciles para que no nos demos cuenta de que somos una generación ya superada, por mucho que supuestamente tengamos poder adquisitivo. Y no, no hay nada de revolucionario en comprarse una consola a los 35, lo siento.

En fin, ahora entiendo a mi madre cuando se enfadaba al ver los años 60 trivializados en películas, programas y anuncios.