REVOLUTIONARY ROAD

Revolutionary Road

Al ver el bonito cartel de Revolutionary Road, bromeé diciendo que habían hecho una secuela de Titanic y que, al final, Leo había conseguido sobrevivir a las aguas heladas. Nada más lejos de la realidad, la película de Sam Mendes está a años luz de la historia de amor almibarado ambientada en el barco más famoso de la historia.

Revolutionary Road es un Drama con mayúsculas, no un melodrama ni una bonita película de amores trágicos. La historia de un matrimonio que tiene que asumir que no son esa pareja especial, diferente al mundo vulgar que les rodea, me revolvió por dentro. Es el gran conflicto de nuestro tiempo: ¿no hacemos realidad nuestros sueños porque estos son imposibles o porque, en realidad, no nos atrevemos a intentarlo? ¿Es una presunción inútil creer que somos especiales? ¿Conformarse con lo que se tiene es rendirse? ¿No conformarse con lo que se tiene es una locura?

Sam Mendes ha hecho una película brillante, de las que no se olvidan en cuanto se encienden las luces de la sala. Kate Winslet está maravillosa, pero Leonardo DiCaprio no se queda atrás. Personalmente, creo que es la mejor actuación que le he visto hacer hasta la fecha. Sólo algún personaje secundario que verbaliza en voz alta lo que está contado de forma más o menos implícita hace que la película pierda algo de sutileza, pero es un defecto menor en un conjunto casi perfecto. Bajo su luminosa apariencia, detrás de los bellos decorados, de las casas perfectas, de los desayunos exquisitos, se esconden frustraciones, secretos, amargura y muertes en vida. En este sentido, Revolutionary Road puede recordar a películas como Las horas, Pleasentville o Lejos del Cielo. Los años 50, que en el imaginario colectivo estadounidense son algo así como una Edad de Oro entre la posguerra y los tumultosos años sesenta, no eran ese paraiso de casas con electrodomésticos a la última y felices madres de familia. Y lo que es válido para esa época es igualmente válido para el siglo XXI.