Resumen cinéfilo anual

La llamada edad de oro de las series de televisión -que seguramente está a punto de entrar en crisis, si no lo ha hecho ya- ha provocado que la atención de los medios culturales se haya desplazado de la gran a la pequeña pantalla, y con ello la de los espectadores inquietos. Ya no se habla de los hallazgos en el último festival sino del último estreno de HBO, el interés por cinematografías emergentes como la iraní o la surcoreana se ha cambiado por la programación de la BBC o la televisión danesa y la resonancia del cine como fenómeno cultural ha terminado diluyéndose, no tanto como fenómeno de masas ya que sigue habiendo películas supertaquilleras que se incorporan a la cultura popular, sino en lo relativo a todo ese cine de autor, maduro e inquieto que llega con cuentagotas a unas salas de arte y ensayo cada vez más desiertas. ¿Han muerto los autores? ¿Ha muerto la cinefilía tal y como la conocíamos?

El caso es que uno cada vez es más consciente de que ir al cine a ver una película es una actividad casi tan extraña o pasada de moda como comprarse un disco compacto. Quizás sea parte de la última generación que siente que donde hay que ver las películas es en una sala oscura y una pantalla grande, por mucho avance tecnológico que tengamos a nuestra disposición. El caso es que este 2014 he seguido yendo al cine, he visto unas cuantas películas y éstas han sido mis diez experiencias cinematográficas más satisfactorias del año:

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10.10.000 Km. En un año que el cine español puede presumir de haber conseguido una estupenda cuota de pantalla gracias al exitazo astronómico de Ocho apellidos vascos y otros títulos como El Niño o Torrente 5, es una pena que películas pequeñas pero interesantes como ésta pasen tan completamente desapercibidas. Cómo evoluciona la relación de una pareja separada por motivos laborales, contada en gran parte mediante mails, videollamadas y sms, es una historia tan sencilla como intensa y emocional. Si antes ya el cine español «independiente» tenía complicado encontrar a su público, ahora ya queda claro que es imposible conseguir cierta resonancia si el título no viene respaldado por una gran cadena de televisión y su correspondiente campaña promocional.

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9. Guardianes de la Galaxia. Las fronteras del universo cinematográfico Marvel se ampliaron enormemente con esta propuesta protagonizada por personajes que seguramente no son muy conocidos por el gran público. Sin embargo, gracias al carisma de unos actores en estado de gracia, consiguieron superar en interés y gancho a otros superhéroes de la casa mucho más populares. Guardianes de la Galaxia es un derroche de desparpajo y despreocupación al más puro estilo serie B con presupuesto de superproducción, convirtiéndose en el mejor homenaje posible al cine juvenil de los ochenta. Al fin y al cabo, ésa es la década en la que parece vivir Star Lord de forma permanente.

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8. El desconocido del lago. El cine francés consigue llegar a nuestras pantallas, aunque le cuesta un poco más que antes. Ganadora del galardón al mejor director en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes y candidata a los principales premios Cesar en su última edición, El desconocido del lago no es una película destinada al gran público, pero su interés va mucho más allá del supuesto morbo de estar ambientada en una zona de cruising a las orillas de un lago. Heredera del espíritu naturalista de Eric Rohmer, la película de Alain Guiraudie convierte el crudo realismo de sus imágenes en una abstracción sobre los oscuros y sinuosos caminos del amor y el deseo.

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7. La gran estafa americana. David O. Russell, niño mimado de la crítica estadounidense, no se llevó ningún Oscar por esta película, tan entretenida como amarga, ambientada en los fabulosos años del disco. Brillantes trabajos actorales, impecable banda sonora y un guión que funciona como un reloj son los secretos de una película que nos ha regalado unas cuantas escenas memorables, como la de Jennifer Lawrence limpiando la casa al ritmo de Live and let die de Wings, los rizos de Bradley Cooper o los escotazos y la mirada de Amy Adams. Hasta Christian Bale consigue no caer mal…

Boxtrolls

6. Los Boxtrolls. Con permiso de Disney y su Big Hero 6, la única cinta de animación que aparece en mi lista es la última producción de Laika, especialistas en stop motion y aficionados a añadir un toque oscuro a sus películas. La historia de un niño criado por unos trolls con cuerpo de caja perseguidos por las autoridades de un pueblo obsesionado con el queso no tiene miedo a entrar en territorios siniestros e irreverentes supuestamente no aptos para las mentes infantiles y contarnos así un cuento con giros argumentales inesperados y, como no, final feliz.

Relatos salvajes

5. Relatos Salvajes. La película argentina de Daniel Szifron conseguía superar la irregularidad típica de las cintas estructuradas en episodios proporcionándonos un retrato compacto y oscuramente divertido sobre la capacidad de respuesta del ser humano cuando se atreve a ir más allá de los límites establecidos por la sociedad. La ira, la venganza o el simple deseo de hacer justicia son las fuerzas que mueven una película a la que la palabra «salvaje» se ajusta a la perfección.

Gone Girl

4. Perdida. David Fincher dirige la adaptación de un best seller y lo convierte en un juego de apariencias con muchas más niveles de lectura de los que parece a simple vista. Juguete metacinematográfico, crítica de los medios de comunicación, metáfora sobre las relaciones de pareja… Rosamund Pike ya se ha ganado un lugar en la historia del cine junto a Tippie Hedren, Sharon Stone y Kathleen Turner mientras que Ben Affleck, seguramente, nació para dar vida a su personaje.

Ascensor con Capitán América

3. Capitán América: El soldado de invierno. La primera entrega cinematográfica del Capitán América con Chris Evans poniéndole cara y mucho cuerpo era sosa, aburrida, absurda, nefasta. Pero era el precio que había que pagar para disfrutar de una película que va más allá del típico blockbuster Marvel. Sin la ridicula grandilocuencia presudoshakesperiana de la saga de Thor y sin depender del carisma socarrón de Robert Downey Jr. para cubrir el expediente, la segunda entrega del Capitán América tiene aromas de thriller setentero, escenas de acción a la altura de los mejores Bond y una vibrante química entre sus dos protagonistas. Ojalá el cine comercial alcanzara siempre este nivel.

La gran belleza

2. La gran belleza. Si viviéramos en los noventa, los cinéfilos habrían escrito cientos de artículos sobre La gran belleza y Sorrentino sería el autor de moda. Heredera del cine de los grandes maestros italianos como Antonioni y Fellini, la última ganadora del Oscar a la mejor película extrajera es tan excesiva como ambiciosa, pero sus imágenes resultan fascinantes.

Nebraska

1. Nebraska. Alexander Payne ha conseguido el que puede ser el mejor título de su filmografía siendo fiel a sí mismo. Como sus anteriores películas, Nebraska es un retrato del Estados Unidos más cotidiano, una historia de personajes mediocres, perdedores que buscan un momento de dignidad, de brillantez, de felicidad. Esta road movie rodada en flamante blanco y negro sobre un hijo que acompaña a su anciano padre a reclamar el premio millonario que cree haber ganado es un viaje a las raíces para reconciliarse con el pasado llena de verdad, emoción y, sí, sentido del humor. La vida es así.

Perdida

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Perdida (Gone Girl) es una película que tiene muchos niveles de lectura y más capas que una cebolla. De hecho, la percepción que se tiene de ella como espectador durante su primer visionado va cambiando conforme avanza la trama. Al principio uno cree que está viendo la crónica de la desintegración de un matrimonio mezclada con una trama criminal de misterio, un thriller de «falso culpable» o «falso inocente», para después asistir a una crítica sobre la manipulación de la realidad por parte de los medios de comunicación y terminar contemplando un espectáculo casi de Grand Guiñol donde la fina línea entre la verosimilitud y lo histriónico termina difunimándose hasta desaparecer y convertirse casi en una comedia de humor negro. Perdida juega a muchas cosas, juega a ser una película de suspense a lo Hitchcock, a ser una metapelícula de suspense a lo Brian de Palma y a ser casi una parodia de cierto tipo de thriller sensual y tramposo que tan de moda estuvo entre los 80 y los 90, especialmente los nacidos de la pluma de Joe Eszterhas: Al filo de la sospecha, Atracción Fatal, Instinto Básico

Rosamund Pike Amy Dunne

No en vano la británica Rosamund Pike ha declarado que, para construir su personaje, se inspiró en el trabajo de Sharon Stone en esa película (hay un multitudinario interrogatorio que nos remite directamente a una famosa escena del clásico de Paul Verhoeven, aunque sin cruce de piernas en esta ocasión), así como en el de Nicole Kidman en Todo por un sueño. Pero también podemos rastrear en su retrato de Amy Dunne ecos de la Tippie Hedren de Marnie, la ladrona (una vez más, alguien se tiñe el pelo en un cuarto de baño público), de la Janet Leigh de Psicosis (la fugitiva, el motel de carretera, un coche, una tormenta) e incluso de la Catherine Deneuve de Belle de Jour (la hermosa pero glacial esposa perfecta que esconde un perverso secreto y arrastra a su poco espabilado marido a la perdición). Pike aguanta perfectamente la comparación con todos estos grandes nombres y firma una interpretación de las que marcan un antes y después en una carrera… o de las que la marcan para siempre. Lo que no cabe duda es que su personaje va a ser referenciado, imitado y parodiado en los meses y años venideros. Junto a ella a Ben Affleck no le cuesta ponerse en la piel de un hombre entre derrotado y bobalicón, que a veces resulta profundamente antipático y otras arrebatadoramente cautivador. Sí, David Fincher sabía bien que la ambivalente imagen pública de Affleck (protestamos cuando no le nominan al Oscar a mejor director por Argo y protestamos cuando le contratan para interpretar a Batman) le venía como anillo al dedo al personaje de Nick Dunne. Jugando al despiste como con todos los elementos de Perdida, Fincher ha completado el reparto con dos actores más conocidos por su registro cómico -Neil Patrick Harris y Tyler Perry- y un plantel de rostros curtidos en series de televisión como Carrie Coon (Nora Durst en The Leftovers), Kim Dickens (Lost, Friday Night Lights, Treme, Hijos de la Anarquía…) y secundarios como David Clennon, Lisa Banes, Patrick Fugit (el chico protagonista de Casi Famosos), Missi Pyle o una sofisticada Sela Ward, fabulosa en su papel de estrella de la televisión ¿basura?.

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Todo este juego de apariencias en el que nada es lo que parece va desde el propio argumento de la película hasta los elementos de su puesta en escena. Apoyándose en narradores poco fiables, situaciones, diálogos, iluminación y banda sonora -una vez más a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross- adquieren un toque de artificio sutil pero perceptible, a medio camino entre lo paródico y lo realista. Fincher deja que los delirantes excesos del guión, escrito por la autora de la novela superventas en la que se basa la película, se conviertan en una especie de enorme McGuffin para ir sembrando distintas reflexiones sobre el poder de la imagen externa y la construcción de la misma en el entorno social gracias a los medios de comunicación y la palabra de los demás, sugiriendo que estamos indefensos ante el poder de los mismos: la verdad termina ahogada por la narración continua de hechos e imágenes en que se ha convertido el siglo XXI. Pero, entre todos los niveles de lectura que tiene, Perdida puede verse como lo que parecía desde el principio: el retrato de un matrimonio en crisis, donde mentiras y manipulaciones forman parte de un juego donde el objetivo es convertir al otro en la persona que amamos y conservarlo para siempre a nuestro lado.