Moon La La Light

Ha vuelto a suceder. Como hizo Spotlight imponiéndose como mejor película a Mad Max y El Renacido el año pasado o como 12 años de esclavitud consiguiendo el premio grande aunque Gravity se llevara muchas más estatuillas esa noche, Moonlight ha ganado el Oscar a mejor película en una accidentada entrega de premios que pasará a la historia por un sobre equivocado que hizo creer a los productores de La La Land que eran los triunfadores de la noche durante un par de minutos.

Todos sabemos que a La La Land le ha perjudicado haberse posicionado desde el principio como la gran ganadora de los Oscars de este año, arrasando con todo en los Globos de Oro, además de haber despertado fanatismos exaltados como hacía tiempo que una película no lo hacía y que han conseguido despertar a su vez unos odios igualmente exaltados hacia la misma. Corremos el peligro de que nos invadan durante los próximos meses decenas de anuncios y editoriales de moda basados en la estética de la película, chicas pelirrojas con vestidos amarillos, chicos rubitos y delgados con look jazzístico y escenas de baile dulcemente torpes en planetarios y parques nocturnos. Con una BSO superventas y –ella sí– ganadora del Oscar, tenemos City of Stars para rato. Tengo el convencimiento de que esa canción acabará convirtiéndose en un clásico del cine con decenas de versiones. Quizás, en el fondo, esta forma tan amarga de perder el premio a la mejor película sirva para acrecentar su leyenda.

O quizás nos sirva para valorar a La La Land en su justa medida. La película de Damien Chazelle no es una película perfecta, pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito, no lo parezca. Estamos ante la película de un joven director que viene de demostrar todo su potencial en una cinta como Whiplash (que, por cierto, puede entenderse como una precuela para La La Land: Ryan Gosling sería el personaje de Miles Teller después de acabar su formación como músico y trasladarse a Los Angeles) y que se plantea hacer un musical en Cinemascope, ambientado en la actualidad pero con un regusto retro en todo momento, protagonizado por unos actores que suplen con su carisma sus carencias en cuanto al canto y el baile y que, sobre todo, tiene un final que podemos describir como agridulce. La La Land es un drama disfrazado de caramelo con canciones. Mucho mejor escrita de lo que dicen y sobre todo, con una estructura que funciona como un reloj coronada por un fabuloso epílogo que revisita toda la película para revelarnos su verdadero significado, la película convierte sus supuestas debilidades en sus fortalezas. ¿O alguien podría imaginar que, en 2017, la película de moda, el referente estético del momento, fuera un musical posmoderno sobre el precio del éxito? Esta revisitación de Un americano en París y Los paraguas de Cheburgo es, quizás, la primera película de la generación del nuevo milenio y volveremos a hablar sobre ella durante mucho tiempo.

Pero el hecho es que la ganadora ha sido Moonlight y tampoco deberíamos sorprendernos por ello. Todos sabemos que a Moonlight le ha beneficiado posicionarse como la cinta auténticamente independiente protagonizada por minorías marginadas después de que en 2016 se hablara tanto de la ausencia de profesionales negros entre las películas nominadas, los famosos #OscarsSoWhite. También sabemos que nada puede apetecerle más a la industria cinematográfica que darle una bofetada a Donald Trump concediendo su premio más importante a una película protagonizada por negros homosexuales. Y así ha sido.

Pero quizás esto nos impida valorar Moonlight en su justa medida. La película de Barry Jenkins no es una película perfecta pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito (de momento más crítico que comercial), no lo parezca. Estamos ante la segunda película de un joven director curtido en el campo del cortometraje que se ha encargado de llevar a la gran pantalla la obra de teatro inédita de Tarell Alvin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue, un origen teatral especialmente evidente en su tercer –y mejor– acto. Rodada en Cinemascope para huir de una fotografía demasiado documental y con un montaje, una fotografía y una banda sonora magníficos, Moonlight es un drama que transita inicialmente por caminos un tanto trillados para sorprendernos con un final tan emotivo como sencillo, donde la canción adecuada sirve para que los corazones puedan abrirse después de largo tiempo silenciados. Aunque la estatuilla al mejor actor secundario ha sido para Mahershala Ali, brillan mucho más en sus papeles intérpretes como Naomie Harris, André Holland o un casi debutante Trevante Rhodes. Hay mucha verdad en Moonlight a pesar de los intentos de Jenkins por estilizarla y envolverla en azules y fluorescentes. Y supongo que eso es lo que ha acabado cautivando a los miembros de la Academia.

Pero en realidad Moonlight y La La Land (y también Manchester frente al mar, Lion, Jackie o Toni Erdmann) son dramas sobre la construcción de la propia identidad y la necesidad de reconciliarse con el pasado, de ser valiente para enfrentarse a los obstáculos y hacer sacrificios para salir adelante, de atreverse a ser uno mismo. En definitiva, estos Oscars de 2017 nos han regalado un puñado de películas, quizás no perfectas, pero que nos reconcilian con lo mejor del cine: su capacidad catártica para hacernos sentir. Aristóteles estaría contento.

Spotlight: un homenaje a un periodismo que ya no existe

Cuando DiosMorgan Freeman abría el sobre con el nombre de la ganadora del Oscar a Mejor Película, todo parecía indicar que El RevenidoRenacido sería la escogida como triunfadora de la noche aunque algunos aun albergaban la esperanza de que Mad Max se lo impidiera. Seguramente nadie esperaba que Spotlight, que hasta el momento sólo había ganado el premio al Mejor Guión Original, justo al comienzo de la velada, fuera la premiada. Y sin embargo, una vez repuestos de la sorpresa, todo parecía ser lo más lógico.

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Aunque parezca lo contrario, la Academia de Hollywood actúa con bastante criterio. Ya lo demostró esta noche, premiando a Mark Rylance por su estupendo trabajo en El puente de los espías antes que darle un galardón nostálgico a Sylvester Stallone o reconociendo al tema de Spectre a cargo de Sam Smith antes de la anodina balada de Lady Gaga y Diane Warren. Eso sí, seguramente Tom McCarthy no haya ganado el Oscar a mejor director por Spotlight por no ajustarse al arquetipo idealizado de gran autor al que Iñarritu sí se ajusta, un prejuicio que ha convertido al mexicano en el único director en conseguir la estatuilla dos años consectuivos junto a John Ford y Joseph L. Mankiewitz. El porqué han preferido endiosar aun más a Iñárritu y no premiar a George Miller por su épica labor al frente de Mad Max ya pertenece a los misterios de la Academia, aunque seguramente se puede aplicar a cierta falta de valor a la hora de reconocer los méritos que implica poner en marcha un gran artefacto de acción sin freno.

Otras pistas nos indicaban que El renacido no sería la triunfadora, como el “pequeño” detalle de que la película no era candidata al premio al mejor guión (es fácil entender por qué), mientras que Spotlight pertenece, indudablemente, a ese grupo de películas con mensaje “importante” y, por tanto, fácilmente merecedoras de premios (sí, 12 años de esclavitud, te estoy mirando a ti). Sin embargo, la explicación más sencilla es que Spotlight es mejor película. Y ya.

Esta recreación de como el equipo de investigación Spotlight del periódico The Boston Globe destapó como las autoridades de la Iglesia católica habían tapado durante décadas centenares de casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdores es una de esas películas que podemos adjetivar como “necesarias”. Excelentemente interpretada por un equilibrado reparto en el que quizás destaquen Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Michael Keaton, Spotlight no carga las tintas en ningún momento ni narrativa ni estilísticamente. De hecho, su estilo de dirección y de montaje casi invisible la acerca más a las cintas de los años setenta que quiere homenajear, como Todos los hombres del presidente, de la que puede ser una sucesora en los corazones de los estudiantes de Periodismo del mundo. Esta contención es su gran virtud, ya que deja que el horror de los hechos denunciados hable por sí mismo: aquí no hay una gran conspiración que destapar, ni grandes melodramas que afecten a los periodistas. Apenas sabemos nada de sus circunstancias personales: lo importante es verlos hacer un trabajo que consiste en saber qué preguntar, a quién preguntar y no descansar hasta obtener una respuesta. Y ese tono realista permite decubrir otro gran horror actual, al comprobarse que es el propio sistema el que impide destapar estos casos sin que nadie haga ningún esfuerzo consciente para ello: los periodistas se preocupan por otras noticias, o no tienen tiempo para investigar a fondo un asunto que requiere esfuerzo y dedicación, los responsables del periódico no demuestran demasiado interés por temas que puedan ser polémicos, la burocracia se convierte en un obstáculo en sí misma sin que nadie la controle… Cuando no hay un gran enémigo, no se sabe contra quien hay que luchar.

Spotlight es también un homenaje a un periodismo que seguramente esté en vías de extinción si no ha muerto ya. Esas grandes redacciones que se podían permitir mantener equipos de periodistas dedicados a la investigación porque tenían unos lectores fieles que daban credibilidad a lo que aparecía publicado en las páginas del diario son ya cosa del pasado, arrastradas por la crisis económica y el cambio de modelo que ha supuesto la irrupción de Internet y las redes sociales. Ya no se valora la profundidad, sino que prima la inmediatez, el click impulsivo, el contenido fácil, sensacionalista y youtubiano. Los medios no pueden enfrentrarse a anunciantes, autoridades y mercado, atados de pies y manos por unos ingresos menguantes. Spotlight está ambientada en 2001, pero en muchos aspectos es como si transcurriera en un tiempo muy, muy lejano.

Birdman versus Boyhood

Los Oscars de 2015 se saldaron con un ganador claro, Birdman, y un perdedor evidente, Boyhood. Whiplash consiguió llevarse tres merecidísimos premios al mejor actor secundario, sonido y montaje y debería haberse llevado alguno más, como el de Guión Adaptado, categoría en la que los académicos patinaron enormemente concediendo la estauilla a The Imitation Game. El gran hotel Budapest se llevó varios premios técnicos en los apartados de diseño de producción, vestuario y maquillaje, mientras que Alexander Desplat se llevó, por fin, el Oscar por su maravillosa partitura para la bonita pero no tan satisfactoria película de Wes Anderson. También Julianne Moore se llevó, por fin, el premio a la Mejor Actriz por Siempre Alice, una película que no recordaremos en unos meses a la hora de repasar la carrera de una intérprete que cuenta con títulos en su haber como Las Horas, Un Hombre Soltero, Lejos del Cielo, Magnolia, El final del romance, Boogie Nights… Eddie Redmayne, por su parte, consiguió el premio al Mejor Actor por su magistral trabajo en La Teoría del Todo, película que hubiera merecido quizás, algún reconocimiento más para su maravillosa Felicity Jones o el trabajo de su director James Marsh.

Birdman

Yo titularía mi crítica sobre Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) con un “Birdman o la pesada virtud de la excelencia”. La película del mexicano Alejandro González Iñárritu se ha llevado los premios a Mejor Película, Director, Guión Original y Fotografía. Birdman es una película ambiciosa formal y temáticamente, un salto mortal que podía haber acabado en triunfo o en desastre: una vez ejecutado, los jueces han decidido que el resultado ha sido un éxito total. La pirueta de Iñárritu, su juego metalingüístico entre la ficción planteada y la carrera real de sus intérpretes, esa cuarta pared que se derrumba continuamente entre salto y salto de plano secuencia, esta reflexión sobre el trabajo de los actores y su autenticidad, es tan vistosa como virtuosa y ahí están los premios para certificarlo. No hay mucho que objetar ante ello.

Y sin embargo, ¿no es todo un puro fuego de artificio en el que las ideas se acumulan en un batiburrillo de subrayados y bandazos de guión? ¿Es coherente el comportamiento del personaje interpretado por Michael Keaton? ¿Es creíble el retrato de los personajes que le rodean, siempre al borde de la histeria (con la excepción de esa actriz deliciosa y polifacética que es Amy Ryan)? ¿Es Iñárritu un directo nada dotado para la sutileza y sí para el impacto pasajero? Y sobre todo, ¿tiene algún sentido ese final? No sólo la escena que cierra la película, sino todo lo relativo a la representación teatral… Esa ambigüedad intencionada que roza el absurdo es, en mi opinión, un broche final pensado simplemente para epatar al espectador y con escasa relación con lo que la película había planteado hasta el momento. Si Iñárritu no hubiera querido forzar la excelencia al máximo y hubiera apostado por una mayor ligereza y sinceridad consigo mismo y con el público, Birdman hubiera sido la película perfecta que no es.

Boyhood

Si Birdman es “la película que es todo un plano secuencia”, Boyhood es “la película grabada a lo largo de doce años”. Este experimento cinematográfico es plenamente coherente en la carrera de un director que se mueve entre lo independiente y el cine de los grandes estudios (y del que algunas de sus películas como Me and Orson Welles o Bernie, por cierto, no han llegado a estrenarse en España). Richard Linklater ha estado a punto de tocar el cielo, pero quizás era un papel que le quedaba grande. Cercana en sus pretensiones de realismo cotidiano a la trilogía iniciada en los noventa por Antes de Amanecer, pero sí muy lejos de ella en cuanto a sus resultados, Boyhood es una simpática película que se ve con agrado y que no desentona en Sundance pero sí en el Kodak Theatre, para lo bueno y para lo malo.

Al igual que Birdman, la película no consigue despegarse por completo de su planteamiento inicial que acaba pesando como una losa a lo largo de su metraje. Y nunca mejor dicho lo de largo, porque las casi tres horas que dura se antojan algo excesivas para contar una historia donde el protagonista madura físicamente pero donde la carga emocional y dramática la llevan los personajes secundarios, fundamentalmente una sufrida Patricia Arquette, justa ganadora del premio a la mejor actriz de reparto. Sin embargo, el hecho de que sea lo puramente ficticio, el drama escrito e interpretado, lo que mejor funciona dentro de la película juega en realidad en contra de ella. ¿Interesa algo el transcurrir por la vida de un adolescente que parece limitarse a mirar lo que le rodea? ¿Puede haber un final tan forzado y poco auténtico como esa llegada a la Universidad y esa excursión hacia lo salvaje? Una vez aplaudido el esfuerzo de Linklater por rodar una película a lo largo de más de una década, sólo queda la evidencia de que Boyhood está muy lejos de otras películas que han llevado los dramas de la adolescencia a la gran pantalla, una larga lista de títulos donde podrían figurar clásicos como Los 400 golpes, Cuenta Conmigo o El Club de los Poetas Muertos, entre otros muchos. Como dice su “Honest Trailer”, Boyhood consiste en ver crecer a los actores, como en las películas de Harry Potter, pero sin trama, magia o diversión.

18 Canciones que se quedaron sin Oscar

El Oscar a la Mejor Canción Original es una de las categorías más veteranas de la historia de los premios, ya que lleva entregándose desde 1934. Sus normas han ido variando con el tiempo, pero lo que está claro es que tiene que ser una canción escrita específicamente para una película y la estatuilla va para sus autores, no para su intérprete.

En muchas ocasiones esta categoría acaba siendo un castigo para los espectadores de la gala, obligados a escuchar canciones anodinas, ignotas o mediocres. Afortunadamente, también hay veces en las que se juntan temas brillantes que recordamos independientemente de que hayan ganado o no el Oscar. Hoy hago un listado de esas canciones que pudieron llevarse el premio si no se hubiera cruzado otro tema en su camino.

2014: Karen O y Ezra Koening, The Moon Song

Haciendo las delicias de los hipsters, la Academia nominó en esta categoría el tema que Karen O, de Yeah Yeah Yeahs, y Ezra Koening, de Vampire Weekend, cantaron para Her, película que además tenía una banda sonora compuesta por Arcade Fire.

No ganó porque… porque el huracán Frozen y su Let it go estaban destinados a ganar. Y por si fuera poco, compartía nominación con el Happy de Pharrell Williams y el Ordinary Love de U2.

2007: Beyoncé, Listen

Para su adaptación cinematográfica, los autores del musical Dreamgirls compusieron cuatro nuevas canciones, de las cuales tres consiguieron optar al Oscar. Entre ellas estaba este baladón, compuesto seguramente para que Beyoncé no sintiera celos de ese rompegargantas que es And I Am Telling You I’m Not Going y que tuvo mucho que ver con el Oscar a la Mejor Actriz Secundaria que se llevó a casa Jennifer Hudson.

No ganó porque… porque seguramente las tres canciones de la película se hicieron la competencia unas a otras y terminó ganando I Need to Wake Up, el tema compuesto y cantado por Melissa Etheridge para el documental de Al Gore, Una Verdad Incómoda.

2005: Counting Crows, Accidentally In Love.

Si los Counting Crows no son una One Hit Wonder para el gran público es seguramente gracias a este animado tema que terminó en la banda sonora de Shrek 2.

No ganó porque… porque en una de sus decisiones más inesperadas la Academia premió a Al Otro Lado Del Río, el primer tema en castellano en llevarse este premio (y el segundo en idioma extranjero desde la canción en griego que Melina Mercouri cantó para Los Niños de El Pireo en 1960). Memorables los gallos de Antonio Banderas durante su interpretación en la ceremonia y el momento en que Jorge Drexler, al recoger su premio, se limitó a cantar el estribillo de la canción.

2004: Sting & Alison Krauss, You Will Be My Ain True Love

Anthony Minhgella siempre cuidó mucho el aspecto musical de sus películas y para Cold Mountain, su romántica visión de la Guerra de Secesión, escogió una banda sonora que rendía homenaje a las raíces tradicionales de la música estadounidense. En ella destacaba este tema compuesto por Sting y cantado por él y Alison Krauss, una balada entre el country y el bluegrass tan simple como emocionante.

No ganó porque… porque ése era el año en que tocaba premiar en todo lo premiable a El Retorno del Rey y la estatuilla fue para el tema de Annie Lennox, Into The West, una balada mucho más convencional. Lennox, por cierto, no estuvo ni nominada por su mucho más memorable Love Song For A Vampire, canción del Drácula de Coppola.

2001: Björk, I’ve seen it all

Aunque siempre recordaremos a Björk en los Oscars por su vestido de cisne, la islandesa no pudo llevarse el premio a casa por este tema para el sobrevalorado musical de Lars von Triers, Dancing in the Dark. Por cierto, en la versión incluida en su disco Selmasongs, la parte masculina está cantada por Thom Yorke.

No ganó porque… porque ese año era la ocasión de homenajear (muy merecidamente) a Bob Dylan, autor del brillante tema Things Have Changed para Wonder Boys, otra película tan sobrevalorada como olvidada.

2000: Aimee Mann, Save Me

Es difícil concebir Magnolia, la mejor película de Paul Thomas Anderson, sin la aportación musical de Aimee Mann, quien interpretó y compuso varios temas para su banda sonora. Save Me consiguió colocarse entre los nominados y es seguramente una de las mejores canciones que han optado a este premio en la historia de los Oscars.

No ganó porque… porque las canciones de las películas Disney tienen tendencia a llevarse este premio y el You’ll Be In My Heart de Phil Collins para Tarzan no fue una excepción.

1997: The Wonders, That Thing You Do

A veces esta categoría consigue que películas mediocres puedan presumir de una nominación a los Oscars. El debut como director de Tom Hanks será siempre más recordado por esta canción del ficticio grupo The Wonders compuesta por Adam Schelesinger, bajista de Fountains of Wayne.

No ganó porque… porque Hollywood llevaba años sin una película musical presente entre los nominados y de alguna manera había que premiar a Evita. Andrew Lloyd Weber y Tim Rice se llevaron la estatuilla por el tema interpretado por Madonna, You Must Love Me.

1993: Whitney Houston, I Have Nothing

Aunque I Will Always Love You no podía optar al premio por ser una versión, otros dos temas de la banda sonora de El Guardaespaldas sí que fueron nominados: Run to you y I Have Nothing, dos baladones al servicio de la añorada voz de una Whitney Houston en el momento cumbre de su carrera.

No ganó porque… porque como ya hemos dicho Disney dominó esta categoría durante los noventa y el premio fue para A Whole New World, de la banda sonora de Aladdin.

1989: Jevetta Steele, Calling You

Bagdad Café es uno de los grandes éxitos de la historia del cine alemán. Este tema de su banda sonora, compuesto por Bob Telson y cantado por Jevetta Steele, es una balada casi hipnótica que han cantado después artistas como Celine Dion, Paul Young, George Michael, Etta James, Barbra Straisand o AmolapPaloma San Basilio.

No ganó porque… porque las otras dos nominadas ese año eran un temazo como la ganadora Let the river run, el tema de Carly Simon para Armas de Mujer, y la exitosa Two Hearts, una canción de Phil Collins para Buster, peliculilla en la que el batería de Genesis interpretaba un papel.

1988: Starship, Nothing’s Gonna Stop Us Now

Con todo su encanto ochentero, Maniquí debe de ser una de las peores películas que hayan estado nominadas a un Oscar. Aunque, siendo sinceros, poca gente recuerda a estas alturas que el tema compuesto por Albert Hammond y Diane Warren e interpretado por esa reencarnación de Jefferson Airplane que era Starship formaba parte de su banda sonora.

No ganó porque… porque el premio fue, evidentemente, para (I’ve Had) The Time of My Life, el dueto de Jennifer Warnes y Bill Medley para Dirty Dancing, película sólo un poco mejor que Maniquí pero con una banda sonora que había despachado y seguiría despachando millones y millones de copias.

1985: Ray Parker Jr., Ghostbusters

Los ochenta fueron unos años en que toda película de éxito debía tener una canción de éxito… o por lo menos intentarlo. El tema de Ray Parker Jr. para Cazafantasmas es un buen ejemplo, además de trasladarnos hasta la década de neón en un par de acordes.

No ganó porque… porque ese año se enfrentaba a otros clásicos ochenteros como Footloose, Against All Odds (Take a Look at Me Now) y la ganadora, la emblemática I just called to say I love you de Stevie Wonder. Además, Huey Lewis acusó a Ray Parker Jr de haberle plagiado I Want a New Drug, una demanda que se resolvió con un acuerdo fuera de los tribunales.

1983: Survivor, Eye of the tiger

No son muchas las canciones rockeras que han estado nominadas al Oscar, así que Survivor pueden presumir de haberlo conseguido con la enérgica Eye of the tiger, un encargo personal de Sylvester Stallone para Rocky 3.

No ganó porque… porque los oídos de los académicos sólo toleran baladas y la estatuilla fue para Up where we belong, el dueto de Joe Cocker y Jennifer Warnes para Oficial y Caballero que había sido número uno durante tres semanas consecutivas en noviembre de 1982.

1981: Dolly Parton, 9 to 5

La gran Dolly Parton consiguió uno de sus mayores éxitos internacionales gracias a 9 to 5, canción de memorable y pegadizo estribillo para la película del mismo nombre en la que la también tenía un papel la tía de Miley Cyrus.

No ganó porque… porque se enfrentaba a otra estrella del country, Willie Nelson con On the road again, y a Out Here On My Own y el tema central de Fama, que resultó ser el inevitable ganador.

1979: Olivia Newton-John, Hopelessly Devoted To You

Como hay trucos que vienen de antiguo, la adaptación cinematográfica de Grease venía con temas escritos expresamente para la película como este baladón a cargo de Olivia Newton-John que ahora forma parte, lógicamente, de las representaciones teatrales del musical.

No ganó porque… porque la fiebre de la música Disco cegó a la Academia y le dieron el premio a Last Dance, de Donna Summer, para la película ¡Por fin, ya es viernes! Supongo que fue una manera de compensar el inexplicable hecho de que ninguno de los temas de Fiebre del Sábado Noche fuera nominado en su momento.

1974: Wings, Live and let die

Como ya comentamos en su momento, ninguna de las canciones compuestas para películas de James Bond se llevó el Oscar hasta que Adele lo logró con Skyfall. Ni siquiera Paul McCartney en el mejor momento de su carrera con Wings pudo conseguirlo.

No ganó porque… porque media Academia debía de seguir llorando después de ver Tal Como Éramos y escuchar The Way We Were, el tema interpretado por Barbra Straisand para la película de Sydney Pollack.

1968: Dusty Sprigfield, The Look Of Love

La ceguera de la Academia respecto a las películas protagonizadas por James Bond alcanzó hasta la parodia basada levemente en la novela de Ian Fleming, Casino Royale. Intepretada por Dusty Springfield y con música del genial Burt Bacharach, The Look Of Love se ha convertido en un standard del pop más elegante con decenas de versiones.

No ganó porque… porque la Academia es rara o sorda y decidió premiar al tema de Dr. Dolittle, Talk to Animals.

1966: Michel Legrand y Jacques Demy, Je ne pourrai jamais vivre sans toi

O I Will Wait For You, como se llama esta canción en su versión en inglés. La obra cumbre de Jacques Demy, Los Paraguas de Cherburgo, es una historia de amores juveniles rodada en vivos colores y con diálogos enteramente cantados. En resumen, una maravilla que estuvo nominada al Oscar a Mejor Película Extranjera en 1965 y, por esas normas curiosas de entonces de la Academia, a cuatro premios más el año siguiente: mejor guión original y tres en categorías musicales. No ganó ninguno.

No ganó porque… porque bastante mérito tiene que una película cantada en francés se colara en esta categoría. El premio aquel año fue para The Shadow Of Your Smile, de la película Castillos de Arena, dirigida por Vincente Minelli y protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton. Este es otro de estos temas que ha interpretado una constelación de cantantes formada por Tony Bennet, Barbra Straisand, Peggy Lee, Shirley Bassey, Nancy Sinatra, Connie Francis, Marvin Gaye, Bobby Darin, Astrud Gilberto, Ella Fitzgerald…

1956: Todd Duncan, Unchained Melody

Y para terminar, una curiosidad. Unchained Melody, el tema de The Righteous Brothers que era parte esencial de la película Ghost y una de las grandes baladas de la historia, es en realidad una versión de una canción compuesta por Alex North y con letra de Hy Zaret para una película de serie B titulada Unchained y ambientada en una prisión. Su intérprete fue Todd Duncan, el primer afroamericano en ser parte de una gran compañía de ópera en Estados Unidos.

No ganó porque… porque a esta versión primigenia de Unchained Melody le falta aún el toque épico que la convertiría en una de las canciones más grabadas de las últimas décadas. Además, poco podía hacer un título de serie B contra la ganadora de ese año, un tema que ya había sido número uno en la lista y que es uno de estos clásicos kitsch de los cincuenta: Love Is a Many-Splendored Thing, para la película del mismo nombre.

La teoría del todo

La Teoría del Todo

Cuando uno ve el trailer de La teoría del todo, se teme que va a encontrarse con una película al más puro estilo The Imitation Game, pulcramente dirigida, brillantemente interpretada, pretenciosamente escrita y emocionalmente glacial. Afortunadamente, esta película basada en la vida de Stephen Hawking y su esposa Jane Wilde acierta en todo lo que su compañera de nominación a Mejor Película en los Oscars de este año fracasa.

Aunque sólo sea por sus apariciones en Los Simpsons, la figura de Stephen Hawking forma parte de la cultura popular y tanto sus teorías científicas como su vida privada son bastante conocidas por el público. La teoría del todo, basada en el libro de memorías de Jane pero narrada principalmente desde el punto de vista de Stephen, hace un recorrido por sus vidas equilibrando hábilmente su carrera como físico, desde su tesis en la Universidad de Cambridge hasta la publicación del famoso libro Breve historia del tiempo, con lo que realmente interesa a su guionista Anthony McCarten y su director James Marsh, autor del documental Man on Wire: contar una historia de amor sencillo, duradero y real entre dos personas tan diferentes como complementarias, sin eludir los momentos oscuros y conflictivos.

Sin embargo, el gran mérito de La teoría del todo es mantener los pies en el suelo en todo momento, evitando caer en la grandilocuencia típica de películas que hablan de los grandes temas como Amor, Dios o Universo. No hace falta envolver estos conceptos con grandes despliegues pirotécnicos para que resulten emocionantes y por eso ni el trabajo como director de James Marsh abusa de grandes efectismos ni la delicada y sutil banda sonora del islandés Jóhann Jóhannsson alcanza tonos épicos. Tampoco sus actores se dedican al histrionismo, como buenos seguidores de la tradición de los intérpretes británicos, y eso que no hay nada más tentador que un personaje aquejado de una grave enfermedad para dar rienda suelta a la gestualidad exagerada. Eddie Redmayne, más que posible ganador del Oscar al Mejor Actor, interpreta a Hawking como al propio científico le habría gustado, dando más importancia a su sentido del humor, su trabajo diario y su relación con Jane que a su progresiva parálisis. Junto a él Felicity Jones interpreta el papel de su esposa Jane con una sutileza y discreción propia de las actrices que saben llenar la pantalla con su sola presencia.

Whiplash

Whiplash

Whiplash es el título de una composición del músico de jazz Hank Levy, editado por primera vez en 1973 abriendo el disco Soaring de Don Ellis. Además de compositor, arreglista y saxofonista, Levy fue profesor de música en la Towson State University desde 1967, donde fundaría su propia banda, la Towson State Jazz Ensemble. Con trabajo duro y pasión, consiguió que el grupo se convirtiera en una de las bandas de jazz más prestigiosas de Estados Unidos, ganando premios en festivales como el Notre Dame en 1970, donde uno de sus alumnos consiguió también el galardón a mejor trompetista.

“Whiplash” también significa “latigazo”. Y desde luego, nada de esto es casual cuando uno ve Whiplash, película independiente escrita y dirigida por Damien Chazelle (guionista de la cinta española Grand Piano cuya primera película fue Guy and Madeline on a Park Bench, donde el protagonista es un trompetista de jazz: aquí hay una pauta). Con un presupuesto de unos tres millones de dolares, la película se estrenó con éxito en la última edición del festival de Sundance y ha llegado hasta los Oscars, siendo nominada en las categorías de Mejor Película, Actor Secundario, Guión Adaptado, Montaje y Edición de Sonido.

Pero todo esto es pura anécdota. Whiplash es una película que hace de la sencillez y el clasicismo su gran virtud y su fuerza. Todo se reduce básicamente a la relación entre un estudiante de música decidido a convertirse en un baterista de jazz legendario y un profesor cuyos métodos de enseñanza se aproximan hasta la tortura física y psicológica. La lucha de poder y de talentos entre ambos alcanzará proporciones casi titánicas hasta desembocar en un climax basado en un solo de batería que es uno de los momentos de mayor tensión dramática y emocional que se han visto en la gran pantalla en los últimos años. Seguramente J.K. Simmons, secundario de lujo del cine estadounidense, se lleve el Oscar por dar vida a un profesor que va más allá de los límites, pero Whiplash no alcanzaría la misma brillantez sin la entrega en cuerpo y alma a su papel de músico obsesionado, casi cercano a la locura de la bailarina a la que interpretaba Natalie Portman en Cisne Negro, del joven Miles Teller.

En el mundo del arte, pasión y obsesión, inspiración y sangre, acaban yendo de la mano cuando hablamos de los grandes genios. Chazelle disecciona estas difusas fronteras a lo largo de su película y lo hace sin grandes aspavientos, con una dirección elegante y un montaje que sabe hacerse visible en los momentos justos, acompañando a los redobles de la batería como un instrumento más de la orquesta. Whiplash es una clara lección de que el buen cine no necesita de grandes presupuestos mi de aspavientos manieristas para brillar y emocionar: un guión que funciona como un reloj, una cámara colocada en el punto adecuado y unos actores en estado de gracia son todo lo que se necesita. Tan fácil. Tan difícil.

10.000 Km

10000 Km Cartel

Movida por incomprensibles razones, la Academia española ha decidido que la elegida para optar a la nominación al Oscar a Mejor Película en Habla No Inglesa sea la muy mediocre Vivir es fácil con los ojos cerrados. En el camino se han quedado El Niño, el penúltimo éxito comercial para el cine español en un año especialmente propicio para nuestra siempre alicaída cuota de pantalla, y 10.000 Km, una propuesta arriesgada que nos recuerda que en España se hace otro cine más allá del que nos proponen las grandes empresas de televisión y de las periódicas entregas de nuestros directores consagrados, ese conjunto de nombres cada vez más reducido.

Gran triunfadora en la última edición del Festival de Málaga donde se llevó cinco premios -entre ellos, mejor película, mejor director y mejor actriz-, 10.000 Km es un ejemplo de cine radicalmente independiente no muy lejano en espíritu a propuestas como Stockholm o La Herida. Natalia Tena, actriz de padres españolas nacida en Londres y conocida por su paso por la saga de Harry Potter y Juego de Tronos, y el catalán David Verdaguer se entregan en cuerpo y alma para dar vida a una pareja que tiene que separarse durante un año. Ella obtiene una beca para trabajar como fotógrafa en Los Ángeles mientras él se queda en Barcelona trabajando como profesor y preparando unas oposiciones, una historia que en estos tiempos de crisis laboral y económica resulta cercana y familiar.

10000km

Después de un plano secuencia de más de veinte minutos donde se alcanzan niveles de verdad y autenticidad poco frecuentes, las pantallas de ordenadores y móviles ocupan la gran pantalla para analizar la evolución del amor y de la pareja cuando hay diez mil kilómetros de distancia. Los sentimientos y las emociones se van transformando y distorsionando como una imagen pixelada a través de una webcam. Con estos elementos, Carlos Marques-Macet consigue elaborar el retrato de la crisis de una relación hasta su desenlace final, una crisis y un desenlace que quizás estaban ya sembrados en esta pareja desde mucho antes de su separación física. Esperemos que la próxima entrega de los premios Goya recompense el esfuerzo de los responsables de esta pequeña gran película y permita que el gran público, o por lo menos ese público cinéfilo que actualmente parece más entregado a la televisión, pueda descubrirla.