Padre e hijo

En Semana Santa Diego y yo fuimos a Nueva York. Como sólo somos dos viajeros, casi nunca tenemos fotos los dos juntos: yo fotografío a Diego, Diego me fotografía a mí. Eso estábamos haciendo en el parque que hay junto al arranque del puente de Brooklyn cuando dos chicas orientales se nos acercaron y nos preguntaron si queríamos que nos hicieran una foto.

Después estuvimos hablando unos minutos. Nos preguntaron de dónde éramos y nos contaron que una de ellas vivía desde hacía tiempo en Nueva York y que la otra había venido desde Japón a visitarla. Diego le dijo que en verano iríamos de vacaciones a Japón y ella nos dijo si iríamos a Hokkaido, su isla. Diego le dijo que seguramente no tendríamos tiempo, y entonces ella preguntó:

-Os parecéis mucho, ¿sois padre e hijo?

Yo me quedé mudo. Diego se río y dijo que no, que éramos pareja. Las dos chicas japonesas soltaron unas risitas y se disculparon. Nos despedimos y cada uno siguió su camino por Nueva York. Vale, soy diez años mayor que Diego, pensaba yo, ¿pero tanto se me nota? ¿Tendré que empezar a usar cremas antiarrugas y teñirme el pelo para no parecer un abuelito? Luego llegamos a la conclusión de que, del mismo modo que a los occidentales nos cuesta calcular la edad de los orientales y nos parecen todos iguales, seguramente a ellos les pase lo mismo con nosotros. Esa idea hizo que me quedara más tranquilo.

Un poco después leí este comic de Scandinavia and the World en el que explican que en Japón, al no existir el matrimonio homosexual, hay parejas en las que el mayor adopta al pequeño para formar así una familia a los ojos de la ley. Y entonces vi la pregunta de nuestra breve amiga japonesa con ojos muy diferentes…

Mineola, 1983

Como dice la canción, yo tengo una tía en América. Más en concreto, una hermana de mi madre que se casó con un americano al que conoció mientras estudiaba la carrera y, tras la graduación, acabó viviendo en Mineola, un pueblo de casas unifamiliares a pocos kilómetros de Nueva York. Sí, es el típico barrio que aparece en las películas y series estadounidenses, donde los niños van en bicicleta por las calles, se hacen barbacoas en los jardines de un verde impoluto, se lava el coche los domingos en el garaje y suceden cosas extrañas en los desvanes y sotanos. Bueno, yo lo único extraño que viví es que una noche el sótano se inundó con un par de palmos de agua negra, pero seguro que algún vecino tenía encerrado a su hijo gemelo siniestro en algún ático o hacía experimentos científicos ilegales en sus ratos libres. ¿Acaso no veis películas?

La primera vez que estuve ahí fue en verano de 1983 (eso sí que es la prehistoria). Mi madre nos agarró a mi hermano y a mí, uno de cada mano, nos montamos todos en un avión y acabamos en otro continente. O en otro mundo, porque eso es lo que parecía Mineola para un par de niños salidos de la Pamplona de entonces. ¡Decenas de canales de televisión! ¡Y en algunos sólo ponían dibujos animados a todas horas! ¡Y había miles de tipos distintos de galletas! ¡Y de helados! ¡Y no se entendía nada porque estaba en otro idioma, pero qué más daba! Ese veranos jugamos durante horas al comecocos, comimos caramelos con la cara de ET en el paquete y vimos dinosaurios en un museo. Una mañana nos metimos en los jardines de los vecinos para poner en marcha sus aspersores y después mi tía nos riñó, pero no mucho.

Sí, era como estar en una película. Ése es el efecto que me causa Estados Unidos cada vez que voy: todo resulta familiar aunque no lo hayas visto nunca en tu vida y a la vez causa cierta extrañeza porque todo es diferente a lo que tienes en casa, más grande, más colorido, más artificial. Como decía mi amigo Joserra, “aquí se alimentan de golosinas”. Yo siempre he creído que esa tendencia a hacer todo a lo grande, desde los rascacielos hasta los briks de leche y zumo por galones en vez de litros, es porque tienen mucho espacio que ocupar. Ahorrar es un concepto antiamericano, casi comunista.

Pero todo cambia con el tiempo. Diego y yo fuimos a Nueva York hace unas semanas. A diferencia de 1983, viajar a Estados Unidos ya no es viajar al futuro. De hecho, incluso parece que en ciertas cosas ellos se han quedado atascados en el pasado y Europa les ha llegado a adelantar. La globalización ha terminado por homogeneizar las sociedades occidentales, las calles del centro están llenas de franquicias idénticas en todos los puntos del globo, la gentrificación la inventaron en Manhattan y la perfeccionaron en Brooklyn, la Quinta Avenida parece estar en una leve y mugrienta decadencia y la Torre Trump cuenta con doble protección policial. No hay marcha en Nueva York, decían.

Lo que no cambia nunca es Mineola. Ahí siguen las casitas, los jardines, los árboles proyectando su sombra sobre las aceras, los garajes y los desvanes… Y el olor. La casa de mi tía sigue oliendo igual ahora que en 1983. Y entonces espero cruzarme en cualquier momento conmigo mismo a los seis años, saliendo del sotano corriendo con algún juguete en la mano.

Yo fui uno de los niños de Stranger Things