Last Plane To London

Verano en Londres. ¡Existe!

Estoy harto de que todo el mundo llame “London Calling” a sus álbumes con las fotos de su viaje a Londres, a sus artículos contando su experiencia londinense o que lo use como hashtag ingenioso de sus tweets o instafotos… Creo que hasta yo lo he hecho, aunque por lo menos yo sabía que era una canción de The Clash e incluso puedo tararearla. Pero no, mi resumen de este fin de semana homenajea uno de los momentos más disco de la ELO: Last Train to London, fabuloso sencillo de finales de 1979 del álbum Discovery (Disco Very, Very Disco, claro que sí, Jeff Lynne).

Hace unos meses Adele anunció que terminaría la gira de 25 con dos conciertos en Wembley. Como las entradas se agotaron a los diez minutos, amplió los conciertos con dos fechas más. Nosotros, como buenos Adeliers, compramos las entradas para el sábado 1 de julio y para allá que nos fuimos el viernes. ¡Adiós World Pride, Hello London!

Era tan evidente que nadie quería irse de Madrid ese fin de semana que el avión tenía asientos libres como si fueran los años ochenta. El vuelo se hizo corto gracias a las carreras de Mario Kart en la Nintendo Switch: Diego siempre gana, yo siempre pierdo, pero nos divertimos igual. En dos horas aterrizamos en Gattwick y en una hora llegamos a nuestro hotel. Abandonamos las maletas y nos tiramos a las calles: uno de los amigos con lo que íbamos no había estado aun en la capital de la Pérfida Albión, así que había que enseñarle las postales consiguientes. Mientras paseábamos, hacíamos comparaciones con Nueva York. Algunos preferían la metrópolis. Yo, después de haber visto en directo esta Semana Santa la decadencia de la América trumpiana, me quedo ahora mismo con este Londres inesperadamente soleado y veraniego.

Esto es “soleado y veraniego” en Londres

Vale, hubo algún momento lluvioso y por la noche refrescaba, pero hizo mejor tiempo que cualquier otra vez que haya estado en la ciudad. Paseamos por la calle Carnaby como buenos chicos pop, comimos en un japonés, fuimos a una tienda de juguetes donde compré un osito Paddington para mi sobrina pequeña, llegamos hasta Piccadilly Circus (¡están arreglando los carteles luminosos!), bajamos a Trafalgar Square y de ahí fuimos al Big Ben y el Parlamento (¡está en obras!), cruzamos el río y acabamos tomándonos un café caro a la sombra del Ojo de Londres. Vuelta al hotel, una ducha, ropa nueva y cena en un turco con amigos residentes en Londres (al fin y al cabo, debe de haber más españoles viviendo en Londres que en la provincia de Soria). Unas pintas de cerveza en un pub pusieron punto final a la noche.

Adele nos escribió el sábado a primera hora de la mañana.

No show for you, my Adeliers

Nos quedamos sin concierto, así que no hubo más remedio que consolarse devorando un contundente desayuno inglés. Huevos revueltos, salchichas, bacon, patatas, tostadas. De todo menos setas, claro. Lástima que no hubiese porridge de deliciosa avena vigoréxica… Como no fue consuelo suficiente, acabamos saqueando una tienda de discos y películas aprovechando las generosas ofertas británicas y la caida de la libra esterlina. Gracias, ingleses, por votar Brexit. Yo me compré lo nuevo de Calvin Harris, la reedición del OK Computer y el Melodrama de Lorde, además de clásicos como Rebelde sin Causa, Lawrence de Arabia, El Mago de Oz o THX1138. Y como de repente teníamos todo el sábado libre, optamos por seguir consolándonos con un musical. Lógicamente, no había entradas para Los Miserables ni El libro de Mormón (por la obra de teatro de Hatty Potter ni nos molestamos en preguntar, doy por hecho que están todas las entradas vendidas hasta la próxima década), así que acabamos optando por Motown, The Musical. Reconciliados ya con Londres, nos entregamos a las actividades típicas de la ciudad, como ir al Museo Británico a ver momias egipcias, frisos robados al Partenón, el jarrón Portland y la copa Warren, comer pescado con patatas y pastel de carne en un pub, acercarnos al palacio de Buckingham a saludar a Isabel II o pasar el rato en Saint James Park viendo pelícanos y ardillas.

Oca feliz

Motown, The Musical es un montaje con libreto de Berry Gordy, el fundador del mítico sello musical de Detroit, la “Motor City”. Por supuesto, ya que es el productor y está contando sus memorias, él queda como un santo, un visionario, un héroe afroamericano que sólo quería compartir la grandeza de la música negra con el mundo. Su relación con Diana Ross nunca fue nada turbia, Florence Ballard era una chica poco profesional que no aparecía en los ensayos, Berry siempre dejó que sus artistas fueran libres y tuvieran el control de sus carreras y el musical Dreamgirls es una falacia sin ninguna base real. Aunque a veces los actores parecen estar jugando a Tu cara me suena, hay que reconocer que sus intepretaciones son vocalmente impecables, al igual que el vestuario y la escenografía.

Después del musical, cenamos auténtica comida típica de Londres: chicken tikka masala.

El domingo por la mañana fuimos a la Tate Gallery. El sol iluminaba la catedral de San Pablo, los rascacielos de cristal y las decenas de grúas que pueblan el horizonte de Londres. Aquí La Burbuja Inmobiliaria siempre ha campado a sus anchas.

Huyendo de la gentrificación

“Aquí, en cuanto se cae algo, en seguida construyen apartamentos de lujo”, me dijo mi amiga Virginia, residente en Londres desde hace muchos años, mientras comíamos fetuccinis en los establos de Camden Market. “No saben la que han líado con el Brexit”, respondió cuando le pregunté por el tema y me explicó la larga lista de requisitos burocráticos -y la cantidad de libras que hay que pagar- para tramitar permisos de residencia y demás papeleos. Hay nubes oscuras en el futuro, pero junto a los canales, los puestos de camisetas y el olor a comida de los cuatro rincones del planeta en el aire nos podemos olvidar de ellas. Y así nos despedimos de Londres… después de una frenética carrera por los pasillos de Heathrow para no perder nuestro avión.

Canciones para una ola de calor: Heat Wave

Si Holland, Dozier y Holland, el trío compositor de una gran parte de los éxitos de la Motown -entre otros grandes del sello de Detroit, escribieron para The Supremes, Marvin Gaye o Four Tops-, estuvieran en Madrid estos días, quizás se lo pensarían dos veces antes de comparar el amor con una ola de calor. Pero claro, entonces nos habríamos quedado sin este clásico del Soul a cargo de Martha & The Vandellas.

Lanzado en julio de 1963, Heat Wave se convirtió en el primer gran éxito de Martha & The Vandellas, alcanzando el cuarto puesto en la lista de sencillos del Billboard y consiguiendo después una nominación al Grammy, la primera que lograba un grupo de la Motown. Y aunque todo el drama y la fama parece haber girado en torno a The Supremes, la historia de este trío femenino también da para una película. Por una lado estaban las que serían The Vandellas en un grupo llamado The Del-Phis mientras que Martha Reeves había comenzado su carrera en un grupo rival. Juntas y por separado publicaron varios sencillos sin suerte, aunque Martha consiguió una audición para Motown. El único problema es que se equivocó de día y lo único que consiguió es que le contrataran como secretaria. Pero pronto comenzó a hacer coros para los artistas de la casa hasta que consiguieron un contrato serio. Y así comenzó una carrera a la sombra de The Supremes (la Motown mimaba a la pérfida pero bella Diana Ross mucho más que a Martha y sus chicas) en la que lograron otro éxito masivo con Dancing in the Street. Y como no, tratándose de un grupo femenino, sus integrantes se odiaban… hasta la desintegración del grupo en 1972. Heat Wave, convertido en un clásico del soul, ha sido cantado por muchos otros artistas, destacando la versión de Linda Ronstadt, además de las de Phil Collins, Dusty Springfield, Joan Osborne, The Jam y sí, también The Supremes.