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Moon La La Light

Ha vuelto a suceder. Como hizo Spotlight imponiéndose como mejor película a Mad Max y El Renacido el año pasado o como 12 años de esclavitud consiguiendo el premio grande aunque Gravity se llevara muchas más estatuillas esa noche, Moonlight ha ganado el Oscar a mejor película en una accidentada entrega de premios que pasará a la historia por un sobre equivocado que hizo creer a los productores de La La Land que eran los triunfadores de la noche durante un par de minutos.

Todos sabemos que a La La Land le ha perjudicado haberse posicionado desde el principio como la gran ganadora de los Oscars de este año, arrasando con todo en los Globos de Oro, además de haber despertado fanatismos exaltados como hacía tiempo que una película no lo hacía y que han conseguido despertar a su vez unos odios igualmente exaltados hacia la misma. Corremos el peligro de que nos invadan durante los próximos meses decenas de anuncios y editoriales de moda basados en la estética de la película, chicas pelirrojas con vestidos amarillos, chicos rubitos y delgados con look jazzístico y escenas de baile dulcemente torpes en planetarios y parques nocturnos. Con una BSO superventas y –ella sí– ganadora del Oscar, tenemos City of Stars para rato. Tengo el convencimiento de que esa canción acabará convirtiéndose en un clásico del cine con decenas de versiones. Quizás, en el fondo, esta forma tan amarga de perder el premio a la mejor película sirva para acrecentar su leyenda.

O quizás nos sirva para valorar a La La Land en su justa medida. La película de Damien Chazelle no es una película perfecta, pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito, no lo parezca. Estamos ante la película de un joven director que viene de demostrar todo su potencial en una cinta como Whiplash (que, por cierto, puede entenderse como una precuela para La La Land: Ryan Gosling sería el personaje de Miles Teller después de acabar su formación como músico y trasladarse a Los Angeles) y que se plantea hacer un musical en Cinemascope, ambientado en la actualidad pero con un regusto retro en todo momento, protagonizado por unos actores que suplen con su carisma sus carencias en cuanto al canto y el baile y que, sobre todo, tiene un final que podemos describir como agridulce. La La Land es un drama disfrazado de caramelo con canciones. Mucho mejor escrita de lo que dicen y sobre todo, con una estructura que funciona como un reloj coronada por un fabuloso epílogo que revisita toda la película para revelarnos su verdadero significado, la película convierte sus supuestas debilidades en sus fortalezas. ¿O alguien podría imaginar que, en 2017, la película de moda, el referente estético del momento, fuera un musical posmoderno sobre el precio del éxito? Esta revisitación de Un americano en París y Los paraguas de Cheburgo es, quizás, la primera película de la generación del nuevo milenio y volveremos a hablar sobre ella durante mucho tiempo.

Pero el hecho es que la ganadora ha sido Moonlight y tampoco deberíamos sorprendernos por ello. Todos sabemos que a Moonlight le ha beneficiado posicionarse como la cinta auténticamente independiente protagonizada por minorías marginadas después de que en 2016 se hablara tanto de la ausencia de profesionales negros entre las películas nominadas, los famosos #OscarsSoWhite. También sabemos que nada puede apetecerle más a la industria cinematográfica que darle una bofetada a Donald Trump concediendo su premio más importante a una película protagonizada por negros homosexuales. Y así ha sido.

Pero quizás esto nos impida valorar Moonlight en su justa medida. La película de Barry Jenkins no es una película perfecta pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito (de momento más crítico que comercial), no lo parezca. Estamos ante la segunda película de un joven director curtido en el campo del cortometraje que se ha encargado de llevar a la gran pantalla la obra de teatro inédita de Tarell Alvin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue, un origen teatral especialmente evidente en su tercer –y mejor– acto. Rodada en Cinemascope para huir de una fotografía demasiado documental y con un montaje, una fotografía y una banda sonora magníficos, Moonlight es un drama que transita inicialmente por caminos un tanto trillados para sorprendernos con un final tan emotivo como sencillo, donde la canción adecuada sirve para que los corazones puedan abrirse después de largo tiempo silenciados. Aunque la estatuilla al mejor actor secundario ha sido para Mahershala Ali, brillan mucho más en sus papeles intérpretes como Naomie Harris, André Holland o un casi debutante Trevante Rhodes. Hay mucha verdad en Moonlight a pesar de los intentos de Jenkins por estilizarla y envolverla en azules y fluorescentes. Y supongo que eso es lo que ha acabado cautivando a los miembros de la Academia.

Pero en realidad Moonlight y La La Land (y también Manchester frente al mar, Lion, Jackie o Toni Erdmann) son dramas sobre la construcción de la propia identidad y la necesidad de reconciliarse con el pasado, de ser valiente para enfrentarse a los obstáculos y hacer sacrificios para salir adelante, de atreverse a ser uno mismo. En definitiva, estos Oscars de 2017 nos han regalado un puñado de películas, quizás no perfectas, pero que nos reconcilian con lo mejor del cine: su capacidad catártica para hacernos sentir. Aristóteles estaría contento.