Kioto bajo el tifón

La luz del sol se filtraba entre las hojas del bosque de bambú de Arashiyama. Habíamos madrugado para poder pasear por él sin estar rodeados de hordas turísticas y aunque no eran aun las nueve de la mañana hacía mucho calor. Yo sentía como el sudor me bajaba a mares por la espalda, pegándose a la camiseta. Japón tropical.

Paseando hacia un templo con miles de esculturas en piedra nos paramos a ver una tienda que nos llamó la atención: en el escaparate había decenas de figurillas hechas con capullos de seda endurecidos. El dueño del establecimiento nos invitó a entrar para que viéramos mejor sus creaciones y su mujer nos ofreció un té y unos mochis de manzana. Cuando les dijimos que veníamos de España nos preguntaron por dos famosos eventos de nuestro país: los Sanfermines y la tomatina. Después quisieron saber más acerca de nuestro viaje a Japón, qué habíamos visto hasta entonces y qué planes teníamos para el futuro. No pudimos evitar comentar el calor que estábamos pasando.

-Very hot today. Very hot.
-Yes, hot today. Tomorrow typhoon.

Ahí nos enteramos de que se esperaba que al día siguiente el tifón Noru alcanzara Kioto. A falta de terremotos y Godzilla… tifones. Nos despedimos de la simpática pareja de artesanos y seguimos recorriendo Arashiyama. Por la tarde vimos el templo del pabellón de oro y cuando salíamos del jardín zen del templo Ryoanji, comenzó a llover. Mucho. La gente corría hacia los autobuses ¿Llegaba el tifón? Aquella noche cenamos hamburguesa teriyaki en el McDonalds después de recorrer la Disney Store. La globalización es así.

A la mañana siguiente amaneció nublado y gris. La temperatura era fresca. A primera hora fuimos a una lavandería para limpiar la ropa sucia que se iba acumulando en la maleta.

El mundo gira como el tambor de una lavadora

¿Qué hacer en Kioto cuando llueve? Google nos dio la respuesta. Fuimos al castillo Nijo, donde residían los shogunes de la ciudad, y paseamos por sus corredores con suelo de ruiseñor: la madera chirría con el sonido de pájaros cuando alguien la pisa, una medida de precaución para delatar la presencia de intrusos. En las paredes, tigres.

Dejen sus zapatos y paraguas en la puerta

Cada vez llovía más. Fuimos hasta el templo Tofuku-ji, pero nos encontramos con una pequeña pizarra blanca donde aparecía escrito a rotulador el siguiente mensaje en inglés: “Debido al tifón estaré cerrado al culto desde las doce. Lo siento”. Me pareció simpático que el templo se disculpara en primera persona por estar cerrado. Caminamos por las anchas cubiertas de los edificios del complejo, todos cerrados. Apenas se veía a una docena de intrépidos o imprudentes turistas. Seguía lloviendo.

Soy un chico del norte, la lluvia no me afecta

Escapamos hasta la estación de tren de Kioto, que como todas las estaciones de Japón es un enorme complejo con kilómetros y kilómetros de galerías comerciales. Los pisos superiores estaban cerrados al público por el tifón, pero en los niveles subterráneos la ajetreada vida de los japoneses transcurría con normalidad inalterable. Comimos noodles y tortitas en un restaurante japotaliano y nos atrevimos a volver a la superficie. El viento soplaba con fuerza. Se le oía golpear las puertas de madera mientras caminábamos por el edificio principal del templo de Sanjusangendo, un corredor de 120 metros de longitud ocupado por un millar de estatuas de Kannon, la deidad de los mil brazos. Todas ellas parecían idénticas, pero todas ellas eran diferentes. Sus monjes no tenían miedo al tifón.

Nosotros, a esas alturas, tampoco teníamos miedo al tifón, así que fuimos hasta el barrio de las geishas en Gion. El espectáculo del Gion Corner, un breve resumen de algunas artes tradicionales japonesas pensado para turistas, con el baile de una pareja de maikos como número central, se había cancelado. Las calles estaban desiertas. Ni rastro de geishas bajo la lluvia.

Prohibido tocar a las geishas

Estaba claro que todos los habitantes de Kioto estaban refugiados en sus casas y que las calles se habían quedado desiertas. Así que optamos por la única posibilidad que nos quedaba: fuimos a Funaoka Onsen, los baños públicos más antiguos de Kioto, abiertos hace casi un siglo en un barrio perdido de la ciudad. Las décadas de historia se notaban en cada uno de sus azulejos. Entre los bañistas, un padre rodeado de niños, un japonés cubierto de tatuajes -un yakuza, seguro, pensamos- y varios occidentales que habíamos tenido la misma idea. A uno de ellos, al más guapo de todos, le vimos después en dos ocasiones más a lo largo de nuestro viaje: en una de ellas él también nos vio y nos saludamos con un movimiento de cabeza. Entre sus baños calientes probamos el de agua eléctrica, una especie de bañera electrificada en los laterales que te da calambres como si fueras una pierna de rana en un experimento de laboratorio. No sé yo si es lo más saludable.

Después de más de hora y media de relajación (los onsen te bajan la tensión hasta niveles subterráneos), nos secamos en frente del ventilador y tomamos un refresco. La tradición dice que hay que tomar un vaso de leche, pero yo me incliné por probar la Fanta de kiwi. Mientras bebía, el noticiario de televisión daba consejos sobre como enfrentarse al tifón y emitía imágenes de Kioto sacudida por el viento y la lluvia. Una pieza se centraba en los turistas, protegidos por chubasqueros chillones y paraguas endebles, sorprendidos en los monumentos cerrados. Cuando salimos del onsen ya era de noche, pero comenzaba a amainar. Fuimos a cenar a Pontocho.

El callejón Pontocho

El río Kamo bajaba crecido y sus aguas habían inundado las aceras del paseo que lo bordea. El callejón, un barrio de locales de sake y geishas, era estrecho y estaba poco iluminado. En cualquier otro país del mundo quizás no me hubiera atrevido a entrar en él, pero Japón es distinto, nunca te sientes inseguro. Caminando por Pontocho sentí una reminiscencia del misterioso Oriente que imaginaban los viajeros occidentales de finales del XIX, un eco exótico de opio, flores y sensualidad. Aunque puede que fuera sólo el efecto del tifón, que había trastocado -para bien- nuestro viaje con un día extraño en una ciudad semivacía… Cenamos piezas de carne que íbamos asando nosotros mismos en una pequeña parrilla. Al volver a pisar la calle ya había dejado de llover. Kioto había sobrevivido.

Las olas, el mar

En Occidente, por lo general, no sabemos mucho del arte japonés. Pero creo que todos hemos visto este fascinante cuadro (en realidad, un grabado).

La gran ola de Kanawaga es la primera estampa de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji, publicadas por Katsushika Hokusai entre 1830 y 1833. La cumbre nevada del volcán se ve en el horizonte, eclipsada por la potencia del mar y las garras de espuma de la ola. De hecho, en un primer vistazo, pasa casi desapercibido, al igual que los barcos de los pescadores: el mar es el protagonista, todo lo demás viene después. Del molde original se han realizado miles de copias que se extendieron por todo el mundo, especialmente desde que Europa descubrió la cultura japonesa en el último tercio del siglo XIX, convirtiéndolo en una moda que imitarían algunos de los principales artistas de la época, como Monet o Degas, por ejemplo. Y así es como La Ola se ha convertido en un icono pop que se presta a todo tipo de reinterpretaciones.

Por ejemplo, con galletas.

O con Pokemon.

O con Godzilla. Yo no pude resistirme y me compré una camiseta. Que Hokusai me perdone.

En el Takayama Jinya, la casa del gobernador de Takayama, el único edificio civil de la era Edo (1603 – 1868) que se conserva, descubrí otra muestra de arte japonés que me fascinó: un sencillo diseño llamado Seigaiha y que se utiliza mucho en Japón como elemento decorativo. Ahí, en el vestíbulo de entrada para los invitados más nobles e importantes, era el gran protagonista.

¿Y qué tienen de especial un montón de semicírculos concéntricos? Nada, hasta que descubres que representan las olas de un mar en calma y entonces no puedes más que rendirte ante la maestría y el minimalismo limpio y elegante de quien ideó este diseño. Al parecer, algún artista anónimo chino de hace milenios.

Todo Japón

Mientras hablaba con unos amigos de lo diferente que es Japón a España, de la sensación de estar en otro planeta que te invade en cuanto sales del avión, de los pequeños detalles -¡y los grandes!- que te llaman la atención por todas partes, me preguntaron:

-¿Y qué es lo que más te ha gustado de Japón?

Me quedé pensando un rato y fui incapaz de llegar a una conclusión clara, así que seguí hablando:

-Y tienen decenas de refrescos distintos. Hay fanta de uva, y de kiwi, y una Coca Cola que te hace adelgazar… Y Kit Kat de wasabi, muy bueno. Ah, y un refresco de yogur con trozos de coco en una lata. Y el porno de dibujos animados está a la vista, al alcance de cualquiera. Eso lo vimos en unas tiendas llamadas Don Quijote, sí, Don Quijote…

Pero sigo pensando en la respuesta la pregunta y sigo sin llegar a una conclusión.

El tigre y su cachorro atraviesan el río

Quizás podría hablar del jardín de piedra del templo Ryoan-ji (El templo del dragón tranquilo y pacífico, según Wikipedia), un jardín zen creado en el siglo XV donde quince rocas -se dice que no se pueden ver las quince simultáneamente desde ningún ángulo- recrean las figuras de un tigre y su cría atravesando un caudaloso río. En todo caso, veas eso o sólo veas piedras dispuestas al azar, es un rincón tranquilo y silencioso donde la mente puede vaciarse y meditar durante unos minutos. Pero también impresiona entrar en el templo de Sanjusangendo y pasar lentamente por delante de las centenares de esculturas de Kannon talladas en madera en la Edad Medía: todas parecen idénticas y sin embargo, son todas diferentes. O encontrarse delante de un Buda de casi quince metros de altura en Nara. O pasear de noche por el cementerio de Koyasan y adentrarse en sus templos iluminados por centenares de tenues lámparas ordenadamente repartidas por su techo. Es como caminar por el escenario de un sueño.

Miles de bombillas que nunca se apagan

Pero hay muchos momentos en que Japón parece el decorado de una película. Sales de un teatro después de ver un espectáculo de danzas tradicionales y descubres que el parque ha sido decorado con miles de luces de colores como parte de sus festivales de verano.

…and at last I see the light

Japón es un país lleno de luz. El neón reina a sus anchas en Tokyo, pero luce mejor que nunca en Osaka, en el barrio de Dontombori. ¿Cómo no admirar a una ciudad que convierte a un anuncio luminoso -el atleta triunfante de Glico, el Glico Man- en su símbolo?

Corre, Glico Man, corre!

Todo es limpio y ordenado en Japón, y a la vez puede ser un caos estridente, como el que uno encuentra cuando entra en una sala de recreativos de cinco plantas de Akihabara y acaba intentando descifrar cómo se juega a esas máquinas que adolescentes japoneses aporrean con sus manos a ritmos frenéticos, envueltos en música atronadora. O cuando uno atraviesa sus calles comerciales, rodeado de miles de carteles y miles de japoneses que cruzan la calle ordenadamente. Si Osaka ha convertido a un anuncio en un símbolo internacional, Tokyo ha hecho lo mismo con un paso de cebra. Sí, el de Shubiya. Y cerca de Shibuya lo que hay es un Bershka. También había una chocolatería San Ginés, pero cerró. Los japoneses viven claramente en la era pop. Sus ciudades parecen un parque de atracciones llenos de tiendas y máquinas de vending, de karaokes en los que pasar horas, de noches de fuegos artificiales de hora y media de duración. Pasas los días rodeado de dibujos manga, mascotas kawaiis y Godzilla.

Roarrr!

Pero a la vez, y sin que nadie te haya advertido, Japón es un país donde la Naturaleza manda, donde el calor veraniego es sofocante y los mósquitos van a juego, donde los parques parecen selvas y una ruta por el campo puede ser una aventura en la jungla embarrada. En Shirakawago, las viejas casas de madera parecían islas perdidas en un mar de plantaciones de arroz intensamente verde. En Miyajima el teleférico volaba por encima de los árboles y se asomaba a un archipiélago de islas e islotes. Y por supuesto, el Fuji, casi siempre oculto tras la niebla en verano, pero que se asomó para saludarnos y sorprendernos. Conquistar su cumbre, a 3776 metros de altura, junto con Diego, fue uno de los grandes momentos del viaje, a pesar del frío y la sangre en los dedos de los pies. ¿O quizás fue el esfuerzo lo que le da su valor?

Subiendo más allá de las nubes

Nunca he comido un sushi mejor que en Kanazawa y difícilmente una carne más deliciosa que la que probamos en Takayama o en el callejón Pontocho. Comprobé que es cierto que puedes encontrar KitKats de decenas de sabores distintos y que la pasta de judia puede ser un buen sustituto del chocolate en la repostería. Si yo fuera la agencia de turismo de Japón, diría que es un país que se difruta con los cinco sentidos: vista, gusto y oído son más que evidentes. Para el olfato, el aroma a incienso de los templos. Y para el tacto, el agua caliente de las bañeras de un onsen. En cuanto aprendes los pasos de la ceremonía que supone lavarse en ellos, descubres el placer de lavarte sentado y con un barreño.

Así que sigo pensando en qué es lo que más me ha gustado de Japon.

Y la respuesta sería algo así como: “Todo”.