Los dinosaurios han muerto

A veces me acuerdo de esta historia.

En el reparto de aficiones científicas infantiles, a mí me tocaron las estrellas y los planetas y a mi hermano, los dinosaurios. Después, ni yo me convertí en astrónomo ni él en paleontólogo, pero conservamos nuestro interés en ambos temas. Por eso, no es de extrañar que mi hermano fuera hace años a una exposición en Barcelona con reproducciones de dinosaurios en sus hábitats primitivos. Creo que algunos incluso se movían.

-¿Qué tal la exposición?
-Bien, muchos muñecos, estaba bien montada. Pero había mucha gente.
-Muchos niños, supongo.
-Sí, de hecho vimos a la salida a un niño pequeño que no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarlo, pero no había manera. Daba una pena…
-Quizás pensaba que iba a ver dinosaurios de verdad.
-Sí, puede ser.

A veces me acuerdo de ese niño y siento un poco de esa tristeza infinita que debió de sentir al descubrir que no iba a ver dinosaurios de verdad… porque todos esos animales formidables que llenaban sus libros de cuentos murieron hace millones de años. Desaparecieron para siempre de la faz de la tierra y sólo nos quedan de ellos un puñado de fósiles y mucha imaginación. Nunca veremos un dinosaurio vivo. ¿Cómo no llorar por un hecho tan irremediablemente definitivo cuando se tienen siete años?