Lady Gaga: “Joanne”

Su mejor portada hasta la fecha

Lady Gaga siempre se guarda un as en la manga para utilizarlo en el momento adecuado. Entre estos comodines usados a lo largo de su carrera podemos contar la reedición de The Fame acompañada del EP The Fame Monster, que le ayudó a asentarse como una gran estrella de pop sin tener que lanzar un disco nuevo; su disco Cheek to Cheek junto a Tony Bennet y su actuación en los Oscars de 2015 con un popurrí de temas de Sonrisas y Lágrimas, que le sirvieron para recordarle al mundo que sabe cantar y que puede cultivar otros estilos musicales más allá de la chatarra electrónica de RedOne; su trabajo como actriz en American Horror Story, que le sirvió para ganar un Globo de Oro a la Mejor Actriz; y como no, su reciente actuación en el intermedio de la Superbowl, que le ha venido muy bien para demostrarle al mundo que la Mother Monster sigue viva y recordarnos que puede presumir de tener unos cuantos temas ya icónicos en su repertorio. Por supuesto, todas estas jugadas tienen un objetivo principal: seguir siempre de actualidad en los medios y las redes a pesar de que las ventas de sus últimos trabajos sean un tanto –o un mucho- decepcionantes.

Porque, aunque Joanne ha sido el cuarto disco consecutivo de Lady Gaga en conseguir el número uno del Billboard, sus ventas han estado muy lejos de ser millonarias. En la lista de fin de año de Billboard apenas ocupa el puesto 108, mientras que en la británica se encuentra en el 84. Tampoco los dos sencillos que se han publicado hasta ahora –Perfect Illusion y Million Reasons– han pasado de la parte media de las listas ni se han escuchado mucho en radios. Quizás Million Reasons tenga un poco más de recorrido después de la Superbowl, ya se verá. O puede que sea John Wayne el que cabalgue hacia lo más alto.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Joanna haya sido un terrible fracaso, ya que ha cumplido con creces su principal función: permitir que Lady Gaga escape de la trampa en la que se había convertido su carrera después del terrible ArtPop. Jugando a ser una cantante country, una americana de pura cepa (a pesar de que ella es italiana y le gusta la pizza, gracias Desahogada), una chica dispuesta a perderse en las carreteras del Medio Oeste, Stefani Joanne Germanotta ha podido romper con la obligación autoimpuesta de ser electrónica, rompedora y eternamente original. Adiós a los trajes de carne y los chistes sobre Jeff Koons, bienvenidos los sombreros rosas y las historias personales. Lady Gaga ha dedicado su cuarto disco a su tía Joanne Stefani Germanotta, fallecida en 1974 a los 19 años. A pesar de que nunca la conoció, la cantante cuenta que su tía siempre ha sido una figura que ha ejercido una fuerte influencia sobre su familia y su carrera. No hay nada como volver al hogar para recuperar la senda perdida.

Y no hay nada como contar con la ayuda de Mark Ronson y BloodPop (el hombre detrás del Sorry de Justin Bieber, la canción que todos quieren plagiar) como compositores y productores para purificar tu sonido. Y si además en los créditos del disco figuran nombres como Beck, Florence Welch, Kevin Parker (de Tame Impala), Josh Homme (de Queens of the Stone Age), Father John Misty o Hillary Linsey (compositora country que ha trabajado con Carrie Underwood, Lady Antebellum o Keith Urban) en vez de RedOne, Zedd o David Guetta, parece que la apuesta por el cambio de sonido va en serio. Sin embargo, la personalidad (o el personaje) de Lady Gaga acaba prevaleciendo y, en el fondo, Joanne no es un disco tan distinto a los que le preceden. El country-rock de temas como A-Yo o Dancin in circles estaría en realidad más cerca de Shania Twain que de Dolly Parton; canciones como Diamond Heart o John Wayne (cuya letra podría haber firmado perfectamente Lana del Rey: “I crave a real wild man/ I’m strung out on John Wayne”) parecen salidas de una versión acústica de Born this way; y quizás los temas más interesantes del disco son precisamente los que más se distancian de esa apuesta country: ahí están el rock ochentero de Perfect Illusion; esa especie de revisitación del Guilty de Barbra Straisand y Barry Gibb que es Hey Girl, el dueto con Florence Welch; o Come to Mama, una canción a la que le falta un “Christmas” en la letra para haberse convertido en el villancico pop que hubiera asegurado unos ingresos fijos a Lady Gaga cada Navidad venidera.

Y es que Lady Gaga siempre se ha destacado por combinar los aciertos que salvan su carrera con errores garrafales que nos hacen dudar del criterio de sus managers. Ahí están la horrible portada de Born this way, la elección de sencillos como Judas o You & I, las vomitonas de colores de Swine y toda la era ArtPop en general, las pretensiones artísticas de extrema seriedad en las que cae una y otra vez a lo largo de su carrera… Puede que el videoclip de John Wayne estrenado esta semana, en el que vuelven los vestidos estrafalarios y las coreografías torponas, sea uno de estos tropiezos.

En todo caso, ya hemos visto que Gaga es capaz de reinventarse como Madonna y que, en cualquier momento, nos sorprenderá con algún nuevo éxito multiplatino, aunque puede que sea en dos, diez o quince años.

Animales nocturnos

…y donde encontrarlos

Susan Morrow, dueña de una galería de arte, lee la primera novela escrita por su exmarido y dedicada a ella. Eso es todo lo que debería saber el espectador del argumento de Animales Nocturnos. Es la mejor manera de disfrutar de una película que tanto puede sorprender y cautivar como repeler desde sus impactantes títulos de crédito. En serio, no se os ocurra perderoslos.

El diseñador Tom Ford debutó como director en 2009 con Un hombre soltero. La crítica, preparada para despellejar a un advenedizo, tuvo que guardar sus cuchillos y reconocer que era una ópera prima más que correcta, brillantemente interpretada por Colin Firth y con un acabado estético fascinante. Animales nocturnos comparte con ella varios de sus aspectos, como excelente interpretaciones, una cautivadora fáctura estética y el hecho de ser adaptaciones literarias. En ese caso, se basa en Tony y Susan, novela de 1993 de Austin Wright que ahora ha sido reeditada en Estados Unidos con el título de la película (Wright, fallecido en 2003, debe estar removiéndose en su tumba). Puede que a veces la forma venza al fondo y esto afecta al componente emocional de la película; quizás se pueda decir que Ford, más que dirigir la película, la diseña, pero éste acaba siendo un defecto perdonable. Además, esa cierta frialdad le sienta estupendamente a una película nocturnal como ésta, poblada por personajes que han sepultado sus sentimientos y deseos.

Animales nocturnos, en un juego que encantaría a Almodóvar (que perfectamente podría haber dirigido esta película), funciona como una muñeca rusa, encerrando una ficción dentro de otra y salpicando una de ellas con reveladores flashbacks. Resulta curioso el doble papel de Jake Gyllenhaal: en su mente, Susan coloca a su exmarido como protagonista de la novela que lee. Sin embargo, el papel que le correspondería a ella misma está representado por Isla Fisher, una actriz casi clónica a Amy Adams. Ésta se llevará las nominaciones a los premios por su papel en La Llegada, pero su trabajo aquí es mucho más matizado, contenido y difícil: la escena final, en la que consigue transmitir toda la carga emocional de su personaje sin palabras y casi sin gestos, es antológica. Junto a ella hay que destacar el trabajo de Michael Shannon, Aaron Taylor-Johnson y Laura Linney en un pequeño papel. Jake Gyllenhall, que sale guapo como pocas veces le hemos visto últimamente, se ve superado por algunos excesos melodramáticos… aunque cabe preguntarse si la novela que lee Susan es realmente buena o una historia tópica y convencional, con los defectos que eso conlleva.

Muy bien recibida en el Festival de Venecia, candidata a varios premios en los Globos de Oro, Animales Nocturnos puede ser una de las protagonistas de la temporada de premios que se avecina o terminar ignorada por completo. Es una de esta películas que provoca amores u odios. Eso sí, yo espero que a Abel Korzeniowski le compensen el haber sido ignorado en los Oscars por su arrebatadora banda sonora para Un hombre soltero con una nominación por su trabajo en esta cinta, una partitura más sutil que la anteriormente citada pero en la que por momento suena como un resucitado Bernard Herrmann, compositor fetiche de Orson Welles y Alfred Hitchcock.

Arrival: La llegada

La invasión de las lentillas gigantes del espacio exterior
La invasión de las lentillas gigantes del espacio exterior

En la Universidad aprendí que la comunicación es “un compartir sin pérdida de material espiritual”, una definición que me parece tan exacta como bella. En Teoría de la Información hablábamos también del carácter epifánico del lenguaje, de como el mundo se nos revela y se construye a través de las palabras, signos, simbolos e indicios. “El medio es el mensaje”, decía MacLuhan. Seguramente, a todos mis profesores de la facultad les encantará esa parte de Arrival que trata sobre el encuentro entre dos civilizaciones y el laborioso proceso que conlleva entenderse con una inteligencia alienígena. Porque de eso trata esta película, de la aventura personal de una profesora universitaria de Lingüística encargada de hacer la pregunta esencial a los visitantes llegados del espacio: ¿por qué estáis aquí?

Éste seguramente sea el aspecto más redondo e interesante de la película con la que el director canadiense, Denis Villeneuve, termina de confirmarse como el principal competidor de Nolan en el corazón de algunos cinéfilos. Eso sí, a diferencia de éste, Villeneuve es más sutil, más imaginativo en su puesta en escena y, desde luego, no permite que sus guiones estén llenos de agujeros… aunque recurran igualmente a trucos y artificios que terminan resultando más superficiales que interesantes. El guionista Eric Heisserer, autor de los libretos de películas de terror como No apagues la luz, La Cosa o Destino Final 5, ha sido el encargado de adaptar el relato de Ted Chiang, La historia de tu vida, ganador del premio Nebula al mejor relato corto en el año 2000. Heisserer ha solventado con éxito los aspectos más complejos de la adaptación y Villeneuve se ha encargado de darles un brillante acabado formal, excelentemente ayudado por la fotografía crespúscular de Bradford Young y la banda sonora de Jóhann Jóhannsson (aunque los temas del comienzo y del final son de Max Richter, compositor de la banda sonora de The Leftovers y Vals con Bashir). Todos ellos deberían ser firmes candidatos a los Oscars de este año. Y por supuesto, Amy Adams, estrella indiscutible de la película y que, después de cinco nominaciones, bien se merece ya una estatuilla por un trabajo tan completo como sutil y poco estridente, carente de dramatismos histriónicos a los que otras intérpretes se habrían arrojado sin dudarlo.

A pesar de todo ello, Arrival no termina de resultar redonda. Como sucede con las películas de ciencia ficción que se toman demasiado en serio a sí mismas, no sabe renunciar a hablar de temas “importantes” y no evita trampas narrativas que sólo consiguen darle apariencia de complejidad. De hecho, lo menos interesante de la película son las consecuencias que conlleva aprender el lenguaje alienígena mientras que se echa de menos un mayor desarrollo de algunas ideas sobre las consecuencias que tendría para la humanidad la llegada de una docena de naves extraterrestres y que quedan meramente apuntadas (el miedo, el fanatismo religioso, la tentación de responder con violencia…). Parece que, sin envolverse de trascendencia y hablar de los misterios insondables del alma humana, uno no puede hacer una película de ciencia ficción que tenga apariencia respetable para la crítica.

Bon Iver: 22, A Million

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Conocí a Bon Iver gracias a Diego, que me incluyó Skinny Love en un recopilatorio personalizado. Después descubrí su primer disco, For Emma, Forever Ago, y me convertí en fan. En mi mente, me imaginaba a Justin Vernon pasando un largo invierno solo en una cabaña de madera perdida en los parajes de Wiscosin, rodeado de nieve, componiendo canciones para Emma, un amor antiguo de estos que a veces duelen y otras se recuerdan con cariño. Canciones nacidas en medio del frío y que, sin embargo, resultaban cálidas y acogedoras. La música de Bon Iver es un lugar en el que apetece estar aunque uno termine perdido en los bosques.

Bon Iver, Bon Iver, su segundo disco, era como una salida al mundo. O por lo menos, un viaje hasta Calgary pasando por Texas y Michicant. También era una salida del aislamiento en la cabaña perdida, un trabajo en el que Bon Iver seguía siendo Justin Vernon pero también te lo podías imaginar como un grupo. y su música seguía siendo un lugar en el que apetece perderse, dejar pasar el tiempo pasar y el espiritu volar como quien contempla un cuadro de Rothko.

Por eso, la primera sensación que producen las canciones de 22, A Million es de extrañeza. Esos nombres imposibles de unos temas bautizados como 10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄, 29 #Strafford APTS o 666 ʇ resultan algo hostiles y desde luego, nada cálidos. Parece que hemos pasado de Rothko a Pollock, de la abstracción contemplativa a la expresionista, del blanco de la nieve al negro nocturno. Al fin y al cabo, este disco ha nacido de una depresión y es la forma que Justin Vernon ha tenido de enfrentarse a ella: “It might be over soon” es lo primero que escuchamos, el mantra que abre el disco con un intento de optimismo que, sin embargo, no es ninguna promesa en firme. Los “Why are you so far from saving me?” de 33 “GOD” parecen dejar claro que éste es un disco hecho de dolor y miedo. Quizás sea el disco más íntimo de un artista que siempre ha hecho de su intimidad la base de sus canciones y quizás por eso sea el más experimental: todas esas emociones puras tienen que ser resguardadas por juegos tecnológicos, vocoders llevados hasta paroximos, samplers inesperados de Paolo Nuttini y Stevie Nicks y bases rítmicas que nos hacen pensar que en cualquier momento va a aparecer Kanye West para devolverle la visita que Justin le hizo en My beautiful dark twisted fantasy. Sin esa protección, serían demasiado directas y dolorosas para un artista que, como ya comprobamos al verle en Vistalegre hace unos años, prefiere esconderse entre las sombras.

Tanta complejidad barroca encerrada en apenas 35 minutos hace que 22, A Million no sea un disco sencillo ni fácil. Puede incluso provocar cierto rechazo en una primera escucha. Pero más allá de esa apariencia fría y dura, como un mineral, podemos descubrir una obra desnuda de infinitos matices y profunda belleza, como un rayo de luz que, al atravesar ese mineral, se multiplica en miles de colores. Y al final llegamos a la conclusión de que la música de Bon Iver es un lugar en el que apetece estar aunque terminemos dando vueltas en círculo por un laberinto de arroyos y templos.

Tarde para la ira

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Tarde para la ira es la opera prima del actor (y atípico sex symbol) Raúl Arévalo. También ha sido la única película española presente en el Festival de Venecía, donde ha cosechado buenas críticas de la prensa internacional y un premio para la actriz Ruth Díaz. Seguramente sea una de las principales candidatas a varias categorías de los premios Goya. Se estrenó el pasado 9 de septiembre, pero como no viene arropada por ninguna televisión privada, parece que el público no se ha enterado de su existencia. Y es una pena, porque es una de las películas más interesantes que nos ha ofrecido el cine patrio en lo que va de año.

Como ronea, como ronea...
Como ronea, como ronea…

Un hombre introvertido en un barrio popular de Madrid, de estos donde a la gentrificación ni se la ve ni se la espera, pasa los días en un bar, jugando al mus con los parroquianos. Se siente torpemente atraido por la camarera del local, cuyo marido lleva varios años en la cárcel por haber participado en el atraco a una joyería. Asi comienza Tarde para la ira, pero en su primer punto de giro nos descubre que nada es lo que parece a primera vista y la película se acaba convirtiendo en un viaje a los infiernos personales de un protagonista marcado por el rencor y la venganza. Directa, sencilla y contundente, Tarde para la ira puede relacionarse tanto con cintas de género del cine español como La isla mínima (una trama criminal) o No habrá paz para los malvados (ese realismo sucio de bares cochambrosos, gimnasios de barrio y hoteles de carretera) como con títulos de autor como Canibal (con la que comparte a Antonio de la Torre y cierta frialdad analítica en el tratamiento de los personajes y sus acciones), Magical Girl (ese tratamiento nada estilizado de la violencia) o clásicos de nuestro cine como La Caza (la ambientación rural de algunas escenas y las cosas que pasan cuando hay una escopeta en pantalla).

Esto es lo que pasa.
Esto es lo que pasa.

Como director y coguionista, Raúl Arévalo tiene muy claro lo que quiere contar. De ahí la concisión seca de una película que apenas supera los 90 minutos de duración, uno de sus grandes aciertos: ni falta, ni le sobra nada a la hora de dibujar una trama que funciona con exactitud y unos personajes llenos de claroscuros. El clímax, por ejemplo, se resuelve de manera tan rápida como certera y realista. Arévalo demuestra también muy buena mano a la hora de aumentar progresivamente la tensión y el suspense gracias a un par de giros de guión y un montaje eficaz y nada historiado. Tarde para la ira es una película que lleva la sinceridad y el naturalismo como banderas, una apuesta ganadora gracias al buen hacer de Antonio de la Torre -que si no es el mejor actor que tiene actualmente el cine español, poco le falta- y de un reparto constuido por rostros habituales de nuestras teleseries que aquí tienen la oportunidad de brillar como Luis Callejo o Ruth Diaz. Id a verla y podréis presumir de haberla descubierto antes de que Raul Arevalo gane este año el Goya a la Mejor Dirección Nóvel.

The Avalanches, Wildflower

16 años esperando...
16 años esperando…

Desde que nos dejaron, después de publicar Since I left you en el año 2000 -seguramente la primera obra maestra de la música del siglo XXI-, muchas cosas han pasado en la vida de The Avalanches. Hubo peleas y abandonos por como el proyecto iba dejando de ser un grupo de ¿rock? para convertirse en un DJ set hasta quedar reducido a dos miembros: Robbie Chater y Tony Di Blasi. Chater, además, estuvo convaleciente durante tres años por un par de enfermedades autoinmunes (que según la Wikipedia se trató con Ibogaína, substancia con alucinantes efectos secundarios). El grupo se dedicó también a colaborar en la composición de un musical sobre King Kong (cuando la obra se estrenó, la aportación de The Avalanches consistió en un tema de 25 segundos) y a preparar una película de animación que describieron como “un Submarino Amarillo de hip hop” (después de dos años de trabajo el dinero se acabó y el trabajo se quedó en nada). Chater, por si fuera poco, tuvo que actualizar su ordenador en 2014, después de años trabajando en un Mac donde tenía instalado el Studio Vision, un programa secuenciador al que se dejó de dar soporte… en 1997.

Y mientras tanto, aunque parezca mentira, The Avalanches decían estar trabajando en la continuación de su primer disco, colaborando con músicos de todo el planeta y consiguiendo los derechos de todo tipo de samplers. Y cuando ya todos pensábamos que nos estaban tomando el pelo y que el-segundo-disco-de-Avalanches era un mito a la altura de la democracia china, llegó Wildflower. Su sencillo de presentación, Frankie Sinatra, no podía estar más lejos de Since I left you. Eso sí, ambos temas son igualmente pegadizos por las razones más distintas.

Al igual que Since I left you, Wildflower se basa en miles de samplers de ruidos, diálogos de películas, fragmentos de otros temas… Se dice que el primer disco contenía unos 3.500, seguramente Wildflower no se quede atrás, mezclando desde el Come Together de The Beatles hasta Sonrisas y Lágrimas. Pero el resultado es muy distinto: mientras que su ópera prima resultaba un conjunto compacto y fluido, donde cuerdas y orquestaciones de todo pelaje se convertían en protagonistas convirtiendo al disco en una onírica pieza de Easy Listening para el nuevo siglo, Wildflower resulta metálico y deslabazado -en especial en su segunda mitad, justo después de la cómica The Noisy Eater (¿una especie de remake de su Frontier Psychiatrist?)-, menos soñador y mucho más directo a golpe de hip hop. Tampoco es de extrañar: seguramente el rap sea el estilo musical que está definiendo los últimos años y es difícil mantener una coherencia interna cuando tratas de resumir dieciseis años de trabajo en un solo disco. Ellos dicen que el disco es como un viaje en coche por su extensa y variada Australia natal, pero creo que sólo se dedican a dar vueltas por el desierto.

Además, The Avalanches no sólo han perdido el efecto sorpresa, sino que en Wildflower juega todo a ser tan referencial, desde la misma portada, que homenajea There’s a Riot Goin’ On, disco de 1971 de Sly & The Family Stone…

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…hasta el propósito de reinterpretar los sonidos psicodélicos de los sesenta y setenta a base de samplers que al final Wildflower resulta tan posmoderno y referencial como artificioso. Evidentemente, después de 16 años esperando, las expectativas eran altas. Podemos alegrarnos de que haya llegado este segundo disco de The Avalanches y disfrutar de pistas como Kaleidoscopic Lovers o If I Was a Folkstar, pero es inevitable sentir cierta decepción.

Adele en Verona: música entre las ruinas

Poco después de la publicación de 21, Adele se embarcó en una pequeña gira por Europa y Norteamérica. Cuando se anunciaron las fechas, la cantante iba a actuar en Madrid en la Sala Caracol, un recinto de pequeño aforo ideal para una artista cuyo disco de debut había pasado desapercibido por completo para el gran público español. Cuando semana a semana el disco se mantenía en el número uno del Reino Unido, sus ventas se empezaban a contar por millones y en España empezaban a sonar en la radio (primero en Radio 3, luego en el resto del dial) Rolling in the Deep y Someone like you, el concierto se trasladó a La Riviera. Ahí estuve yo, a pocos metros de la diva, y descubrí que un concierto de Adele es algo imprevisible, donde Adele se convierte en la dueña del escenario para hacer con él lo que quiera: entre canción y canción, sentada en una butaca negra mientras bebía ¿té? en un taza grande, nos contaba anécdotas de sus viajes adolescentes a España (es fácil imaginarse a Adele con 15 años como una guiri borracha más en Saloú) y las historias ocultas detrás de cada una de sus canciones. En resumen, aquel concierto podría haberse llamado perfectamente “Una noche de risas y música con Adele”.

Cinco años después, Adele es una gran estrella mundial, la única que vende discos como si viviera en los 90 y la piratería no existiera para ella. Verla en directo en un local de pequeño o mediano aforo se ha convertido en una utopía. De hecho, verla en directo es ya una misión complicada: su gira de este año es solamente la tercera de su carrera y en muchos países sólo actúa en una sola ciudad un par de noches. Era el caso de España, donde como sucede últimamente Madrid había sido relegada al olvido en favor de Barcelona. O el de Italia, donde sólo tendrían la suerte de verla en las ruinas del anfiteatro romano de Verona. Como el concierto era en fin de semana, ahí que nos fuimos, a turistear al norte de Italia.

Desafortunadamente, nadie puede detener la lluvia, ni siquiera Adele, y debido a las tormentas anunciadas desde casi dos semanas antes y que hicieron que los vendedores de ponchos de plástico se forraran, el concierto del día 29 fue más corto que el del día 28 y el resto de la gira. Los temas sacrificados -y por tanto, se puede concluir que Adele los considera los más prescindibles del repertorio de la gira (aviso a navegantes)- fueron I miss you, Don’t you remember, Sweetest Devotion, Chasing Pavements y All I ask. Lo de la lluvia es una teoría sin confirmar; la otra explicación es que, simplemente, Adele se enfadó con el público italiano. Al fin y al cabo, el concierto de esta noche ya ha pasado a la historia porque Adele pidió a una espectadora armada con trípode y cámara profesional que dejara de grabarla. Como a estas alturas todos lo habréis visto en Youtube, os subo una foto de mi móvil en el que se aprecía a Adele cubierta con el chubasquero con el que salió al escenario.

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“Sois el público más colorista que he tenido nunca”, dijo. Eso sí, no se puede decir que fuera el más animado que yo haya visto. A pesar de eso, de la lluvia y de los recortes en el repertorio, sí que puedo decir que fue un gran concierto. Al igual que en la Riviera, el resumen de la noche sería “Una noche de música y risas con Adele”. Ella canta como quiere y hace lo que le da la gana. Abrió con Hello, como era lógico, y cerró con Rolling in the Deep mientras los cañones de confetti derramaban sobre nosotros miles de papelitos escritos con frases de canciones de Adele. Yo conservo uno que pone “Hello” en mi cartera desde entonces. Sin embargo, los momentos más brillantes vocalmente fueron un Set fire to the rain espectacular, un Skyfall que sonó fabuloso gracias a las cuerdas impecables del equipo de músicos que acompaña a la cantante (quien confesó que la primera vez que le pidieron componer un tema Bond se negó aunque lo estaba deseando), y un Million Miles Away en versión acústica que sono paradójicamente íntimo y sencillo en un recinto tan imponente como la Arena de Verona. Aunque es difícil quedarse con un solo momento cuando también hay que hablar de como hizo que todo el mundo encendiera las linternas de sus móviles para llenar de luces las gradas durante Make you feel my love, ese singalong en el que se convierte Someone like you, la siempre energética Rumour has it o la emoción contenida durante Hometown Glory o When we were young, una canción destinada a ir creciendo con los años hasta convertirse en un clásico. Esperad a que Adele la cante cuando tenga 50 años.

Y entre canción y canción, Adele y sus monólogos (el acosador que dio origen a Send my love), Adele y sus juegos con el público (“¿Hay alguien aquí de Islandia? (gritos aislados en una grada) ¿Y de Nueva Zelandaaa? (gritos desde el fondo del recinto) NO WAAAY”), Adele subiendo a niños al escenario, Adele subiendo a un chico y su novio al escenario (algún silbido entre el público, esto es la muy católica y rancia Italia), Adele bromeando sobre su repertorio (“Si alguien esperaba canciones alegres, ahora llegan dos que lo parecen pero no lo son”), Adele siendo una diva sin hacer ningún esfuerzo por serlo (“No soy Beyoncé, pero yo también sudo”). En resumen, Adele siendo Adele y ganándose su sitio entre las más grandes, conquistando el mundo como una Barbra Straisand para el siglo XXI. Sólo le falta hacer cine.