U2, en concierto en Barcelona

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U2 publicaban en febrero de 2009 No line in the horizon, disco en el que la banda irlandesa volvía a colaborar con el productor Brian Eno para hacer un trabajo más experimental y cercano a algunos de sus títulos más emblemáticos de principios de los noventa como Achtung Baby o Zooropa. Los más de cinco años que han transcurrido desde entonces han sido algo complicados para el grupo liderado por Bono, ya que en este tiempo han estado barajando y desechando proyectos como hacer un disco de música electrónica con producción de David Guetta, RedOne o will.i.am. Afortunadamente, a finales de 2013 parece que la banda irlandesa recuperó la energía perdida y consiguieron una nominación al Oscar por Ordinary Love, su canción para la película Mandela.

Después del sencillo benéfico Invisible editado en febrero de 2014, el decimotercer disco de U2 llegaba al público el pasado 9 de septiembre, estando disponible de manera gratuita para todos los usuarios de Itunes y lanzado en formato físico a comienzos de octubre. Songs of Innocence, producido por Danger Mouse, es un regreso a las raíces de U2, un trabajo marcado por el sonido rockero de los primeros tiempos de la banda con letras muy personales que hablan de la infancia de sus componentes en Irlanda, rindiendo homenaje a ídolos de su adolescencia como Joey Ramone o The Clash.

Pero además de un nuevo disco, lo que seguramente esperaban con más ganas los seguidores de U2 era una nueva gira. El Innocence + Experience Tour comenzará el 14 de mayo en Vancouver y recorrerá una veintena de ciudades a lo largo de todo el año. En España se les podrá ver en Barcelona los días 5 y 6 de octubre, dos conciertos para los cuales aún puedes conseguir las entradas. Dos días, dos conciertos y dos leitmotivs diferentes para cada uno de ellos: inocencia y experiencia, de ahí el nombre de la gira. Habiendo visto anteriores conciertos de U2, está claro que la calidad del espectáculo está más que garantizada. Además, la banda se puso a sí misma el listón muy alto con su 360° Tour, en el que consiguieron agotar las entradas en todos sus conciertos, convirtiéndose, con 736 millones de dólares, en la gira de mayor recaudación de la historia de la música.

Amores minúsculos

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Amores Minúsculos es el primer trabajo en solitario de Alfonso Casas, a quien descubrí hace dos años como dibujante de la interesante novela gráfica Marica Tú. En esta ocasión, Casas es autor tanto del dibujo como del argumento de una obra en la que se entrelazan pequeños amores que se escriben en minúsculas pero que acaban siendo tan emocionantes -y seguramente mucho más verdaderos- que las épicas historias de amor de los clásicos románticos y los grandes melodramas. Amores minúsculos es la historia de Jaime, un aspirante a novelista que vive esperando a que le pase algo, un algo que llegará en forma de Eva, una de esas chicas especiales que sólo se encuentran una vez en la vida y de las que nunca sabes si desaparecerán con la misma facilidad con la que aparecieron. Pero también es la historia de Nacho, quien se pasa las tardes dibujando en una plaza de Barcelona a los que caminan por ahí, especialmente a un chico rubio por el que se siente atraído aunque no sepa nada de él. Y también es la historia de Laura, una contable que tiene una cita con un cantante-actor-DJ (¿quién no conoce a alguno de estos?), empeñada en descubrir si hay algo debajo de ese montón de nada, una relación en la que nunca quedará claro quién es el seductor y quién el seducido.

Amores minusculos

En los agradecimientos del libro, Casas reconoce que vendió la idea a la editorial con lo que denomina “una horrible descripción”: con un toque de Isabel Coixet y un puntito del constumbrismo de Murakami. En realidad, tampoco andaba tan desencaminado. Amores Minúsculos se mueve continuamente entre lo detallista y el minimalismo, relatando y retratando lugares cotidianos y familiares donde cosas que parecen tan insignificantes como un desayuno continental o un puñado de clips se cargan de contenido emocional. Lo mismo se puede decir del estilo del autor, que sabe dibujar con claridad lo esencial de sus personajes prestando a la vez una atención minuciosa a los entornos y paisajes que les rodean: en este caso, una Barcelona gótica perfectamente reconocible para el lector.

Lo único malo de Amores Minúsculos es que si te pasa como a mí, te lo leerás de una sentada en un par de horas. Lo bueno es que siempre puedes volver a abrirlo por la primera página para disfrutarlo de nuevo.

LA CIUDAD DEL ETERNO VERANO

Durante su estancia de un año en Barcelona, mi hermano la terminó bautizando como la Ciudad del Eterno Verano y puede que sea un nombre que se adecue bastante a la realidad. La capital catalana es una ciudad mucho más agradecida para el turista que Madrid: abierta al mar, con espacios amplios y monumentos llamativos. Seguramente sea consecuencia de las diferentes historias que ambas han vivido y de los distintos momentos de esplendor que vivieron, una en la época de los Austrias y los primeros Borbones; la otra en el siglo XIX, la época en la que se diseñó el Eixample, triunfó el modernismo y se celebraron una exposición universal en 1888 y otra internacional en 1929. Todos estos acontecimientos, sumados al lavado de cara que supuso la organización de los Juegos Olímpicos de 1992, se notan todavía en el paisaje urbano de Barcelona.

Diego y yo dedicamos el sábado a recorrer sus calles. Comenzamos por el Paseo de Gracia y admirando la Pedrera, la Casa Batlló y otras joyas del modernismo. Lástima que el precio de las entradas sea de unos 15 euros en el casa de la primera y de más de 18 euros en el segundo. La azotea que Gaudí diseñó para Casa Milà es una obra de arte espectacular, pero los precios resultan un tanto excesivos (y más tarde descubrimos que es la norma en los monumentos de la ciudad). El paseo desembocó en Plaza Catalunya y siguió por las Ramblas, con sus puestos de flores y animales y sus estatuas humanas. Nos asomamos al Mercado de la Boquería a ver sus puestos de frutas y pescados y terminamos llegando a la estatua de Colón. Comimos en un japonés en el Maremagnum mientras veíamos grandes barcos en el horizonte.

Después llegó el momento de perderse por las callejuelas del Barrio Gótico para ir encontrándonos con Santa María del Mar y la catedral de la ciudad. Encontrar la plaza de San Felipe Neri nos costó un poco, y lo conseguimos gracias al GPS de nuestros móviles. Para mi decepción, la fuente de ese bonito rincón estaba rodeada de verjas y turistas. De ahí, al Metro (que se parece mucho más al de Londres que al de Madrid, por cierto) hasta la estación de la Sagrada Familia. Ahí sí que pagamos los doce euros que cuesta entrar en su interior, subida a las torres no incluida. Hay que reconocer que el trabajo que se ha hecho para completar la obra de Gaudí es meritorio, pero hay algo que no me termina de convencer en el conjunto. El interior es luminoso y grandioso, pero quizás un poco carente del alma que sí tienen las partes edificadas en vida del arquitecto. Quizás hubiera sido mejor dejarla tal y como estaba cuando murió.

Por la noche fuimos a Montjuïc con la intención de ver la fuente mágica en funcionamiento. Sin embargo, como justo al lado se celebraba un festival de habaneras -con un público cuya media de edad no bajaba de sesenta-, el espectáculo musical se había cancelado. Paseamos por el lugar, rodeados de extranjeros y otros turistas. Lo de que Barcelona es una ciudad cosmopolita no es un tópico sin más: hubo momentos en que a nuestro alrededor sólo había extranjeros. Y como buenos turistas despreocupados por lo auténtico, cenamos en un restaurante italiano en la antigua plaza de toros de Barcelona reconvertida en centro comercial hace poco.

El domingo por la mañana nos acercamos al Parque Güell, uno de mis lugares favoritos del mundo, para saludar a su dragón multicolor, pasear por sus galerías de columnas inclinadas y ver Barcelona desde su terraza de trencadis. Agotados después de dos días de festival y turismo, pasamos un buen rato sentados en un banco de piedra, escuchando a un música tocar una especie de mandolina medieval.

SONIDOS DE PRIMAVERA EN VIERNES

Prácticamente nada recuerda que en el recinto del Parc del Forum se celebró, hace ya ocho años, el ambicioso Foro Universal de las Culturas (y que tuve la suerte de visitar): mucho hormigón, agonizantes zonas verdes y algunas estructuras de tamaño desmesurado en su contexto actual. Sin embargo, como pude comprobar en la primera edición del Summercase, el lugar resulta ideal para la organización de festivales de música. Y después de seis horas de coche, ahí estábamos Diego y yo, dispuestos a disfrutar del programa del Primavera Sound para el viernes.

La jornada comenzó agradablemente entre las sombras y los cómodos asientos del Auditori del Forum escuchando a Laura Marling, una cantante británica con tres discos ya a sus espaldas y que sabe combinar sonidos intimistas y melancólicos con ciertos ecos medievales en sus dos primeros trabajos y un cierto aire country en el último. El público escuchó en respetuoso silencio alguna de sus mejores canciones (Rambling Man) y echó en falta otras (The Beast). Cuando terminó, llegamos a tiempo para ver casi todo el concierto de Other Lives, un quintento de Oklahoma cuyo estilo es descrito por la Wikipedia como folk, pero que por actitud y sonido podrían convertirse en los próximos Arcade Fire. O al menos, eso comentamos cuando terminamos de escucharles.

Después vimos el final del concierto de The Chameleons, una veterana banda británica de post-punk, en el escenario vecino y nos dimos una vuelta por el recinto. Descubrimos los escenarios dedicados a los artistas del metal, el hardcore y otros estilos que no pueden estar más alejados del pop: grupos que repiten el mismo riff de guitarra durante minutos disfrazados de monjes ortodoxos y con la cara tapada por una capucha que sólo tenía aperturas para los ojos (sí, el cantante cantaba a través de la tela) o que actúan rodeados de antorchas, cráneos de cabra colgados del escenario y con una cruz invertida a modo de micrófono. El infierno hecho música. Entre alucinados y divertidos, ascendimos hacia la luz para ver salir al escenario a Rufus Wainwright, todo un divo, y después irnos a uno de los conciertos que más nos apetecía ver, el de Girls. Este dueto de San Francisco (cuyo cantante nació en el seno de la secta de los Niños de Dios, por cierto) parecen venir directamente de finales de los años 60, con un sonido a pop californiano con toques quizás psicodélicos y una actitud en el escenario entre despreocupada y espontánea. Vomit es, a pesar de ese título, una de las canciones más emocionantes del 2011.

Mientras sonaba Afrocubism a lo lejos, nos dispusimos a cenar algo antes del concierto de The Cure. Apostamos por la comida tex-mex y, aunque la chica le puso empeño, sus burritos no llegan ni a la suela de los zapatos de los de la cadena Taco del Mar. Poco antes de las diez, nos sentamos en la zona verde para ver a Robert Smith y sus chicos, al igual que otros miles y miles de festivaleros. A diferencia de otras viejas glorias de los ochenta, su sonido es brillante y el repertorio es generoso: tres horas estuvieron sobre el escenario, repasando su larga y fructífera carrera: Llullaby, High, Friday I’m in love, Just like heaven, The walk, Friday I’m in love, Boys don´t cry… Quizás un tanto excesivo para un festival en el que el resto de los artistas dispusieron de menos de una hora para hacer sus conciertos, pero también es cierto que eran el plato fuerte del día (menos para los amantes del metal de los escenarios inferiores, que seguramente disfrutaron mucho con Napalm Death). Diego y yo decidimos dar una vuelta por las tiendas del festival y terminamos en el stand de Ray-Ban viendo un miniconcierto acústico de Joe Crepúsculo. Sonaron sus éxitos Suena brillante y Enséñame a amar (yo eché en falta Batalla de Robots) y la cincuentena de personas que estaban escuchándole terminaron bailando como locas y provocando la desesperación de los encargados de vigilar el stand cuando empezaron a usar los puffs publicitarios de la marca como balones hinchables de los que se lanzan en los conciertos.

Y así llegamos al concierto de The Drums. Nadie me había advertido de que su cantante baila como Leonardo Dantés, así que cuando comenzó a dar saltitos y moverse como una vedette me quedé bastante boquiabierto. La banda tiene dos discos que siguen una misma formula que puede terminar resultando repetitiva, pero que les ha permitido hacer una serie de canciones de sonido eficaz como Best Friend, Forever and Ever, Amen, How it ended y el ya clásico Let’s go surfing, que tocaron esa noche después de haberla retirado de su repertorio.

Eran ya las dos cuando llegó la hora de disfrutar de The Rapture. Aunque How deep is your love me parece una de las mejores canciones del 2011, el resto del disco no me había llamado especialmente la atención. Sin embargo, el directo del grupo les hizo ganar muchos enteros en mi apreciación. Su mezcla de sonidos guitarreros con elementos electrónicos puede hacer pensar en unos Delorean estadounidenses, pero con un cantante infinitamente más carismático. También me hicieron pensar en la ELO cuando el teclista se puso a tocar el saxo. Al final de su actuación, empezaron a sonar los teclados noventeros de How deep is your love y todos nos pusimos a bailar. Fue la manera perfecta para cerrar nuestro paso por este viernes del Primavera Sound.