Last Plane To London

Verano en Londres. ¡Existe!

Estoy harto de que todo el mundo llame “London Calling” a sus álbumes con las fotos de su viaje a Londres, a sus artículos contando su experiencia londinense o que lo use como hashtag ingenioso de sus tweets o instafotos… Creo que hasta yo lo he hecho, aunque por lo menos yo sabía que era una canción de The Clash e incluso puedo tararearla. Pero no, mi resumen de este fin de semana homenajea uno de los momentos más disco de la ELO: Last Train to London, fabuloso sencillo de finales de 1979 del álbum Discovery (Disco Very, Very Disco, claro que sí, Jeff Lynne).

Hace unos meses Adele anunció que terminaría la gira de 25 con dos conciertos en Wembley. Como las entradas se agotaron a los diez minutos, amplió los conciertos con dos fechas más. Nosotros, como buenos Adeliers, compramos las entradas para el sábado 1 de julio y para allá que nos fuimos el viernes. ¡Adiós World Pride, Hello London!

Era tan evidente que nadie quería irse de Madrid ese fin de semana que el avión tenía asientos libres como si fueran los años ochenta. El vuelo se hizo corto gracias a las carreras de Mario Kart en la Nintendo Switch: Diego siempre gana, yo siempre pierdo, pero nos divertimos igual. En dos horas aterrizamos en Gattwick y en una hora llegamos a nuestro hotel. Abandonamos las maletas y nos tiramos a las calles: uno de los amigos con lo que íbamos no había estado aun en la capital de la Pérfida Albión, así que había que enseñarle las postales consiguientes. Mientras paseábamos, hacíamos comparaciones con Nueva York. Algunos preferían la metrópolis. Yo, después de haber visto en directo esta Semana Santa la decadencia de la América trumpiana, me quedo ahora mismo con este Londres inesperadamente soleado y veraniego.

Esto es “soleado y veraniego” en Londres

Vale, hubo algún momento lluvioso y por la noche refrescaba, pero hizo mejor tiempo que cualquier otra vez que haya estado en la ciudad. Paseamos por la calle Carnaby como buenos chicos pop, comimos en un japonés, fuimos a una tienda de juguetes donde compré un osito Paddington para mi sobrina pequeña, llegamos hasta Piccadilly Circus (¡están arreglando los carteles luminosos!), bajamos a Trafalgar Square y de ahí fuimos al Big Ben y el Parlamento (¡está en obras!), cruzamos el río y acabamos tomándonos un café caro a la sombra del Ojo de Londres. Vuelta al hotel, una ducha, ropa nueva y cena en un turco con amigos residentes en Londres (al fin y al cabo, debe de haber más españoles viviendo en Londres que en la provincia de Soria). Unas pintas de cerveza en un pub pusieron punto final a la noche.

Adele nos escribió el sábado a primera hora de la mañana.

No show for you, my Adeliers

Nos quedamos sin concierto, así que no hubo más remedio que consolarse devorando un contundente desayuno inglés. Huevos revueltos, salchichas, bacon, patatas, tostadas. De todo menos setas, claro. Lástima que no hubiese porridge de deliciosa avena vigoréxica… Como no fue consuelo suficiente, acabamos saqueando una tienda de discos y películas aprovechando las generosas ofertas británicas y la caida de la libra esterlina. Gracias, ingleses, por votar Brexit. Yo me compré lo nuevo de Calvin Harris, la reedición del OK Computer y el Melodrama de Lorde, además de clásicos como Rebelde sin Causa, Lawrence de Arabia, El Mago de Oz o THX1138. Y como de repente teníamos todo el sábado libre, optamos por seguir consolándonos con un musical. Lógicamente, no había entradas para Los Miserables ni El libro de Mormón (por la obra de teatro de Hatty Potter ni nos molestamos en preguntar, doy por hecho que están todas las entradas vendidas hasta la próxima década), así que acabamos optando por Motown, The Musical. Reconciliados ya con Londres, nos entregamos a las actividades típicas de la ciudad, como ir al Museo Británico a ver momias egipcias, frisos robados al Partenón, el jarrón Portland y la copa Warren, comer pescado con patatas y pastel de carne en un pub, acercarnos al palacio de Buckingham a saludar a Isabel II o pasar el rato en Saint James Park viendo pelícanos y ardillas.

Oca feliz

Motown, The Musical es un montaje con libreto de Berry Gordy, el fundador del mítico sello musical de Detroit, la “Motor City”. Por supuesto, ya que es el productor y está contando sus memorias, él queda como un santo, un visionario, un héroe afroamericano que sólo quería compartir la grandeza de la música negra con el mundo. Su relación con Diana Ross nunca fue nada turbia, Florence Ballard era una chica poco profesional que no aparecía en los ensayos, Berry siempre dejó que sus artistas fueran libres y tuvieran el control de sus carreras y el musical Dreamgirls es una falacia sin ninguna base real. Aunque a veces los actores parecen estar jugando a Tu cara me suena, hay que reconocer que sus intepretaciones son vocalmente impecables, al igual que el vestuario y la escenografía.

Después del musical, cenamos auténtica comida típica de Londres: chicken tikka masala.

El domingo por la mañana fuimos a la Tate Gallery. El sol iluminaba la catedral de San Pablo, los rascacielos de cristal y las decenas de grúas que pueblan el horizonte de Londres. Aquí La Burbuja Inmobiliaria siempre ha campado a sus anchas.

Huyendo de la gentrificación

“Aquí, en cuanto se cae algo, en seguida construyen apartamentos de lujo”, me dijo mi amiga Virginia, residente en Londres desde hace muchos años, mientras comíamos fetuccinis en los establos de Camden Market. “No saben la que han líado con el Brexit”, respondió cuando le pregunté por el tema y me explicó la larga lista de requisitos burocráticos -y la cantidad de libras que hay que pagar- para tramitar permisos de residencia y demás papeleos. Hay nubes oscuras en el futuro, pero junto a los canales, los puestos de camisetas y el olor a comida de los cuatro rincones del planeta en el aire nos podemos olvidar de ellas. Y así nos despedimos de Londres… después de una frenética carrera por los pasillos de Heathrow para no perder nuestro avión.

Resumen musical anual

En los años 90, cuando el Eurodance dominaba las pistas de baile y, por consiguiente, la radiofórmula, yo sabía distinguir perfectamente los sencillos de Snap, Culture Beat, 2 Unlimited o Corona sin problemas. Mi madre, devoradora de música desde los años sesenta, decía, en cambio que eran todas la misma canción. Hagamos ahora un flashforward hasta 2016 y me encuentro en la misma situación: no soy capaz de distinguir los temas del llamado Tropical House o “folkito fresquito” que ahora dominan el panorama comercial. Major Lazer, Kygo, The Avener, Lost Frequencies… ¿no acaban haciendo todos la misma canción, con los mismos tics y las mismas bases musicales? Los que llegaron para superar el EDM han acabado saturando el mercado y agotando a mis oídos. En fin, siempre nos quedará Calvin Harris, que escapó de la serpiente y volvió a cantar en un sencillo. My way es mi videoclip favorito de 2016.

Calvin, además, es de los que ha sabido que en el actual mercado publicar un disco es irrelevante. Un sencillo o dos te bastan para mantenerte en el candelero y construir tu carrera. Enrique Iglesias lo sabe y su Duele el corazón fue número uno en medio universo latino y países como Hungría, República Checa, Suiza o Rumanía. Shakira lo ha puesto en práctica con La Bicicleta y Chantaje. Justin Timberlake ha hecho de su Can’t stop the feeling fue una de las canciones más escuchadas del año. Jennifer Lopez lo intentó con Ain’t your mama, curiosamente ignorado en USA y UK, un éxito en el resto del mundo. Maroon 5 también se han apuntado a la moda con Don’t Wanna Know. Con permiso de Twenty One Pilots, Zara Larsson y The Chainsmokers han conseguido convertirse en dos de los artistas revelación de 2016 sin ningún disco a sus espaldas. En un mundo donde importan más las reproducciones en Spotify y los visionados en Youtube que las ventas reales, el LP parece un concepto del pasado.

Sin embargo, la carrera de los artistas sigue midiéndose por sus discos de larga duración, ya que parece que estos son declaraciones de intenciones y definen etapas estilísticas o temáticas. Adele ha sido la que más millones de copias ha vendido este año con 25, a punto de superar los 20 millones de ejemplares. Eso sí, hay que decir que ninguno de los sencillos que publicó este año ha conseguido igualar la fama de Hello o los que se extrajeron de 21. También hay que decir que el esfuerzo que hace en promocionarlos en casi nulo y así es como When we were young y Water under the bridge se han quedado sin videoclip.

Beyoncé ha sido la segunda artista más vendedora del año con Lemonade, disco con el que seguramente arrasará en la próxima edición de los Grammy. Paradójicamente, lleva sin tener un sencillo de auténtico éxito desde los tiempos de Sasha Fierce: se ha escuchado más en radios su colaboración con Coldplay en Hymn for the weekend que cualquier tema de Lemonade. Rihanna, en cambio, siempre se asegura tener un sencillo de éxito: por mucho que se suponga que Anti es su intento de hacer un disco coherente y ambicioso, al final no es tan diferente al resto de trabajos de su discografía. Lady Gaga apostó por el rock y el country en Joanne: quizás nunca vuelva a vender como en los tiempos de The Fame Monster pero por lo menos ha superado el bache creativo de ArtPop. Tras Hotline Bling, Drake se confirmó como una estrella global después de varios discos a sus espaldas gracias a One Dance. Lo mismo ha hecho The Weeknd, instalado ya entre los artistas más vendedores de la mano de Daft Punk. O Sia, convertida a estas alturas de su carrera en una inverosímil estrella pop. Bruno Mars no consiguió colocar 24K Magic en el número uno, pero viendo como agotó las entradas para su gira mundial en minutos no parece que tenga razones para preocuparse. Britney Spears, en cambio, quiso hacer un regreso por todo lo alto con Glory, pero se quedó a medio gas. Tampoco fue buen año para Kanye West: ser Dios en la tierra y estar casado con Kim Kardashian es demasiado para un hombre solo. La estrellita del pop del año ha sido, seguramente, Ariana Grande con su Dangerous Woman. Y si en años anteriores Miley Cyrus y Justin Bieber ya nos demostraron que nunca hay que despreciar a las estrellas del pop adolescente, este año fue Zayn el que nos dio Mind of mine, uno de los discos de pop más redondos del año. El más guapo de One Direction era el que tenía más talento.

Entre los favoritos de la crítica de este años nos encontramos con viejos conocidos como Bon Iver o Radiohead, mientras que lo nuevo de James Blake, The Last Shadow Puppets, M83 o Anohni fue algo ignorado en comparación con sus trabajos anteriores. También gustaron muchos los discos de la hermanísima Solange o Blonde, de Frank Ocean, que pueden terminar resultando más largos que un día sin pan. Sospecho que el paso del tiempo no les sentará nada bien. Creo, en cambio, que cualquier día Michael Kiwanuka se convertirá en una gran estrella. 2016 fue también el año en que vimos publicado, por fin, un nuevo disco de The Avalanches, quince años después de su debut. Un poco menos -11 años- les ha costado a los Rolling Stones publicar otro disco. Ellos siguen fieles al rock, ese estilo que cada vez vemos menos en las listas, al igual que Red Hot Chili Peppers, Metallica, Kings of Leon o Biffy Clyro.

Y como no, 2016 será el año que recordaremos por haberse llevado a George Michael, Leonard Cohen, Prince, Sharon Jones, Glenn Frey, Juan Gabriel, Manolo Tena, Black, Pete Burns… No olvidaremos como se despidió de todos nosotros David Bowie en Lazarus.

¿Y en España? El reguetón se ha convertido en el gran dominador del mercado de sencillos, con Maluma y J Balvin en cabeza. La sombra de La Voz es muy alargada en nuestra lista de ventas, mientras que en otoño nos dimos un baño de nostalgia y cobras recordando la primera edición de Operación Triunfo. Los 40 Principales nos sorprendieron al comenzar a pinchar a grupos como Love of Lesbian, Sidonie, Crystal Fighters o The XX, algo que tiene su lógica si tenemos en cuenta que no hay ciudad de España que no tenga su festival de música indie: hay ahí un enorme mercado por explotar. Volvimos a fracasar en Eurovision a pesar de llevar nuestra mejor propuesta en años y de que el Say Yay de Barei haya sido uno de los temas de esta edición más escuchados en Spotify. Y en 2017, nuevos discos de Lori Meyers, Los Planetas y La Casa Azul a la vista.

Seis versiones para descubrir a Bob Dylan

Hace unos días la Academia sueca vio que Twitter estaba aburrido y decidió conceder el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Evidentemente consiguió su propósito de animar el debate en redes sociales, además de fastidiar los planes de varias librerías que aspiraban a vender unos cuantos ejemplares de Murakami o cualquier otro escritos ganador. Ahora que otros temas reclaman nuestra atención, quizás sea un buen momento para revisar el legado musical de Dylan. Nadie puede discutirle a estas alturas su papel fundamental dentro del panorama musical del siglo XX, ni nadie puede restarle méritos a su trabajo como letrista (que es el que le hace pleno merecedor de un galardón literario). Sin embargo, ha habido más de uno que ha discutido sus capacidades como intérpete, calificando su voz de escasa, nasal y desagradable. Basta con escuchar Lay Lady Lay para comprobar que Bob Dylan tiene muchos más registros vocales de los que generalmente se piensa, pero también es cierto que algunos de sus temas son más conocidos en las voces -más convencionales para el gran público- de otros artistas.

-Peter, Paul & Mary: Blowing in the wind.

Blowing in the wind es una de las canciones más conocidas de Bob Dylan y uno de los grandes himnos de los movimientos sociales de los sesenta. Dylan la interpretó por primera vez en el neoyorquino Gerde’s Folk City del Greenwich Village el 16 de abril de 1962 y fue el sencillo con el que presentó al mundo su segundo disco, The Freewheelin’ Bob Dylan, editado en mayo del año siguiente. Sin embargo, quienes hicieron de la canción un éxito en listas fueron el trío folk Peter, Paul & Mary vendiendo un millón de copias en el verano del 63. Escuchando sus armonías vocales y sus lentas guitarras se entiende como el tema acabó convirtiéndose en ese tema de misas juveniles que todos hemos oído alguna vez: “saber que vendrás, saber que estarás…”

-The Byrds: Mr. Tambourine Man

En su disco de debut, The Byrds cantaban nada menos que cuatro versiones de temas de Bob Dylan entre las que destacaba la canción que da título al disco y que se colocó en lo más alto de las listas estadounidenses y británicas en 1965. Mr. Tambourine Man se convertía así en la primera canción compuesta por Dylan en conseguir un número uno: el original de Dylan, incluido en el disco Bringing It All Back Home, no fue editado como sencillo, pero otro de los temas de ese trabajo -con una cara rockera y otra folk- se convertiría en el primer tema de Dylan en aparecer en el Billboard: el honor corresponde a Subterranean Homesick Blues, que conseguiría alcanzar un puesto 39 (y por supuesto, inspirar el Subterranean Homesick Alien en el OK Computer de Radiohead). A Mr. Tambourine Man, versión de The Byrds, se le atribuye, por su parte, el haber puesto de moda el Folk Rock para el resto de la década.

Jimi Hendix: All Along the Watchtower

Con ecos del libro del profeta Isaías, All along the watchtower era uno de los temas más crípticos de John Wesley Harding, el octavo disco de Bob Dylan, editado en diciembre de 1967. Sin embargo, y hasta el propio Dylan está de acuerdo, la canción alcanzaría mayores dimensiones evocadoras cuando Jimi Hendrix la hizo suya en una poderosa versión editada en septiembre de 1968 y que es la definición por excelencia de lo que entendemos por Psicodelia.

Guns N’ Roses: Knockin’ on Heaven’s Door


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Incluida en la banda sonora del western crespuscular Pat Garrett y Billy The Kid de Sam Peckhinpah, película en la que Bob Dylan también participó como actor, Knockin’ on Heaven’s Door es seguramente uno de sus temas más sencillos, además de ser uno de los más versionados. Si en su versión original el tema sólo conseguía un puesto 12 en el Billboard en 1973, la versión de Guns n’ Roses conseguiría llegar al segundo puesto de la lista británica tras ser publicada como sencillo del Use Your Illusion II en mayo de 1992.

The Rolling Stones: Like a Rolling Stone

Like a Rolling Stone, publicada en julio de 1965, fue el primer gran éxito de Bob Dylan, el tema que marcó su paso de cantautor folk a estrella del rock e icono pop y que marcó a toda una generación de artistas, desde The Beatles a Bruce Springsteen. La revista Rolling Stone la puso en lo más alto de su lista de las 500 mejores canciones de la historia y, como no, los Rolling Stones también la cantaron. Fue en 1995 como sencillo de presentación de Stripped, un disco en directo que recogía versiones en directo y en formato acústico de algunos de sus clásicos como Angie o Street Fighting Man.

Adele: Make you feel my love

Editado en 1997, Time out of mind es considerado por muchos el disco con el que Bob Bylan volvió al primer plano musical y con el que recuperó la inspiración perdida. Desde luego, es un trabajo que regaló al mundo un nuevo clásico de su repertorio, versionado primero por Billy Joel, después por Garth Brooks y finalmente por Adele, quien ha terminado haciendo suyo este Make you feel my love. Lanzado como quinto sencillo de su disco de debut, 19, esta versión es una excelente muestra de la capacidad interpretativa de Adele y del poder que tiene su voz para emocionar sin tener que recurrir a la grandilocuencia. Convertido actualmente en uno de los momentos más intensos de sus conciertos en vivo, la versión grabada nos muestra a una Adele con una voz algo rasgada (aun fumaba por aquel entonces) y que parece mentira que apenas estuviera dejando atrás su adolescencia.

Adele en Verona: música entre las ruinas

Poco después de la publicación de 21, Adele se embarcó en una pequeña gira por Europa y Norteamérica. Cuando se anunciaron las fechas, la cantante iba a actuar en Madrid en la Sala Caracol, un recinto de pequeño aforo ideal para una artista cuyo disco de debut había pasado desapercibido por completo para el gran público español. Cuando semana a semana el disco se mantenía en el número uno del Reino Unido, sus ventas se empezaban a contar por millones y en España empezaban a sonar en la radio (primero en Radio 3, luego en el resto del dial) Rolling in the Deep y Someone like you, el concierto se trasladó a La Riviera. Ahí estuve yo, a pocos metros de la diva, y descubrí que un concierto de Adele es algo imprevisible, donde Adele se convierte en la dueña del escenario para hacer con él lo que quiera: entre canción y canción, sentada en una butaca negra mientras bebía ¿té? en un taza grande, nos contaba anécdotas de sus viajes adolescentes a España (es fácil imaginarse a Adele con 15 años como una guiri borracha más en Saloú) y las historias ocultas detrás de cada una de sus canciones. En resumen, aquel concierto podría haberse llamado perfectamente “Una noche de risas y música con Adele”.

Cinco años después, Adele es una gran estrella mundial, la única que vende discos como si viviera en los 90 y la piratería no existiera para ella. Verla en directo en un local de pequeño o mediano aforo se ha convertido en una utopía. De hecho, verla en directo es ya una misión complicada: su gira de este año es solamente la tercera de su carrera y en muchos países sólo actúa en una sola ciudad un par de noches. Era el caso de España, donde como sucede últimamente Madrid había sido relegada al olvido en favor de Barcelona. O el de Italia, donde sólo tendrían la suerte de verla en las ruinas del anfiteatro romano de Verona. Como el concierto era en fin de semana, ahí que nos fuimos, a turistear al norte de Italia.

Desafortunadamente, nadie puede detener la lluvia, ni siquiera Adele, y debido a las tormentas anunciadas desde casi dos semanas antes y que hicieron que los vendedores de ponchos de plástico se forraran, el concierto del día 29 fue más corto que el del día 28 y el resto de la gira. Los temas sacrificados -y por tanto, se puede concluir que Adele los considera los más prescindibles del repertorio de la gira (aviso a navegantes)- fueron I miss you, Don’t you remember, Sweetest Devotion, Chasing Pavements y All I ask. Lo de la lluvia es una teoría sin confirmar; la otra explicación es que, simplemente, Adele se enfadó con el público italiano. Al fin y al cabo, el concierto de esta noche ya ha pasado a la historia porque Adele pidió a una espectadora armada con trípode y cámara profesional que dejara de grabarla. Como a estas alturas todos lo habréis visto en Youtube, os subo una foto de mi móvil en el que se aprecía a Adele cubierta con el chubasquero con el que salió al escenario.

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“Sois el público más colorista que he tenido nunca”, dijo. Eso sí, no se puede decir que fuera el más animado que yo haya visto. A pesar de eso, de la lluvia y de los recortes en el repertorio, sí que puedo decir que fue un gran concierto. Al igual que en la Riviera, el resumen de la noche sería “Una noche de música y risas con Adele”. Ella canta como quiere y hace lo que le da la gana. Abrió con Hello, como era lógico, y cerró con Rolling in the Deep mientras los cañones de confetti derramaban sobre nosotros miles de papelitos escritos con frases de canciones de Adele. Yo conservo uno que pone “Hello” en mi cartera desde entonces. Sin embargo, los momentos más brillantes vocalmente fueron un Set fire to the rain espectacular, un Skyfall que sonó fabuloso gracias a las cuerdas impecables del equipo de músicos que acompaña a la cantante (quien confesó que la primera vez que le pidieron componer un tema Bond se negó aunque lo estaba deseando), y un Million Miles Away en versión acústica que sono paradójicamente íntimo y sencillo en un recinto tan imponente como la Arena de Verona. Aunque es difícil quedarse con un solo momento cuando también hay que hablar de como hizo que todo el mundo encendiera las linternas de sus móviles para llenar de luces las gradas durante Make you feel my love, ese singalong en el que se convierte Someone like you, la siempre energética Rumour has it o la emoción contenida durante Hometown Glory o When we were young, una canción destinada a ir creciendo con los años hasta convertirse en un clásico. Esperad a que Adele la cante cuando tenga 50 años.

Y entre canción y canción, Adele y sus monólogos (el acosador que dio origen a Send my love), Adele y sus juegos con el público (“¿Hay alguien aquí de Islandia? (gritos aislados en una grada) ¿Y de Nueva Zelandaaa? (gritos desde el fondo del recinto) NO WAAAY”), Adele subiendo a niños al escenario, Adele subiendo a un chico y su novio al escenario (algún silbido entre el público, esto es la muy católica y rancia Italia), Adele bromeando sobre su repertorio (“Si alguien esperaba canciones alegres, ahora llegan dos que lo parecen pero no lo son”), Adele siendo una diva sin hacer ningún esfuerzo por serlo (“No soy Beyoncé, pero yo también sudo”). En resumen, Adele siendo Adele y ganándose su sitio entre las más grandes, conquistando el mundo como una Barbra Straisand para el siglo XXI. Sólo le falta hacer cine.

RESUMEN MUSICAL ANUAL

Cuando yo era un adolescente que vivía pegado a unos auriculares no podía entender como mi madre recordara los nombres de grupos desconocidos de los sesenta y todo tipo de anécdotas de la música de aquel entonces y que, sin embargo, no fuera capaz de retener los títulos de los temas que le gustaban de los que escuchaba en aquel entonces por la radio ni quien las cantaba.

-Hijo, he escuchado una canción en la radio, algo en inglés sobre zombies o así. Lo canta una chica…
-Sí, Zombie, de The Cranberries, son irlandeses, blablabla…
-Ah, pues estos de los arándanos llegarán lejos, ya lo verás.

Han pasado los años y yo me precipito hacia la cuarentena de edad y me doy cuenta de que me he convertido en mi madre. Se me olvidan los nombres de los artistas, identifico a las canciones por el número de pista del CD y no por su título y a veces escucho canciones que me gustan y soy incapaz de recordar quien las canta. Ver el videoclip ayuda, eso sí. ¿Pero quién ve videoclips hoy en día? Eso sí, puedo hablar durante horas y horas de música de los noventa con todo tipo de detalles y anécdotas ilustrativas… Supongo que la parte del cerebro que lleva los temas musicales termina por saturarse y prefiere conservar las maravillosas melodías del pasado antes que sacrificarlas para incorporar los mediocres sonidos del presente. Porque ahí hay otro tema: cuanta más música escuchas, más consciente eres de que todo es un revival constante. ¿Otra vez el grunge? ¿Otra vez los cantautores con guitarra? ¿Otra vez estamos bailando música hecha con sintetizadores?

Entonces es cuando llega el momento de repasar musicalmente el año que se acaba de terminar y uno no sabe muy bien qué decir. Seguramente nunca se ha consumido tanta cantidad y variedad de música como ahora: Internet ha roto con la tiranía de las discográficas y la radiofórmula. Uno puede ser fan del K-Pop o el schlager sueco, enterarse al dedillo de cada uno de los lanzamientos de la industria chilena o vivir en un universo donde La Prohibida es una gran estrella que canta al baloncesto. Sin embargo, seguramente nunca la música ha tenido menos relevancia como fenómeno cultural, aglutinador de masas o revulsivo agitador. La música ya no sirve como bandera, ni como referente, ni como vehículo de denuncia social o testimonio de la transformación social.

Evidentemente, hay excepciones. 2015 será recordado por el año en que Adele publicó un nuevo disco y millones de personas lo compraron como si jamás hubiera existido la piratería. De hecho, hubo gente que compró el compacto para luego descubrir que no tenían un aparato que permitiera reproducirlo… Buzzfeed lo explicó perfectamente. En un mundo donde un disco que venda más de un millón de copias en todo el planeta ya es un éxito, Adele aspira a venderlos por decenas. ¿Y cómo lo consigue? A base de música, clasicismo, sentimientos y pop.

25, al igual que 21 y 19, consigue ser intemporal y auténtico, en un entorno donde casi todo el pop acaba surgiendo del ordenador sueco de Max Martin. Sí, incluso uno de los temas de Adele ha nacido de ahí… No es de extrañar que les resulte tan fácil ganar Eurovisión.

Al lado de las cifras de 25, el resto de discos que se vendieron en 2015 acaban pareciendo fracasos. Recordaremos como Justin Bieber resurgió de sus cenizas cuando nadie daba un duro por él y logró que todo el mundo escuche sus canciones, no sólo las adolescentes que siguen comprándose discos de One Direction, Auryn, Abraham Mateo, Gemeliers o el último ganador de La Voz Kids o Senior (de eso vive el mercado discográfico español, de quienes salen en el programa de Telecinco… y de los variados clones de Vetusta Morla que se reparten por los festivales de España). También fue el año en que se siguieron vendiendo muy bien varios discos publicados en 2014 como los de Ed Sheeran; el ganador del Grammy (¿y futuro ganador del Oscar?), Sam Smith; o la endiosada Taylor Swift, que cambió el country descafeinado por el ordenador sueco con millonarios resultados: ahora se atreve a declararle la guerra a Katy Perry, decirle a Apple Music lo que tiene que hacer, ligarse a Calvin Harris (Calvin, esa chica no te conviene) o ver como Ryan Adams versiona todo su 1989.

A la anciana Madonna le fue mejor de lo que parece con un disco demasiado largo. Desde luego, le fue mejor que a Janet Jackson, a Selena Gomez, a Ariana Grande, a Demi Lovato, a Kelly Clarkson, a Charli XCX o a Carly Rae Jepsen. Meghan Trainor, en cambio, se libró de la condena a ser una One Hit Wonder, aunque ya veremos qué pasa con su segundo disco. Ellie Goulding salvó los muebles gracias al éxito de Love me like you do. Por alguna extraña razón, Billboard nombró “mujer del año” a Lady Gaga cuando lo único que hizo fue cantar Sonrisas y Lágrimas en la entrega de los Oscars cual aspirante a triunfita armada con guantes de fregar. Britney sigue recluida en Las Vegas, Katy Perry se paseó por la Superbowl, Rihanna continúa grabando su próximo disco, Little Mix y Fifth Harmony sueñan con ser las próximas Sugababes, Lana del Rey siguió viviendo en su propio planeta al igual que Björk y Florence, Kylie grabó un disco de villancicos, Sia gritó para ocupar un espacio propio en este firmamento, Miley hizo lo que le dio la realísima gana y regaló al mundo un disco de psicodelia y así es como el planeta pop parece seguir estando dominado por mujeres un año más.

Mientras tanto, las pistas de baile de España siguieron dominadas por todo tipo de variantes de electrolatino, reguetón y similares, con La Gozadera como estandarte. También se puso de moda algo que llamaron Tropical House, aunque no suene nada tropical, y también se supone que Calvin Harris (lo repito: Calvin, esa chica no te conviene) abandonó su EDM tradicional, ese que aun cultiva David Guetta, para pasarse al Deep House en How Deep Is Your Love. En todo caso, resulta más eficaz llamarlo folkito fresquito y disfrutar de temas melancólicos para bailar gracias a Lost Frequencies.

The Chemical Brothers publicaron nuevo disco y les fue mejor que a Disclosure, Rudimenal o Avicii. Drake consiguió su primer éxito global con Hotline Bling, Kendrick Lamar es la apuesta para quitarle los Grammies a Taylor Swift, Bruno Mars y Mark Ronson vendieron millones a base de Uptown Funk, Adam Levine enseñó el culo en el videclip de This summer’s gonna hurt like a motherfucker, canción de Maroon 5 que debería haber sido un éxito y no lo fue al igual que el Ghost Town de Adam Lambert, todo The Desired Effect de Brandon Flowers o el Déjà Vu de Giorgio Moroder, que parecía que iba a ser uno de los grandes discos de 2015 y al que al final nadie le hizo el menor caso. Mika tampoco consiguió recuperar el éxito de antaño, pero nos da igual. Hozier y James Bay se disputan el título de ser el nuevo Gotye. Walk the moon podrán vivir el resto de sus días de las ventas de Shut up and dance with me, lo mismo que Years & Years con King. Mumford & Sons y Muse pueden presumir de tener fans fieles que les compran cualquier cosa donde su nombre salga en portada, mientras que Coldplay demuestran con cada nuevo disco que cada vez se toman a sí mismos menos en serio, la mejor manera de terminar convertidos en los nuevos U2. Y si quieres molar, di que te gustaron los discos de The Vaccines y Tame Impala. Porque molan.

Adele: 25

Adele dijo “Hola, soy yo” y el mundo se rindió a sus pies. 25, su tercer disco, ha pulverizado records de ventas como si fueran los 90 y Napster no hubiera existido nunca: más de tres millones de copias vendidas en su primera semana en Estados Unidos, un millón de copias despachadas en Reino Unido en diez días, número uno en medio planeta (o prácticamente en todo él, menos en Japón donde sólo ha conseguido debutar en el 13). Y es de suponer que las cifras irán en aumento durante las semanas siguientes. ¿Conseguirá superar los 30 millones vendidos por 21?

Adele 25

Y la pregunta que se hace todo el mundo es cómo lo consigue. ¿Por qué sus ventas se cuentan por millones cuando los demás artistas de su generación lo hacen por miles? Centenares de artículos intentan desvelar su secreto y hablan de su discreción en un tiempo en que las estrellas están presentes día y noche en medios y redes sociales. Adele sería a la vez una antidiva, una sencilla y transparente chica de barrio londinense que no se preocupa excesivamente por cultivar una imagen impactante, y una diva como las de antes, interesada en mantener su vida privada lejos de los focos. Pero, por supuesto, el secreto del éxito de Adele está en su música, en su voz, en la calidad de su producción.

Gran parte de lo que se dijo en su momento de 21 es válido para 25, a pesar de que en el fondo son discos bastante diferentes. Donde 21 era más oscuro y compacto, una actualización del soul y el R&B clásicos al siglo XXI, 25 es mucho más variado y hasta luminoso a pesar de mantener cierto tono melancólico en varios de sus cortes. Pero ambos son esencialmente discos donde el POP se escribe con mayúsculas: en unos tiempos donde la mayoría de las canciones pop parecen nacidas de un ordenador situado en Suecia y donde el Autotune convierte a los cantantes en autómatas de voces perfectas, Adele y su equipo de productores le devuelven al estilo su corazón, su organicidad y su sinceridad. 25 suena a verdad, a música nacida de las cuerdas de una guitarra o las teclas de un piano y cantada con gusto, es música que no necesita epatar, que no busca sorprender con juegos modernos o posmodernos, no juega a ser referencial sino que prefiere homenajear sin excusas a los grandes clásicos. A diferencia de miles de aspirantes, Adele no quiere ser la nueva Beyoncé o la nueva Madonna, ella prefiere seguir el camino marcado por las grandes de antaño, por Etta James, Ella Fitzgerald o Dusty Springfield. Todo esto es la fórmula que le permite convertir sus temas en clásicos instantáneos capaces de conectar con millones de oyentes: ella no ofrece nada rompedor, pero ofrece autenticidad en unos tiempos en los que la industria musical la ha perdido entre computadoras, estudios de mercado y selfies.

Por eso presentar 25 con Hello ha sido un gran acierto: una balada a la vez intimista y con coros épicos, una nueva y sencilla historia de desamor con la que millones de oyentes pueden identificarse, acompañada de un videoclip en flamante tonos sepia donde Adele utiliza un móvil obsoleto en una especie de burla de los vídeos repletos de publicidad encubierta que nos hemos acostumbrado a ver en los últimos tiempos. Pero 25 no es un disco hecho con el corazón roto, ni tampoco es un disco de maternidad a lo Ray of Light (aunque Adele ha confesado que el disco de Madonna le sirvió de inspiración durante los años de preparación de este trabajo). 25 es una reflexión sobre el paso del tiempo en baladas como When we were young, las referencias a las raíces de River Lea o, como no, las canciones dedicadas a su bebé como Remedy o Sweetest Devotion. 25 es también un homenaje a las grandes divas de los 70 a los 80: los ecos de Barbra Straisand, Carly Simon o Carole King están presentes en cortes como la épica All I Ask, la ochentera Water Under The Bridge o la emocionante Million Years Ago, con apenas más acompañamiento que una guitarra. Y 25 también tiene sitio para la experimentación, como Send My Love (To Your New Lover), la curiosa aportación del multimillonario Max Martin, el productor sueco detrás de casi todos los grandes éxitos del pop comercial de los últimos años, o la atmosférica (y sexual) I miss you, donde la percusión y los fondos electrónicos nos introducen en terrenos prácticamente inéditos en la trayectoria de Adele.

Se puede decir que no hay ninguna cantante actual que se parezca a Adele ni ningún disco actual que suene como 25. Sin embargo, 25 no es ajeno a su tiempo, ni tampoco es un prodigio que busca la innovación o lo alternativo: entre sus compositores y productores se encuentran algunos de los más destacados -y comerciales- nombres del panorama musical actual. Ahí están Bruno Mars y Danger Mouse; el ya mencionado Max Martin y el cantante de OneRepublic, Ryan Tedder; Ariel Rechtshaid y Tobias Jesso Jr; Linda Perry, Mark Ronson y Rick Nowels en los cortes adicionales de la edición especial del disco… Por eso, la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿por qué no hay más discos como 25? ¿Por qué Adele parece un brillante que brilla solo perdido en medio de un bazar de bisutería barata?

Lista UK: Adele bate records con Hello

Cuando ayer se publicó la lista de ventas británica, se confirmó lo que todos esperábamos: Adele se colocaba en el número uno con Hello con unas ventas combinadas de 333.000 copias. Lo más espectacular es la cifra correspondiente a las escuchas en streaming: más de siete millones de reproducciones en una semana, duplicando prácticamente el anterior record conseguido por Justin Bieber y What do you mean? En fin, no cabe duda de que Adele va a dominar el mercado musical con su 25 en los próximos meses… o años.

Adele ha arrollado al pobre Justin Bieber, el idolo pop adolescente que abandona programas y conciertos como una estrella de rock de los 70 y que está consiguiendo un éxito comercial que nadie habría pronosticado hace un par de años. Sorry debuta en el segundo puesto. El resto del Top 5 lo completan Hotline Bling, el último éxito de Drake; Writing’s on the wall, la decepcionante y anodina canción de Sam Smith para Spectre; y The Hills, de The Weeknd.

Demostrando su poderío, cuatro canciones de Adele reentran en la lista: Someone like you en el 74; Skyfall en el 83; Rolling in the Deep en el 91; y Set Fire To The Rain en el 94.

En la lista de discos, las cinco primeras posiciones están ocupadas por cinco novedades: el número uno es para Sounds Good Feels Good, de 5 Seconds of Summer; el segundo puesto para Get Up, de Bryan Adams: el tercero para Cinema, de Andrea Bocelli; el cuarto para Wisdom Laughter & Lines, de Paul Heaton y Jacqui Abbott, ambos de The Beautiful South; y The Hank Williams Songbook, de Daniel O’Donnell. Las Navidades ya están cerca.

El número uno de la semana pasada, el disco homónimo de Jamie Lawson (¿el Passenger de 2015?), baja en esta hasta el ocho. El resto de novedades de la semana se completa con Divers, de Joanna Newman, en el 10; Storyteller, de Carrie Underwood, en el 13; Pylon, de Killing Joke, en el 16; la BSO de Spectre, a a cargo de Thomas Hewman, en el 25; Angels & Ghosts, el segundo disco de colaboración entre Dave Gahan, de Depeche Mode, y Soulsavers, en el 27; Central Belters, de Mogwai, en el 40; Sun Leads Me On, de Half Moon Run, en el 46; el recopilatorio Solo: Songs and Collaborations 1982 – 2015, de Tracey Thorn, de Everything But The Girl, en el 53; Battle Scars, de Walter Trout, en el 54; Completely Under The Covers, la caja que reúne los tres discos de versiones que han publicado en los últimos años Matthew Sweet y la cantante de The Bangles, Susanna Hoffs, en el 72; Bays, de Fat Freddy’s Drop, en el 79; Year of the fanclub, de Ginger Wildheart, en el 95; y el recopilatorio Unfaithful Music & Soundtrack Album de Elvis Costello, en el 96.

Y por supuesto, Adele también aparece en la lista de discos más vendidos: 21 está en el 11 y 19 en el 31.