Spring Breakers

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La primera vez que vi el póster de Spring Breakers en el cine pensé que no era más que el anuncio de una comedia gamberra, aunque reconozco que me sorprendió ver en el reparto el nombre de Selena Gómez. No tanto el de Vanessa Hudgens, porque ella ya rompió con High School Musical interpretando a una de las chicas de Sucker Punch, y nada el de James Franco, porque el chico se apunta a cualquier cosa. Después me enteré de que el director de la película era Harmony Korine, guionista de Kids, esa película de Larry Clark sobre adolescentes que follaban y expandían el SIDA tan polémica en los noventa como olvidada actualmente, y director de películas como Gummo, donde retrataba el lado más oscuro de la América profunda. Pensé entonces que Spring Breakers sería una comedia tarantinesca al más puro estilo de cierto cine indie noventero en el que se mezclan referencias culturales pop con pistolas y violencia gratuita.

Resumen de la carrera de Korine en dos fotogramas
Resumen de la carrera de Korine en dos fotogramas

Pero me equivocaba. En Spring Breakers hay referencias culturales pop, armas y violencia, pero la película se acerca más a otros títulos postmodernos como Drive (no en vano, ambas comparten a Cliff Martinez como compositor de la banda sonora), donde una trama policial genérica es una mera excusa para hacer un ejercicio de estilo narrativo y el retrato de una serie de personajes… o más bien, de una serie de emociones y estados de ánimo. La historia de estas cuatro jovencitas que se van a pasar las vacaciones de primavera a Florida y que se ven envueltas en los turbios asuntos de un rapero-mafiosillo local es tan superficial como innecesaria para entender el verdadero sentido de Spring Breakers. Korine juega a mezclar las desenfrenadas y alcoholizadas fiestas en la playa con reflexiones religiosas y existenciales (“Creo que éste es el lugar más espiritual en el que he estado nunca”, dice el personaje de Selena Gomez), salpicadas con canciones de Britney Spears y Skrillex. Al fin y al cabo, tampoco está muy lejos de las películas de Sofia Coppola, donde el argumento es igualmente liviano y hasta inconexo con el fin de transmitir al espectador una determinada sensación. Spring Breakers es la historia de cuatro jóvenes que buscan algo que cambie sus vidas y que las haga mejores. Y poco importa como lo consigan. En este sentido, es muy de agradecer que Korine no haya optado por terminar su historia con una moraleja facilona. ¿Que el final puede resultar inverosímil o irreal? Al fin y al cabo, como dice el personaje de James Franco, “es como un sueño”.

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Pero en esta mezcla de lenguajes y referencias, lo onírico se mezcla con lo hiperrealista. Korine muestra los excesos del Spring Break de forma explícita y casi documental, con una abundante profusión de tetas, culos y jóvenes borrachos. Curiosamente, son estas escenas, rodadas en Florida durante la primavera del 2012, prácticamente las únicas que están rodadas a la luz del día. El resto de la película transcurre en habitaciones cerradas y ambientaciones nocturnas, donde luces de neón y ultravioletas construyen este mundo irreal, esa realidad casi narcótica en la que se sumergen Faith, Candy, Brit y Cotty gracias al excelente trabajo como director de fotografía de Benoît Debie. Son todos estos elementos los que hacen de Spring Breakers, sorprendentemente, uno de los primeros títulos destacados de este 2013 y una más que firme candidata a convertirse en una de las películas de culto de esta década. ¿Que quién de las cuatro chicas actúa mejor? Indudablemente, Vanessa Hudgens, capaz de transmitir sexualidad y perdición con una sola mirada.

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