ROLLERKID!

Después de un viernes que me llevó hasta un bar pijo de Velázquez rodeado de veinteañeros encorbatados y de un sábado de cama, tiendas y aros de cebolla, el domingo me enfrenté a un desafío que tenía pendiente desde hacía un par de décadas:

El patinaje.

Miguel y Rocío se compraron hace poco unos patines y nos dijeron que iban a ir al Retiro a seguir perfeccionando su estilo con sus amigos. Como Joserra tenía que estrenar los suyos y yo tenía ganas de saber si sería capaz de mantener el equilibrio sobre un patín de ruedas, nos sumamos al plan.

Hace veinte años o más, me apunté a clases de patinaje en el colegio, pero nunca conseguí deslizarme sobre los patines, simplemente arrastraba los pies, me caía cada dos metros y me echaba a llorar. Lógicamente, terminé dejándolo y resignándome a ser un chico torpe y miedoso que nunca sería capaz de doblegar a esas cuatro ruedas infernales que iban cada una por su lado, como si tuvieran voluntad propia y conspiraran contra mí.

Ya en los noventa, en una excursión parroquial a Vitoria, empecé a quitarme la espinita descubriendo el patinaje sobre hielo. A pesar del terror que me producía la idea de que alguien me cercenara los dedos de la mano con la cuchilla del patín, descubrí que mantener el equilibrio era mucho más fácil de lo que parecía, que si te caes no te haces daño y que las cuchillas no están tan afiladas como para cortar la carne humana. Desgraciadamente, las ocasiones para ir a patinar sobre hielo no abundan, así que cada vez que voy a la pista es como si tuviera que aprender todo de nuevo.

Con esta experiencia, confiaba en que el patinaje sobre ruedas no fuera muy diferente.

Miguel me dejó sus patines, me até bien los amarres y me puse en pie. Sentí el vertigo inicial que produce haber crecido diez centímetros de golpe y esa incertidumbre parecida a la que se siente cuando uno monta en una montaña rusa o el avión empieza a despegar. Un, dos, tres, conté. Y me impulsé con el patín derecho. Luego el izquierdo. Me dejo deslizar. Casi me caigo, pero no. Me doy más impulso. La ligera inclinación juega a mi favor, gano velocidad. Me entra el miedo y dejó de darme impulso. Inclino el cuerpo hacia un lado para darme la vuelta. Regreso al punto de partida. Me paro del modo menos ortodoxo posible: chocándome contra el bordillo del parterre. Pero he patinado. Otra prueba superada y otro ajuste de cuentas con el pasado que he resuelto.

Ahora tendré que comprarme mis propios patines.

16 thoughts on “ROLLERKID!”

  1. Jua! Así que al fin te gustó y todo, que casi te tienen que torturar para que te los quitaras…
    Son una gozada, yo de peque me pasaba las horas muertas con ellos, pero a mi edad y con mi estado físico de barriguez y desrodillamiento no sé yo…

  2. La única vez que yo patiné sobre hielo duré lo mismo que en mi primer intento con los esquíes, aproximadamente tres minutos, con resultado uniforme: inutilidad y contusiones.

    Si los karts se cuentan en tu To Do Pile, acepta mi consejo y descártalos. Doce euros por ocho minutos y cardenales in pectore et in alteribus locibus. No es plan.

  3. A mí, de momento, me gusta más sobre hielo, me parece que el deslizamiento es más fluido. Aunque, bueno, mi experiencia es casi nula.

    Ya he montado en karts un par de veces en mi vida y es divertido, aunque para cuando les ha pillado el tranquillo ya te obligan a bajar del coche. Es demasiado caro para el poco tiempo que te dejan.

  4. jeje…prueba más que superada, si parecías que habías nacido para patinar!!!! Yo aún sigo dolorida del golpe que me di en el hombro y es que me da que estos patines no están hechos para mi…bueno, el sábado o el domingo más patinaje…

  5. Mi ex me intentó enseñar a patinar hace algunos años. Conseguí mantener el equilibrio y avanzar. Eso sí, nunca conseguí aprender a frenar o cambiar de dirección.

    Y tengo mis patines muertos de risa….

  6. Rocio, gracias! Ya verás como en un par de días ya no te duele nada.

    Este artículo no es una alegoría de nada, claro que no! Fuera miedos y fuera perezas y todo el mundo a patinar! :-)

  7. los ajustes de cuentas con el pasado son harto importantes…
    necesarios… si no, la espinita clavada abre una herida periódicamente, igual cada lustro o cada década sólo molesta una vez, pero en el momento más inesperado…

    ánimo! :-)

  8. Jose Ignacio, sí, los patines tradicionales tienen “algo” que no tienen lo de en línea… pero me parece a mí que yo me defiendo mejor en estos.

    Barak, tienes toda la razón, las espinitas hay que ir sacándoselas.

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