Reykjavík línea 11: Knut tenía razón

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Islandia está de moda. Puede que la culpa sea de Björk, Sigur Ros y compañía, de los volcanes de nombre impronunciable que entran en erupción y colapsan el tráfico aéreo, o de la manera -un tanto mitificada- con la que han afrontado la crisis (ya sabéis, encarcelando a los banqueros y con una nueva constitución redactada por el pueblo). Sin embargo, aunque el país escandinavo siguiera siendo esa isla semiolvidada cerca del Ártico, Raúl Portero habría escrito igualmente Reykjavík línea 11, su tercer libro después de La vida que soñamos y La piel gruesa. Portero es un enamorado de Islandia y eso se nota en cada página de esta historia, que podría haberse convertido en la colección de postales turísticas de un forastero y que, sin embargo, consigue transmitir la sensación de haber sido escrita por un islandés, o por alguien que lleva Islandia dentro de sí. Tanto, que al terminar de leerlo, uno tiene la sensación de haber caminado realmente por las calles heladas de esa ciudad donde todos se conocen.

Reykjavík -sus bares, sus pequeños pisos, su frío invierno- es el escenario de un libro que comienza con un flechazo: el que siente el islandés Einar por Arnau, un español que ha decidido instalarse en la capital islandesa después de una depresión. Ambos se buscan y se encuentran, y a la vez que buscan al otro, terminan encontrándose a sí mismos. En cierta manera, su historia de amor -un amor contado con naturalidad y realismo, sin excesos apasionados- es la historia de como dos personas dejan atrás el lastre del pasado para vivir plenamente el presente. ¿El futuro? Ya se verá… Raúl Portero puede dar la sensación de dejar sus libros con finales demasiado abiertos o ambiguos, pero cuando uno descubre en sus páginas finales el significado de la frase “Knut tenía razón”, entiende que todo lo importante ya está más que dicho.

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