Relato soñado: el amor dura tres años

Sabiendo que el vuelo a Japón iba a durar unas quince horas, metí dos novelas cortas en mi equipaje. Una para la ida y otra para la vuelta: El amor dura tres años, de Frédéric Beigbeder; y Relato soñado, de Arthur Schnitzler.

El título me llamó la atención desde la primera vez que lo vi: El amor dura tres años. Es un buen título y quizás sea lo mejor de la novela: Beigbeder es publicista y saber cómo vender su producto. También parece un gilipollas integral, así que no sabes si la novela es autobiográfica o autoparódica, si el protagonista es un patético perdedor del que reirse con ganas o un admirable antihéroe que monta mujeres como si fueran avestruces y que cualquier macho beta debería tomar como envidiable modelo de conducta. Supongo que es lo que llaman prosa cipotuda. Sexo canalla, noches de fiesta, Paris la nuit, reflexiones filosóficas que brotan de borracheras continuadas… Nada nuevo que no hayamos leído ya: egoliteratura, sin más. Candance Bushnell en Sexo en Nueva York -la novela, no la serie- lo hizo mejor desde un punto de vista femenino. De Truman Capote no digo nada porque las comparaciones son odiosas y en este caso, más.

Relato soñado (en alemán, Traumnovelle) es una breve novela escrita en 1926 por el austriaco Arthur Schnitzler, un señor radicalmente moderno, autor de obras de teatro como La Ronda. Le gustaba hablar de sexo y deseo en unos tiempos donde no se hablaba publicamente de esas cosas. Bueno, en realidad ahora tampoco se habla de eso en voz alta aunque nos las demos de modernos… Es también la novela en la que se basa la última película de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut. Tenía curiosidad por saber cómo se las habría apañado el guionista Frederic Raphael para trasladar una historia ambientada en la decadente Viena de principios del siglo XX al Nueva York decadente de finales del siglo pasado. ¿La respuesta? Pues lo que hizo, prácticamente, fue un copiar y pegar: la película es extremadamente fiel a la novela, incluso en sus detalles más aparentemente modernos. La desnudez integral, las máscaras, los ofrecimientos sexuales, la tentación y el deseo, el poder de la fantasía sobre la realidad… Todo está ahí, contado en pocas y certeras palabras, tan evocadoras como entretenidas.

Una vez leídas ambas, mientras el avión sobrevolaba Rusia, pensé en lo misteriosas que resultan las mujeres para los hombres. Tanto Beigbeder como Schnitzler -aunque mucho más el modernuqui francés que el moderno austriaco- parecen incapaces de entenderlas en más de una ocasión, como quien se enfrenta a un enigma o a una esfinge. Siempre hay algo de extrañeza, de distancia en su relación con el otro sexo. Y muchas veces acaban hablando de “las mujeres” como una colectividad general en vez de concretar en una única mujer de carne y hueso (o de papel y tinta). Y me pregunté si quienes amamos a personas de nuestro mismo sexo tendremos esa ventaja sobre los heterosexuales: ¿cómo afirmar que uno no entiende a “los hombres” o a “las mujeres” cuando se es uno de ellos? Nos evitamos las generalizaciones sobre los otros para obsesionarnos con las particularidades de un único otro. Y con eso ya tenemos para decenas de historias.

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