REGANDO CON FARADAY, EL OCEANÓLOGO

Hasta ese momento, todo iba bien. Mis compañeros motoristas me habían sacado de apuros en las situaciones más complicadas del trayecto, pero ahora era mi turno. Estaba solo ante el peligro, rodeado de ojos curiosos y focos de colores. Empecé a sentir el calor. No encontraba un lugar donde fijar mi mirada. Pero, a pesar de todo, estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, quizás. Había conseguido una ligera ventaja sobre mi rival y esperaba poder demostrar que no había llegado hasta ahí por casualidad.

Comenzó la prueba definitiva. Los dos primeros obstáculos los superé sin problemas. Llegó el turno del otro jugador y éste empezó a vomitar respuestas. Su velocidad me descolocó y mi mente trató de acelerar su ritmo. Seguramente, éste fue mi primer error. El tercer y cuarto obstáculos los reservé para más adelante, pero el quinto ni siquiera lo llegué a comprender. En el sexto mi boca fue más veloz que mi cerebro y cometí un innecesario error. Mi rival ya comenzaba a sacarme una considerable ventaja, pero yo estaba decidido a pelear hasta el final. Sin embargo, empezaba a sentirme incómodo y una parte de mi mente, poco a poco, empezaba a evadirse del lugar. Confundí un obstáculo con otro y las respuestas dejaron de llegarme a la mente. Un despiste en un sufijo me costó un segundo error. Y al llegar al tercer fallo, mi rival estaba tan cerca de la meta que ya no podía superarle. Todo el tiempo que aun me quedaba era inútil. Me retiré con una sonrisa y un encogimiento de hombros, aunque por dentro me sentí muy decepcionando conmigo mismo. Sabía que la misión era casi imposible, pero me dio rabia no haber brillado tanto como hubiera podido.

Y dentro de unas semanas, lo podréis ver en vuestras pantallas de televisión.

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