Perdida

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Perdida (Gone Girl) es una película que tiene muchos niveles de lectura y más capas que una cebolla. De hecho, la percepción que se tiene de ella como espectador durante su primer visionado va cambiando conforme avanza la trama. Al principio uno cree que está viendo la crónica de la desintegración de un matrimonio mezclada con una trama criminal de misterio, un thriller de “falso culpable” o “falso inocente”, para después asistir a una crítica sobre la manipulación de la realidad por parte de los medios de comunicación y terminar contemplando un espectáculo casi de Grand Guiñol donde la fina línea entre la verosimilitud y lo histriónico termina difunimándose hasta desaparecer y convertirse casi en una comedia de humor negro. Perdida juega a muchas cosas, juega a ser una película de suspense a lo Hitchcock, a ser una metapelícula de suspense a lo Brian de Palma y a ser casi una parodia de cierto tipo de thriller sensual y tramposo que tan de moda estuvo entre los 80 y los 90, especialmente los nacidos de la pluma de Joe Eszterhas: Al filo de la sospecha, Atracción Fatal, Instinto Básico

Rosamund Pike Amy Dunne

No en vano la británica Rosamund Pike ha declarado que, para construir su personaje, se inspiró en el trabajo de Sharon Stone en esa película (hay un multitudinario interrogatorio que nos remite directamente a una famosa escena del clásico de Paul Verhoeven, aunque sin cruce de piernas en esta ocasión), así como en el de Nicole Kidman en Todo por un sueño. Pero también podemos rastrear en su retrato de Amy Dunne ecos de la Tippie Hedren de Marnie, la ladrona (una vez más, alguien se tiñe el pelo en un cuarto de baño público), de la Janet Leigh de Psicosis (la fugitiva, el motel de carretera, un coche, una tormenta) e incluso de la Catherine Deneuve de Belle de Jour (la hermosa pero glacial esposa perfecta que esconde un perverso secreto y arrastra a su poco espabilado marido a la perdición). Pike aguanta perfectamente la comparación con todos estos grandes nombres y firma una interpretación de las que marcan un antes y después en una carrera… o de las que la marcan para siempre. Lo que no cabe duda es que su personaje va a ser referenciado, imitado y parodiado en los meses y años venideros. Junto a ella a Ben Affleck no le cuesta ponerse en la piel de un hombre entre derrotado y bobalicón, que a veces resulta profundamente antipático y otras arrebatadoramente cautivador. Sí, David Fincher sabía bien que la ambivalente imagen pública de Affleck (protestamos cuando no le nominan al Oscar a mejor director por Argo y protestamos cuando le contratan para interpretar a Batman) le venía como anillo al dedo al personaje de Nick Dunne. Jugando al despiste como con todos los elementos de Perdida, Fincher ha completado el reparto con dos actores más conocidos por su registro cómico -Neil Patrick Harris y Tyler Perry- y un plantel de rostros curtidos en series de televisión como Carrie Coon (Nora Durst en The Leftovers), Kim Dickens (Lost, Friday Night Lights, Treme, Hijos de la Anarquía…) y secundarios como David Clennon, Lisa Banes, Patrick Fugit (el chico protagonista de Casi Famosos), Missi Pyle o una sofisticada Sela Ward, fabulosa en su papel de estrella de la televisión ¿basura?.

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Todo este juego de apariencias en el que nada es lo que parece va desde el propio argumento de la película hasta los elementos de su puesta en escena. Apoyándose en narradores poco fiables, situaciones, diálogos, iluminación y banda sonora -una vez más a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross- adquieren un toque de artificio sutil pero perceptible, a medio camino entre lo paródico y lo realista. Fincher deja que los delirantes excesos del guión, escrito por la autora de la novela superventas en la que se basa la película, se conviertan en una especie de enorme McGuffin para ir sembrando distintas reflexiones sobre el poder de la imagen externa y la construcción de la misma en el entorno social gracias a los medios de comunicación y la palabra de los demás, sugiriendo que estamos indefensos ante el poder de los mismos: la verdad termina ahogada por la narración continua de hechos e imágenes en que se ha convertido el siglo XXI. Pero, entre todos los niveles de lectura que tiene, Perdida puede verse como lo que parecía desde el principio: el retrato de un matrimonio en crisis, donde mentiras y manipulaciones forman parte de un juego donde el objetivo es convertir al otro en la persona que amamos y conservarlo para siempre a nuestro lado.

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