PAR AVION

Era un día de julio de 1983 cuando monté en mi primer avión. No recuerdo la fecha exacta, pero sí que las azafatas nos regalaron caramelos al despegar y al aterrizar. También recuerdo que las nubes, vistas de cerca, no tienen esa apariencia algodonosa que los dibujos animados habían hecho creer a mi mente infantil. El vuelo, desde Pamplona a Madrid, se me hizo muy corto. Poco rato después de aterrizar en la capital, monté en mi segundo avión: un aparato de Iberia con destino a Nueva York. Recuerdo que nos tocó sentarnos justo donde estaba la salida de emergencia, por lo que teníamos delante de nosotros un amplio espacio libre que mi hermano y yo convertimos en una zona de juegos. Previendo que el vuelo era largo y aburrido, mi madre había comprado varios juguetes que iba sacando de su mochila conforme sobrevolábamos el océano: puzzles de pocas piezas, algún libro…

Aquel verano del 83 monté en más aviones, uno con destino a Washington, otro con destino a Orlando… pero no conservo recuerdo de ellos. Sólo sé que existieron porque sí recuerdo haber estado en esos lugares. Me acuerdo, eso sí, de los aeropuertos, con sus eternos pasillos de cintas y escaleras automáticas y sus salas de espera donde las sillas tenían televisores individuales acoplados. Eso era futurismo de verdad y no el de “Ulises 31”. Cuando se terminaron las vacaciones, volvimos a España en otro vuelo de Iberia. Si recuerdo con qué compañía volamos es porque durante mucho tiempo hubo en el cajón de la cocina una cucharilla con su logotipo que alguno de nosotros se llevó como “souvenir”.

No volví a montar en avión hasta que repetimos el viaje a Nueva York en 1990. En aquella ocasión el aparato era de la PanAm. Mi madre pagó veinte dolares por tres auriculares que costaban doce. La azafata le dijo que no tardaría en traerle el cambio… y aun estamos esperando. Cuando la compañía quebró años después, nos regocijamos internamente. En aquel vuelo vimos la película “Mira quien habla”, todo un clásico. Aquel verano volamos otra vez a Orlando y cambiamos Washington por Cancún. En este último vuelo nos pusieron “Pretty Woman” con doblaje mexicano: en lugar de decir que Julia Roberts era una prostituta, decían que era una “callejera”. En el viaje de vuelta a España, por la noche, el avión iba vacío en su parte final y uno podía tumbarse a lo largo en las líneas de butacas para dormir mejor.

La siguiente vez que cogí un avión fue para el viaje de estudios del colegio. Fuimos a Mallorca en septiembre de 1993. Pero como toda aquella época la tengo sepultada en el olvido, no tengo ninguna anécdota relacionada con él. En cambio, recuerdo que el vuelo del viaje de estudios de la Universidad a Estambul estuvo lleno de risas. Volamos en una especie de autobús con alas de la compañía Onur Air (años después, la UE la puso en la lista de “compañías no recomendables”), nos sirvieron comida turca que nos causó ciertos reparos… pronto superados. ¡Viva el kebab! Por si fuera poco, antes de despegar del aeropuerto de Bilbao llamé a la ECAM y me confirmaron que había superado la primera prueba del examen de acceso. Mi felicidad era plena. Tan bien lo pasamos aquellos días que el vuelo de vuelta lo hicimos en estado semicomatoso.

Con la llegada del siglo XXI, volar dejó de ser una experiencia vital para convertirse en algo relativamente habitual. Eso sí, los aviones ya no han vuelto a ir vacíos casi nunca y la distancia entre butacas se ha ido reduciendo cada vez más. En el puente aéreo entre Madrid y Barcelona, que he podido coger un par de veces, apenas tienes espacio para abrir un periódico. Menos mal que ese vuelo consiste, básicamente, en subir al cielo y bajar. También he ido un par de veces en avión a Pamplona. Esos vuelos los he hecho de noche y he descubierto que es bonito -y hasta relajante- despegar y ver las luces de los pueblos, las ciudades y los coches desde el aire, como constelaciones artificiales. De comer ya no te dan casi nunca, sólo en vuelos transatlánticos en los que te dan a elegir pollo o pasta. Las dos opciones son incorrectas.

Es curioso como, mientras que antes montar en un avión era una divertida aventura, ahora volar se me hace pesado y aburrido. Da igual que te pongan decenas de películas o que entres cargado de revistas y libros que leer, las horas terminan haciéndose eternas. Sobre todo, cuando tus acompañantes son capaces de pasar el vuelo dormidos como troncos y no te dan conversación alguna. Incluso cuando dispones de pantalla individual en clase turista, algo que sólo he visto en Alitalia (que también estuvo al borde de la ruina, por cierto), volar es aburrido.

Además, conforme me hago mayor, volar me pone más nervioso. Supongo que todo viene de una vez que, al despegar, el aparato atravesó una bolsa de aire y cayó durante una breve fracción de segundo. Y cuando digo caer, me refiero a la sensación de caer por una cuesta, gritos y pánico incluidos. No es una experiencia que me apetezca repetir, así que las turbulencias hacen que se me acelere el pulso por mucho que intente pensar que son tan inofensivas como el traqueteo del tren. Al menos, ahora, podemos fantasear con la idea de que, si tenemos un accidente y el avión se rompe en el aire, con un poco de suerte caeremos en una isla misteriosa y correremos intrépidas aventuras rodeados de gente fascinante. O insoportable.

8 comentarios en “PAR AVION”

  1. mi primer viaje en avión fue a canarias y volamos con una compañía que se llamaba aviaco y que ya no existe…

    efectivamente, volar ya no mola. muchas veces por curro me toca coger más de dos aviones en el mismo día y es algo que he terminado por aborrecer, y eso que yo soy de los que me quedo frito instantáneamente…

    ahora soy más de tren, no sé por qué pero me resulta más romántico y cómodo, qué cosas, oyes…

    :D

    un besote, guapetón!

  2. Es verdad, se me había olvidado, el primer avión que cogí era de Aviaco, con su logotipo de color azul, :-)

    En el autobús aéreo de Onur Air fuimos tan a gusto. Yo tengo alguna fotillo por ahí, qué buenos recuerdos.

    Nils, tú has montado hasta en helicóptero!

  3. Yo he montado dos veces, una para ir a Mallorca y otra a Gran Canarias, bueno, cuatro, con sus respectivos resgresos, claro.

    Fíjate, a mí lo que me da agobio no es el avión en sí, me gusta la sensación de ir en ese aparato que se eleva no sé muy bien como, a mí lo que me da agobio está en tierra: los aeropuertos, las terminales, los embarques, los horarios, los trasbordos, los equipajes, la pérdida de maletas, los escudriñamientos de seguridad, etc etc …

    Qué pasó en aquella época escolar para que la borraras de tu mente???

    :-p
    Besicos!

  4. Mi primer avión fue un vuelo de madrugada Madrid-Tenerife con 12 años en unas vacaciones familiares muy curiosas. Mi recuerdo de ese vuelo fue el terrible dolor de oídos que me produjo el cambio de presión.

  5. A mí las colas para facturar me parece terriblemente pesadas, al igual que las del control de seguridad… Pero por otra parte, sí que me gusta pasear por la zona de tránsito, ver las tiendas, curiosear la prensa internacional, ver las pantallas con todos los vuelos…

    Di, yo años después me enteré de que te dan caramelos para evitar ese efecto. A algún amigo mío le han dado dolores de cabeza bastante fuertes…

  6. uff pues yo también volé a Mallorca en el 93, para mí era el primer vuelo, fue muy divertido, sobre todo para la azafata que no paraba de gritar y mi amigo Manolo de vomitar, claro…fue en Aireuropa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *