OKURIBITO

El pasado miércoles, un rato después de que entrara a trabajar, mi madre me llamó al móvil. Tuve que colgarle porque estaba atendiendo una llamada en el teléfono fijo. Ella insistió de nuevo y tuve que volver a colgarle. Cuando pude llamarla, estaba prácticamente seguro de lo que me iba a contar: mi abuela había fallecido pocas horas antes, de madrugada. Comenzó así el ritual de la despedida: organizar el viaje a Pamplona, avisar a dos o tres amigos cercanos, pensar en lo bien que me vendría tener un traje negro para estas ocasiones, conversar con mi madre para que me informara sobre los últimos días de mi abuela -enfermedad, dolor, morfina, la muerte como alivio agradecido-, momentos de emoción y lágrimas que nacen sin avisar.

El jueves por la mañana la familia se reunió en el tanatorio antes del entierro. Por la tarde fue el funeral. Me pidieron que escribiera algo en nombre de los nietos y esto fue lo que lei:

Hace dos años, mi abuela –la abuelita- cumplió noventa años.Toda la familia se reunió para celebrarlo junto a ella. Hubo una comida especial en San Sebastián, al borde del mar, hubo regalos y entre otras cosas, le preparamos un montaje con fotos y música que resumía lo que habían sido aquellas nueve décadas de vida, un montaje en el que participó toda la familia. Hoy, que estamos reunidos muchos más de los que estuvimos con ella en aquella ocasión, es un buen momento para recordar lo que aprendimos viendo aquellas imágenes.

Las primeras fotos nos recuperaban a la niña y a la joven que fue la abuelita, imágenes en blanco y negro que nos hablaban de un tiempo muy lejano y, seguramente, mucho más difícil. Después venían las primeras fotos con su marido, el abuelito, con sus hijas y con su hijo, imágenes de primeras comuniones y de paseos por el parque. Con la llegada de la fotografía en color, comenzaban las fotos con los nietos y la abuelita salía con todos ellos, de pequeños y de mayores. Y con las fotos digitales, llegaban las imágenes de los bisnietos que convirtieron a la abuelita en una orgullosa bisabuela. Orgullosa y protectora, recordemos como el pasado verano, durante las vacaciones en el Roncal, la abuelita se colocaba siempre cerca de donde se ponía su bisnieta más reciente, vigilándola y cuidándola.

Vistas una tras otra, uno se daba cuenta de lo larga y provechosa que puede ser una vida. La vida de mi abuela lo fue. Hubo momentos difíciles, pero también hubo muchos momentos de felicidad, que son los que al final permanecen. Creo que todos sus nietos recordaremos que la abuelita estuvo presente en muchas ocasiones importantes de nuestras vidas, pero seguramente la recordaremos también en aquellos momentos cotidianos que no parecían especiales y que, sin embargo, lo son. Quizás la recordaremos haciendo la cena de Navidad en su casa, o contando historias de su juventud en las grandes comidas familiares de la Fonda Tapia, o simplemente nos acordemos de aquella tarde en que nos vino a buscar a la salida del colegio y nos llevó a jugar a la plaza de los Fueros antes de llevarnos a casa. O cuando nos regañaba por hacer demasiado ruido jugando con un balón de plástico en el pasillo. Seguro que cada uno de nosotros tiene su pequeño gran recuerdo, su momento especial con la abuelita. Y seguro que son más de uno, de dos y de cien. Hoy es un buen día para celebrar todos esos recuerdos, todos esos momentos, todas esas cosas que nos enseñó y darle las gracias. Gracias, abuelita.

10 thoughts on “OKURIBITO”

  1. Como ya te he dicho en más de una ocasión, tienes una gran fuerza evocadora cuando escribes (a pesar de que en éste se te nota comedido) . Casi todo lo que dices de tu abuela se puede aplicar a la mía, y supongo que a la de todos, salvando los nombres y lugares concretos …
    A mí me hubiera gustado dedicarle algo así a mis dos abuelas.
    Con tu permiso me sumo al homenaje.
    Gracias y besicos!

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