Mineola, 1983

Como dice la canción, yo tengo una tía en América. Más en concreto, una hermana de mi madre que se casó con un americano al que conoció mientras estudiaba la carrera y, tras la graduación, acabó viviendo en Mineola, un pueblo de casas unifamiliares a pocos kilómetros de Nueva York. Sí, es el típico barrio que aparece en las películas y series estadounidenses, donde los niños van en bicicleta por las calles, se hacen barbacoas en los jardines de un verde impoluto, se lava el coche los domingos en el garaje y suceden cosas extrañas en los desvanes y sotanos. Bueno, yo lo único extraño que viví es que una noche el sótano se inundó con un par de palmos de agua negra, pero seguro que algún vecino tenía encerrado a su hijo gemelo siniestro en algún ático o hacía experimentos científicos ilegales en sus ratos libres. ¿Acaso no veis películas?

La primera vez que estuve ahí fue en verano de 1983 (eso sí que es la prehistoria). Mi madre nos agarró a mi hermano y a mí, uno de cada mano, nos montamos todos en un avión y acabamos en otro continente. O en otro mundo, porque eso es lo que parecía Mineola para un par de niños salidos de la Pamplona de entonces. ¡Decenas de canales de televisión! ¡Y en algunos sólo ponían dibujos animados a todas horas! ¡Y había miles de tipos distintos de galletas! ¡Y de helados! ¡Y no se entendía nada porque estaba en otro idioma, pero qué más daba! Ese veranos jugamos durante horas al comecocos, comimos caramelos con la cara de ET en el paquete y vimos dinosaurios en un museo. Una mañana nos metimos en los jardines de los vecinos para poner en marcha sus aspersores y después mi tía nos riñó, pero no mucho.

Sí, era como estar en una película. Ése es el efecto que me causa Estados Unidos cada vez que voy: todo resulta familiar aunque no lo hayas visto nunca en tu vida y a la vez causa cierta extrañeza porque todo es diferente a lo que tienes en casa, más grande, más colorido, más artificial. Como decía mi amigo Joserra, “aquí se alimentan de golosinas”. Yo siempre he creído que esa tendencia a hacer todo a lo grande, desde los rascacielos hasta los briks de leche y zumo por galones en vez de litros, es porque tienen mucho espacio que ocupar. Ahorrar es un concepto antiamericano, casi comunista.

Pero todo cambia con el tiempo. Diego y yo fuimos a Nueva York hace unas semanas. A diferencia de 1983, viajar a Estados Unidos ya no es viajar al futuro. De hecho, incluso parece que en ciertas cosas ellos se han quedado atascados en el pasado y Europa les ha llegado a adelantar. La globalización ha terminado por homogeneizar las sociedades occidentales, las calles del centro están llenas de franquicias idénticas en todos los puntos del globo, la gentrificación la inventaron en Manhattan y la perfeccionaron en Brooklyn, la Quinta Avenida parece estar en una leve y mugrienta decadencia y la Torre Trump cuenta con doble protección policial. No hay marcha en Nueva York, decían.

Lo que no cambia nunca es Mineola. Ahí siguen las casitas, los jardines, los árboles proyectando su sombra sobre las aceras, los garajes y los desvanes… Y el olor. La casa de mi tía sigue oliendo igual ahora que en 1983. Y entonces espero cruzarme en cualquier momento conmigo mismo a los seis años, saliendo del sotano corriendo con algún juguete en la mano.

Yo fui uno de los niños de Stranger Things

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *