Miley Cyrus, Bangerz Tour

A pesar de tretas promocionales de última hora (entradas de pista a precio reducido para los socios del Club Fnac, por ejemplo), Miley Cyrus no consiguió llenar el Palacio de los Deportes de Madrid. Se hacía extraño ver un espectáculo pensado evidentemente para grandes recintos sin aglomeraciones de gente entre el público. Seguramente no fue el día más exitoso para una gira que, sin embargo, ya ha conseguido dejar para la posteridad dos o tres imágenes icónicas, como esa reproducción a escala titánica de su recientemente fallecido perro Floyd o la imagen de la cantante sobrevolando sobre el público cabalgando sobre un perrito caliente. No sé qué pasará con el futuro con la carrera de Miley, pero está claro que 2013 fue su año y este Bangerz Tour no es más que el colofón que rubrica su conquista del mundo pop.

Hay algo que distingue a Miley de otras compañeras de generación y de profesión y es su capacidad para no tomarse a sí misma en serio, evitando así seguir el camino que ha llevado a otras como Lady Gaga a la perdición. Desde el comienzo del espectáculo, en el que un primer plano de su cara llena toda la pantalla y ella desciende al escenario por un tobogán con forma de lengua al son de ese imposible dueto con Britney Spears que es SMS (Bangerz), arranca una fiesta al estilo de la mostrada en el videoclip de We Can’t Stop donde golosinas, peluches y dibujos animados se mezclan con porros y sexualidad descarada. Miley Cyrus ejerció de anfitriona de un botellón donde los adolescentes juegan a ser mayores sin perder el descaro de su edad. Como dice la canción con la que se inauguró esta era: “es nuestra fiesta y hacemos lo que queremos”. Y aunque es evidente que todo está milimétricamente estudiado hasta el último detalle, el espectáculo transmite una continua sensación de frescura y desparpajo poco habitual en los conciertos de las grandes divas donde todo es sorprendente (y en ocasiones fríamente) perfecto.

Musicalmente, el grueso del concierto está centrado en el disco que da nombre a la gira, un ecléctico recorrido por las últimas tendencias de la música negra que en directo acaba contagiándose de unas raíces country de las que Miley Cyrus no parece avergonzarse en ningún momento. Sólo dos temas pertenecen a su repertorio anterior a Bangerz: Can’t be tamed y ese Party in the USA que sirve para cerrar el concierto con bailarinas disfrazadas de Monte Rushmore, un Abraham Lincoln que parece oriundo del Bronx, su bailarina enana vestida de Liberty Bell, su bailarina gigante de estatua de la libertad, confetti y fuegos artificiales. A pesar de los problemas de sonido del Palacio de Deportes, pudimos disfrutar de un concierto en el que Miley Cyrus quiere demostrar que, aparte de jugar a la provocación, ella es también una artista. De ahí esos momentos acústicos en los que su banda de músicos le roba el protagonismo en el escenario a los bailarines, ese FU en el que Cyrus se crece como intérprete despechada y vengativa, esos Adore You y Drive en los que da rienda suelta a sus capacidades vocales y la inclusión de versiones como el clásico de The Beatles, Lucy in the Sky with Diamonds, Summertime Sadness, de Lana del Rey y Jolene, uno de los himnos de su madrina, Dolly Parton. En estos momentos, Miley Cyrus hace lo que le apetece y, mientras siga por ese camino, nos tiene conquistados.

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