Mika: el cielo es un carnaval

Cinco años después, Mika volvía al Palacio de los Deportes -eso sí, en formato reducido, con unos telones negros cubriendo las gradas y parte de la pista- para presentar No place in heaven, su cuarto disco, un trabajo en el que Mika habla por primera vez abiertamente de su homosexualidad de una forma sincera, melancólica, pero también dinámica, optimista y madura. Seguramente sea su disco más redondo y equilibrado desde su colorista debut, Life in cartoon motion. Puede que el gran público lo haya olvidado y Grace Kelly se haya convertido ya en uno de esos temas que suenan nostálgicamente en M80, pero parece que a Mika ya no le preocupa tanto recuperar el éxito masivo porque al fin y al cabo tiene un grupo de seguidores entregado, fiel y suficientemente numeroso para llenar recintos del tamaño suficiente para desplegar todo su espectáculo.

Mika es, ante todo, un showman de voz privilegiada con un talento musical fuera de serie, una especie de Willy Wonka sin lado siniestro que nos invitó anoche a su propio cielo -ya que los que son como él, supuestamente, no tienen sitio en el cielo oficial-, un paraíso de luz y color a medio camino entre una feria y un cabaret, iluminado por un rótulo de bombillas titubeantes que nos dejaba claro donde estábamos: Heaven. Una caravana que se convertía en el paraíso, un globo terráqueo en formato bola de espejos gigante que de vez en cuando bajaba desde lo alto, y unas grandes puertas celestiales completaban la puesta en escena.

Ese universo juguetón con su pizca de ironía es en el que se mueven las canciones de Mika. Su pop de dibujos animados suena tan bien como siempre cuando toca repasar viejos temas de su repertorio como Grace Kelly, We Are Golden, The Origin of Love, Relax Take It Easy y joyas que deberían haber sido superéxitos como Rain o Love Today. Pero el repertorio de Mika va mucho más allá y tiene sitio para las baladas intimistas que consiguen que un recinto tan frío como el Palacio de los Deportes se conviertan en un rincón cálido y acogedor: brillaron especialmente la clásica Happy Ending, la muy emocionante Underwater u Ordinary Man, con la que cerró el concierto (y muy poco frecuente en los repertorios de esta gira). Todo gana en directo gracias a unos músicos excelentemente conjuntados y un Mika que sabe controlar e improvisar: incluso un corte tan mediocre como el sencillo en francés Boum Boum Boum, de unos aires latinos más cercanos a Julio Iglesias que a Julieta Venegas, sonó coherente dentro de ese carnaval musical, siendo coreado por un público que se sabía todas las canciones al dedillo.

Y es que la conexión entre Mika y su público es espectacular: ellos se encargan de repartirse soles de cartulina fabricados en casa para levantarlos cuando suena Staring at the sun y, por su parte, Mika se lanza a cantar una versión en español de Talk about you con una letra que le acaba de arrojar un espectador (“Todo lo que hago es hablar de ti” suena el estribillo) o sube al escenario a una chica que le ha lanzado un títere inspirado en él para bailar con ella Elle me dit. Son detalles así los que hacen que todos saliéramos del recinto mucho más felices. Al fin y al cabo, “If it’s the end of the world let’s party”.

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