Marienbad o las galerías del sueño

El 1 de marzo de 2014 moría el director francés Alain Resnais, autor de una película fundamental para la historia del cine: El año pasado en Marienbad.

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“…O de losas de piedra, por las que yo pisaba una vez más, y por eso pasillos, y a través de esos salones, de esas galerías, de esa construcción de otro siglo, de ese hotel inmenso, lujoso, barroco, lúgubre, donde pasillos interminables suceden a pasillos silenciosos, desiertos, recargados con una decoración oscura y fría de maderas, estuco, paneles con molduras, mármoles, espejos negros, cuadros de tonos negros, columnas, marcos labrados de puertas, hileras de puertas, de galerías, de pasillos transversales que van a dar también a salones desiertos, salones recargados con una ornamentación de otro siglo…”

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Así comienza, con esta voz masculina repetitiva y monótona, un proceso de hipnosis fílmica para penetrar en los pasillos y salones barrocos de Marienbad, Friedrichbad u otro lugar cuyo nombre nunca conoceremos. Entramos en un mundo de arquitectura imposible, un espacio de suelos de mármol, enormes salones y jardines sin flores que se convierte en el gran protagonista de la pantalla. Este hotel barroco, este edificio de otro siglo, llena los fotogramas de una manera no muy distinta a las mansiones arquetípicas del terror gótico y romántico. El año pasado en Marienbad no es una historia de terror como The Haunting, ni un melodrama como Rebeca, películas ambas donde una casa se erige en elemento fundamental de la trama, pero bien podría ser un cuento de fantasmas o una historia de amor. Los habitantes de este espacio, hombres y mujeres elegantemente vestidos, maniquíes eternamente preparados para una fiesta de gala, hieráticos como estatuas vivientes, no están muy lejos de ser espíritus sin memoria, espectros de luz y sombra proyectados a veinticuatro fotogramas por segundo.

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Un hombre y una mujer son los grandes protagonistas de la película, escogidos quizás por azar de entre todos sus habitantes. Las narraciones flotan en el ambiente, pero por alguna razón la cámara se queda con ambos. Él cuenta una historia que ella no recuerda, una historia de amor y pasión transcurrida en ese mismo lugar el año pasado. Una historia que él vuelve a representar una y otra vez para que ella vuelva a ser Ella. ¿O es todo un invento, un artificio? Quizás el problema no está tanto en lo qué pasó, sino en cuando sucedió. Quizás en este espacio onírico no existe el tiempo, así que el año pasado es el año próximo. O todos los años son el año pasado. O todo sucede en el ahora, con la lógica de los sueños y las pesadillas. Todo lo que hacen sus personajes sería una eterna repetición de un recuerdo fingido. Sólo hay una evidencia física de la historia que él narra: una fotografía de ella, una imagen congelada en el tiempo que él le entrega en una de sus primeras citas. Pero más tarde, ella, sola en su habitación, descubrirá en un cajón de su habitación decenas de fotos similares. ¿Una foto por cada historia? ¿Cuántas veces se ha repetido esta ceremonia? ¿Cuántas veces él ha intentado que ella recuerde y que ambos huyan de este lugar de otro tiempo, de ese hotel inmenso, lujoso, barroco, lúgubre…? ¿Será esta ocasión la definitiva? Pero en realidad, cada vez que volvemos a ver la película, cada vez que se inicia la proyección, los personajes siguen atrapados en el mismo lugar. Ninguna ficción puede escapar a su creación. Él, ella y todos los habitantes de El año pasado en Marienbad están condenados a repetirse para la eternidad.

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Como contemplar un cuadro surrealista de infinitos detalles, cada visionado de El año pasado en Marienbad sirve para descubrir un nuevo plano, un nuevo rincón, un nuevo recoveco de la narración y la forma. En esos jardines de horizontes infinitos, evocadores de los cuadros surrealistas y metafísicos de Chirico, sólo los seres humanos proyectan alargadas sombras en el suelo.

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Hay algo de magia en estas imágenes. Todo parece indicar que hay una respuesta al enigma, pensamos que Resnais nos ha propuesto un acertijo que debemos descifrar. Al fin y al cabo, esperamos que el cine nos cuente historias, pero a veces confundimos las historias con los argumentos, con lo puramente anecdótico, con lo superficial. En Marienbad, un hombre delgado, quizás el marido de ella, o quizás otro contador de una historia diferente, plantea a los demás un juego, un truco donde él siempre gana. Independientemente de quien empiece, el resultado siempre será el mismo. Es el hombre que tiene respuestas para todo, el que corta las alas a la evocación, el que se encarga de dar los datos fastidiosos sobre la verdadera identidad de las estatuas sobre las que los amantes han estado especulando en el jardín. Y en este mundo onírico de pasillos y jardines preferimos que todo permanezca en la ambigüedad, no queremos que la verdad estropee esta fantasía.

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Estrenada en 1961, El año pasado en Marienbad es considerada una de las películas fundamentales de la Nouvelle Vague, un título rupturista e innovador radicalmente diferente a los planteamientos narrativos y estéticos del llamado cine clásico. Más de cinco décadas después, acostumbrados a los videoclips, la publicidad y a todo el cine moderno que ha habido desde entonces, la obra de Alain Resnais nos puede resultar más cercana y en cierta manera más comprensible que para quienes la vieron a principios de los sesenta. Lo que permanece inalterable es la belleza de sus imágenes y el componente evocador de una historia que, en resumen, trata sobre la capacidad que tienen las narraciones de hacernos despertar a la vida.

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