LOVE, ACTUALLY

Me gusta volar de noche. Miro por la ventanilla cuando el aparato despega y la ciudad se convierte en un entramado de luces. El jueves pasado, conseguí distinguir en el paisaje urbano las cuatro torres de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid, tan grandes a ras de suelo, tan pequeñas desde el cielo. Alcanzada cierta altura, pueblos y urbanizaciones parecen brillantes circuitos de chips incrustados en la oscuridad. O células bioluminiscentes observadas al microscopio. Es un paisaje irreal que me gusta mirar. Me relaja y hace que el vuelo se me haga más corto.

Aterricé poco después en el aeropuerto de Gattwick. Esta vez no había facturado ninguna maleta, así que me fui directamente a la salida, en dirección a la parada de tren. Había quedado con Diego en la estación de Victoria, pero al atravesar la puerta lo vi esperándome en el vestíbulo del aeropuerto, apoyado en la barandilla, sonriendo, tan guapo como siempre. O incluso puede que más. De repente, fue como si el mes de separación desapareciera, los malos momentos se disolvieron en el aire y sentí como si hubiera sido el día anterior el último en el que le hubiera visto. Quizás por eso no hubo carreras emocionadas por la terminal, ni empezó a sonar alguna canción almibarada. Simplemente me acerqué a él y le besé. Y después le volví a besar.

Todo volvía a estar en su sitio.

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