LONDON. Capítulo IV.

Ya era domingo. Diego estaba triste y yo estaba preocupado. Yo estaba triste y Diego estaba preocupado. Él desayunó poco y volvió a sentarse delante del ordenador a seguir buscando anuncios y apuntando teléfonos. Yo terminé de hacer las maletas y dejé la más pesada en la consigna del hostal. Llamé a mi amiga Virginia, residente en Londres desde hace más de un año, para vernos esa mañana y preguntarle si podía guardar en su casa un par de maletas y fardos de Diego por unos pocos días. Vir nos dijo que sí y fuimos a su casa, en el bonito barrio de Kilburn.

Viendo el estado desolado en el que veníamos, Vir se comportó como una buena amiga y nos llevó al lugar adecuado para hacer terapia: una cafetería situada en una callejuela de casitas de ladrillo que parecía más propia de un pueblo de la campiña inglesa que de la capital del país. Sentados en la terraza, mientras tomábamos café, deliciosos cupcakes de chocolate y suculentos bizcochos, Vir nos contaba sus experiencias personales sobre la búsqueda de pisos en Londres, aparte de contarnos casi en primicia que se iba a casar ese mismo viernes. Su novio y ella lo habían decidido apenas un mes antes, fueron al juzgado, pidieron fecha, hicieron el papeleo y avisaron a los padres para que se pasaran por Londres ese día. Más o menos como en las Vegas, pero sin disfraces.

Poco a poco, Diego se iba animando. Nunca hay que subestimar el poder de una magdalena. Dimos una vuelta por el barrio, pasando por el mercado de verduras, frutas y productos de las granjas de los alrededores (Famrville in real life!) y terminando el paseo en el cementerio local. Sí, en Londres los cementerios se usan como parques donde la gente pasea o se va a hacer picnic junto a la tumba de la bisabuela. Comimos deliciosas viandas con Vir y su futuro marido Pablo y nos volvimos al hostal, a recoger la maleta pesada e ir al nuevo hostal donde Diego se quedaría, ya solo, unos días más.

Se acercaba la hora en la que salía mi avión. Había encontrado un vuelo barato de la British que salía del London City Airport, un miniaeropuerto situado junto al Tamesis. Llegamos con bastante antelación a la terminal y nos tomamos un café. Aun quedaba tiempo para mi vuelo, así que salimos al exterior. Sentados en un banco, pegados el uno al otro, vimos despegar dos o tres aviones. Yo sentía una mezcla de nervios y tristeza. Ya era la hora de separarse. Él me acompañó hasta la puerta de embarque y nos besamos varias veces. Después le enseñé mi tarjeta de embarque a la policía y me separé de Diego. Antes de entrar le miré una vez más, llevándome la mano al corazón.

Desde la ventanilla del avión, vi al despegar el puente de la Torre de Londres sobre el Tamesis. Sin lotería y sin compañía, el vuelo se me hizo largo y aburrido.

Ya era medianoche cuando entré en mi piso madrileño. Flauta maulló para darme la bienvenida. Volvía a estar en casa, pero una parte de mí seguía en Londres.

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