LET IT SNOW!

Hace una semana estaba actualizando cada cinco minutos la web del aeropuerto de Gatwick, suplicando al cielo y a la Reina de las Nieves que abandonaran su claro propósito de convertir Londres en un cubito de hielo y nieve. A última hora de la tarde, publicaron el siguiente aviso:

‎”Despite the forecast of continuing severe weather conditions in and around Gatwick we are determined to be ready to safely open the airport at 06:00 on Friday 3 December”.

Respiré aliviado. Me pasé por la inauguración de la exposición de fotos niponas de JL, saludé a algunos de mis blogueros favoritos y me fui a acostar. Cuando sonó el despertador, a una hora en la que aun no han puesto las aceras, lo primero que hice fue conectarme a Internet. Gatwick estaba abierto y mi vuelo figuraba en la lista de aviones que aterrizarían en la isla esa mañana. Feliz y somnoliento, me fui a Barajas. Desayuné un café y un cruasán a precio de aeropuerto y me puse en la cola de la puerta de embarque. La azafata de RyanAir tenía ganas de hacer caja y se paseó por toda la fila comprobando que nuestras maletas cumplían las normas relativas a los límites de peso y tamaño. Cuando ya parecía que la puerta se iba a abrir, una voz en off (volar en avión es estar sometido a las normas de un narrador extradiegético) anunció que habría un retraso de dos horas. Drama. La Reina de las Nieves aun no estaba derrotada.

Como soy previsor, me había traido un libro para pasar el rato en el aeropuerto: “Chesil Beach”, de Ian McEwen. Entre la ida y la vuelta me lo terminé. Muy recomendable. En el viaje de regreso el desenlace de la historia estuvo a punto de hacerme llorar. Pero no adelantemos acontecimientos. Fin del flashforward.

Dos horas después, volvía a estar en la cola. Esta vez sí, las puertas se abrieron y entramos en el avión de plástico azul y amarillo. Aun tardamos un rato en despegar, pero al final levantamos el vuelo. El piloto nos confesó que Gatwick abría y cerraba intermitentemente, pero que en caso de que estuviera cerrado, aterrizaríamos en Stansted. Asomado por la ventana, vi que nada más alejarnos de Madrid todo estaba cubierto de blanco con algunas manchas negras en forma de árboles, montañas, ríos o lagos. España convertida en un inmenso helado de straciatella. Antes de que llegáramos al límite con el mar, me sumergí en una profunda siesta que sólo se vería interrumpida, un rato después, por el siguiente aviso:

-Señores pasajeros, les recordamos que está terminantemente prohibido fumar durante este vuelo. Estamos introduciendo oxígeno en la cabina.

Oxígeno en la cabina! Abrí los ojos sobresaltado, esperando ver colgar delante de mi cabeza las mascarillas de oxígeno que siempre mencionan en las recomendaciones de seguridad. Por fin iba a descubrir cómo se consigue “respirar con normalidad” cuando sospechas que te quedan pocos minutos de vida. Afortunadamente para mí y la inmensa mayoría del pasaje, se trataba “sólo” de un pasajero que se había puesto enfermo y al que una azafata le estaba insuflando oxígeno con una bombona de aire portátil. Por un momento pensé que quizás tendríamos que hacer un aterrizaje de emergencia en Francia… pero no, un rato después atravesamos un mar de nubes grises para aterrizar en Stansted y un equipo médico subió al avión para atender al pasajero y sacarle del aparato en camilla. Por supuesto, durante el vuelo se suspendió el tradicional mercadillo aéreo de Ryan Air. Podrán contarse mil historias de la aerolínea lowcost, pero ese viernes se merecieron un sobresaliente.

Stansted es un aeropuerto pequeño, pero también tiene tren directo a Londres. Al salir de la terminal para ir al anden, sentí frío. Mucho frío. Un frío que te helaba los huesos. Cuando bajé del expreso en la estación de la calle Liverpool, seguía haciendo frío. La Reina de las Nieves no me había impedido llegar a la capital de la pérfida Albión, pero estaba claro que la había convertido en su palacio de corrientes de hielo. Protegido por mis guantes y mi bufanda de colores, arrastré mi maleta hasta la puerta de la Escuela de Farmacia. Diego salió del edificio, me besó y acto seguido, dijo:

-¿Por qué has venido con esos zapatos tan horribles? ¿Y ese gorro con agujeros?
-Es todo culpa tuya, que me dejas solo en España y ya no sé ni cómo vestirme ni tengo criterio alguno…

Al llegar a su casa, ya sin zapatos ni gorro agujereado, me enteré de todo el lío montado por los controladores esa misma tarde, el cierre del espacio aéreo español y la proclamación del estado de alarma. Tumbado en la cama, pensé en que habitualmente me considero un chico con buena suerte, pero que haber conseguido llegar aquel viernes a Londres para sestear junto a Diego había sido un claro favor de la Diosa Fortuna.

9 thoughts on “LET IT SNOW!”

  1. Sestear??? Ahora se le llama así???
    :-p

    Y qué chulo lo de “España convertida en una helado de stracciatella”, eres un poeta! Me encanta!

    Y qué chulo el reencuentro … y bueno ya sabes, qué envidia todo :-p

    Besicos!

  2. no digo yo que no tendrás momentos de pasarlo regulero con esto de las ausencias y tal, pero no sabes cómo disfruto con estas crónicas tuyas de viajes londinenses. me ponen blandito y me hacen sonreir.

    muchas gracias!

  3. Mocho, ¿y qué ha pasado con los billetes? ¿Os devuelve el dinero la compañía aérea? ¿Se hace cargo AENA?

    Cuando volví el 8 de diciembre, el avión de Ryan Air iba semivacío, eso me hizo pensar que mucha gente no pudo ir a Londres… y por tanto no pudo volver, ya que lo lógico es que el avión estuviera lleno.

    Y sí, he de reconocer que fue el Día Más Afortunado Del Año. :-)

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