Lana del Rey: Honeymoon

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Tenemos una nueva cita, Lana, y esta vez me propones que nos vayamos de luna de miel. A priori, es un promesa más atractiva que la ultraviolencia discriminada, incluso más si me la haces abandonando el blanco y negro para envolverla en fotos llenas de color y quemadas por el sol, autobuses turísticos, palmeras, balcones, flores, California en estado puro. Pero no me engañas fácilmente, Lana, ya nos vamos conociendo desde hace tres discos y medio paraíso. Como nos enseñó Todd Haynes en Lejos del Cielo, debajo de los luminosos y cálidos fotogramas del melodrama de los felices años 50 se esconde una ciénaga de oscuridad.

Y así, abres el disco con unos violines casi sublimes que encajarían perfectamente en un remake de Vértigo, para decirlo claramente, casi a capella: “We both know that it’s not fashionable to love me. But you don’t go ’cause truly there’s nobody for you but me”. Puede que no este de moda amarte, pero tú sabes que has conquistado a unos seguidores fieles capaces de comprar tu disco el mismo día que sale a la venta. Escuché a un locutor en la radio decir que Lana del Rey es un género en sí mismo y seguramente tenga razón: has creado tu paraíso artificial, cinematográfico y decadente y ahí da igual cuáles sean los sonidos de moda, no existen para ti.

Has construido tu personaje y eres fiel al mismo. Eres esa mujer que pasea lánguidamente por su mansión pero que es capaz de derribar un helicóptero de un disparo. Sigues cantando a los hombres malos poseídos por el espíritu de James Dean, pero no dudas en cambiar a Salvatore por un suave helado italiano. Tu luna de miel es una excusa para reposar al sol de esa mítica California de flamencos rosas donde bailar juntos rock a cámara lenta. Todo transcurre de forma perezosa, música para ver pasar a los chicos guapos y colocarse en la playa. Al fin y al cabo, la música es el mejor remedio para el desamor: encender la radio para que el jazz cure la tristeza del blues, citar a David Bowie y su Space Oddity o a Bob Dylan y su Lay Lady Lay, utilizar a Billie Holliday para superar el día más negro en un tema que me hace recordar a la Amy Winehouse de Back to Black. No puedo evitar en qué pasaría si trabajaras de una vez con Mark Ronson, aunque reconozco que haber elegido al veterano Rick Nowels es todo un acierto para crear esa atmósfera hipnótica que impregna todo este disco donde tu voz es la gran protagonista. Y ahora confiesa, ¿24 era una propuesta para sonar en una película de James Bond? ¿Swan Song y Religion, descartes de Born to Die? ¿Eres consciente de lo cansina que es God Knows I Try? ¿Y de lo genial que es definir a alguien como Art Deco? En fin, como dices al final del disco, en esa versión del Don’t le me be misunderstood que tantos artistas han cantado, sólo eres un alma con buenas intenciones. Y en este disco, hay que reconocerlo, las buenas intenciones han dado buenos resultados.

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