La trampa de la sonrisa

Una de mis primeras experiencias laborales, cuando aun era un joven y tierno estudiante de la ECAM, fue trabajar por las tardes como comercial del Burger King. Tenía que ir piso a piso, chalet a chalet, por calles perdidas de Aravaca y Las Rozas para ofrecerles a la gente la tarjeta vip del Burger King, una estupenda oferta de 30 2×1 en menú Big King y demás comida basura. Entre los múltiples trucos de comercial que aprendí aquellos meses, uno de los principales era la sonrisa: hay que sonreír al cliente para ganarte su confianza, relajarle y hacerle partícipe de la fiesta que es tu oferta. Eso vale para todo: enciclopedias, suscripciones al Círculo de Lectores y contratos de Gas Natural. Así que ahí iba yo, hecho un aterrorizado manojo de nervios, pero siempre sonriente.

Con el tiempo me he dado cuenta de que esa sonrisa falsa se ha convertido en la máscara bajo la que me oculto cuando estoy nervioso, tenso o no sé cómo reaccionar. A veces surge en los momentos más inoportunos, como cuando alguien llora tras una película o cuenta una historia dramática. “¿Te estás riendo, Antonio?”, me preguntó Diego en una de estas ocasiones. Y yo tuve que decir que no y aprender a relajar el rostro en esas situaciones. Toda manía se puede desaprender con esfuerzo. Y esto vale también para los castings.

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