LA MUDANZA MÁS LENTA DEL MUNDO

Hace un par de domingos, mi madre, mi hermano y mi cuñada conocieron la casa de Diego y mi futura -casi presente- residencia. Yo hice una merienda con chocolate y bizcocho y ellos dieron el visto bueno a mi traslado. El perro, el gato, los ratones y yo lo celebramos con alborozo. Y Diego, también, claro.

Aunque, en realidad, llevo trasladándome a esa casa desde hace semanas. Cada día que voy dejo algún trasto útil o inútil en su -nuestra- habitación: un par de libros, una decena de camisetas, un despertador, un termómetro, un montón de calcetines, mi Nintendo DSI XL… La pasada semana fuimos a Ikea a por una estantería Expedit 2×2 para que pueda poner mis discos, mi aparato de música y otros cuantos cacharros más. Otros no llegarán a viajar a la sierra. Una mudanza es una buena oportunidad para tirar a la basura todas esas cosas absurdas que acumulamos en casa.

Y con esto ya tengo entretenimiento hasta mediados de febrero.

6 comentarios en “LA MUDANZA MÁS LENTA DEL MUNDO”

  1. No a la arqueología sentimental.
    Da pena tirar esa caja de cartón llena de papelotes que alguna vez significaron algo pero que, en definitiva, hacía por lo menos cinco años que ni abríamos.
    Una mudanza es una catarsisssss.

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