LA MENTE EN TWEETS

Internet nos ha convertido en una sociedad donde todos estamos sumergidos en una permanente conversación. Hablamos por el móvil, hablamos por tweets, hablamos por estados de facebook, hablamos por sms y whatsapps, hablamos por comentarios en blogs, hablamos por noticias que compartimos en Meneame, nos pasamos el día “hablando”. Las redes sociales son como una inmersa conversación de bar donde cabe todo y cabemos todos. Y sin habernos dado cuenta, todo ha cambiado con ellas.

Hace veinte o quince años, las conversaciones de bar se quedaban en el bar, entre cañas y cigarrillos. Y además, había temas de los que no se podía hablar, opiniones que si se expresaban en voz alta no eran tomadas en serio y asuntos que a nadie parecían interesar. Internet lo revolucionó todo: el aficionado a aquel cantante minoritario/tebeo de culto/director desconocido/música de Islandia/festivales de Eurovisión/fetiche sexual incofensable pudo encontrar a otros aficionados como él y sentirse un poco menos solo en el mundo. En nuestros días hay que ser muy raro para ser un bicho raro en la red de redes.

Y esto pasa también con las ideas. Lo que se llama opinión pública es mucho más pública que antes. Al fin y al cabo, antes la opinión pública era, más bien, opinión publicada. Sólo existía si llegaba a los medios de comunicación. Si estos no se hacían eco de un pensamiento, de una tendencia, de una idea, era como si en la práctica estos no existieran. Ahora no, ahora uno puede opinar de lo que quiera y, de repente, terminar convertido en Trending Topic. Antes, oficialmente, en este país ser republicano era una rareza: no éramos especialmente monárquicos, pero en la prensa se nos definía como “juancarlistas”. Ahora, tweet a tweet, comentario a comentario, nadie se calla a la hora de criticar a la Corona o de defender la posibilidad de que España sea una república. O de ridiculizar a una empresa de lujo que se pone los bolsos en la cabeza. O de hacer triunfar una canción en portugués porque la baila un futbolista millonario. O de indignarse y acampar en una plaza pública. No es que Twitter y compañía sean un Gran Hermano que todo vigila y todo lo magnifica, es que los tweets se han convertido en la descripción, en tiempo real, de nuestro inconsciente colectivo. Jung estaría encantado.

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