La isla mínima

La isla minima

El cine español cerrará 2014 con una buena cuota de pantalla gracias a títulos que han arrasado en las taquillas como Ocho apellidos vascos, El Niño o Torrente 5. Sin alcanzar las abultadas cifras de estas películas, La isla mínima también ha conseguido atraer al público a las salas, gracias a los premios conseguidos en el Festival de San Sebastián, a una buena campaña de publicidad (no en vano está producida por una de las grandes empresas de televisión de nuestro país) y también a las recomendaciones entre aficionados al cine y usuarios de las redes sociales.

Sin embargo, en mi caso, el visionado de la película no respondió a las expectativas previas creadas. No estamos ante un thriller oscuro y redondo como No habrá paz para los malvados, ni ante una ingeniosa y eficaz trama de suspense al estilo Tesis, por citar dos ejemplos de cine español de género. La isla mínima es una película entretenida, bien interpretada por sus dos intérpretes principales y excelentemente rodada, con una fotografía que le sabe sacar partido a los paisajes de las marismas del Guadalquivir de una forma que no habíamos visto en la gran pantalla y que nos hace preguntarnos por qué no han sido aprovechados antes.

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La historia de dos detectives de personalidades e ideologías opuestas que tienen que investigar la desaparición de un par de chicas adolescentes en un pueblo andaluz a comienzos de los años 80 puede traer a la mente situaciones y entornos vistos en True Detective. Al igual que en la serie de la HBO, La isla mínima descansa sobre la relación entre dos personajes opuestos y nos sumerge en el mundo rural, empobrecido y sucio, donde reina la superstición y las posibilidades de prosperar son casi nulas, un mundo de pantanos físicos y morales donde la podredumbre se esconde en el interior de viviendas miserables. Sin embargo, lo que indican estos parecidos es que estamos ante un relato clásico de detectives, donde aparecen tópicos y arquetipos narrativos con los que sus autores saben jugar perfectamente.

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Además, a diferencia de True Detective, donde el interés del producto terminaba residiendo en su retrato de personajes y no en una trama criminal que se resolvía de forma apresurada y casi inverosímil, La isla mínima resulta más equilibrada en todos sus elementos. La investigación del misterio avanza al mismo ritmo que el desarrollo de personajes, sin que un elemento se imponga al otro. Donde la película de Alberto Rodríguez resulta más desigual es en el trabajo interpretativo de su reparto: si bien Raul Arévalo y, sobre todo, Javier Gutiérrez, están impecables, hay actores de reparto que no están a la altura y otros, como Antonio de la Torre o Nerea Barros, tal vez no sean los más adecuados para sus papeles.

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La sensación que termina dejando La isla mínima es que tanto trama como personajes podían haber dado mucho más de sí. Hay muchos apuntes potencialmente interesantes, como la realidad española de principios de la transición o el peso de los terratenientes en el campo andaluz, que no llegan a estar lo suficientemente desarrollados, además de diversos aspectos de la trama criminal y la relación entre los dos policías en los que se podía haber profundizado un poco más. Da la sensación de que los creadores de La isla mínima han preferido dejar ciertos temas apuntados como meras pinceladas y apostar conscientemente por una sencillez que huya de lo trascendente y lo metafísico, quizás más realista pero también menos satisfactoria cinematográficamente.

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