La gran estafa americana

Con sus tres últimas películas (The Fighter, El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana), David O’Russell se ha convertido en uno de los directores favoritos de la Academia a la hora de repartir nominaciones a los Oscars: 25 candidaturas han obtenido entre las tres películas. ¿Merecidamente? Seguramente no. Quizás le estén compensando por haberle ignorado cuando estrenó sus primeras películas a mediados de los 90… o quizás en el caso de La gran estafa americana(American Hustle en su título original) el hype esté, por una vez, justificado.

Inspirada ligeramente en hechos reales -la operación Abscam, en la cual el FBI recurrió a un timador profesional para destapar varios casos de corrupción a finales de los 70-, La gran estafa americana es la historia de Irving Rosenfeld y su socia y amante Sidney Prosser, dos timadores desenmascarados por el agente del FBI Richie DiMaso. Para evitar su condena, ambos tendrán que ayudar al FBI a atrapar a otros estafadores profesionales… pero la operación pronto va alcanzando a objetivos más importantes: el alcalde de Camdem, varios senadores y la mafia. Sin embargo, esta trama policiaca es una mera excusa para que O’Russell haga un estudio de personajes, un enorme McGuffin que sirve de fondo para la historia de amor entre Irving y Sidney, además de las relaciones que se establecen entre ellos y otros personajes, como el impulsivo agente que utiliza rulos para rizarse el pelo, el simpático alcalde corrupto o la esposa de Irving, una mujer tan inestable como incontrolable. De hecho, gran parte de la película ha nacido de las improvisaciones de los actores dejando de lado el guión cofirmado por Eric Warren Singer y O’Russell, un método de trabajo que el director alienta durante sus rodajes… y que puede terminar transmitiendo la sensación de que la historia no avanza con la claridad o el ritmo necesarios en varios momentos.

Con este método de trabajo, se entiende la gran importancia que tiene el reparto a la hora de conseguir que la película no naufrague en la inconsistencia así como la tendencia de O’Russell a volver a contar con determinados actores con los que ya ha trabajado. En este sentido, los miembros del reparto de La gran estafa americana no defraudan. Amy Adams, una de las mejores actrices de la actualidad, da todo un recital de acentos y estados emocionales sin resultar artificial ni excesiva en ningún momento. Frente a ella, Jennifer Lawrence vuelve a recurrir a esas toneladas de carisma que le acabaron sirviendo para ganar el Oscar a Mejor Actriz el año pasado por El lado bueno de las cosas. Christian Bale vuelve a transformarse físicamente para dar vida al protagonista de la película, pero la sutilidad o contención con las que lo interpreta acaban haciéndole pasar más desapercibido que un adrenalítico Bradley Cooper que es cada vez mejor actor. Jeremy Renner, Robert de Niro, Louis C.K., Alessandro Nivola o Elisabeth Röhm son otros de los nombres destacados del reparto aunque se hayan quedado fuera de las entregas de premios.

Parte esencial del éxito de La gran estafa americana es su recreación estética de la moda de finales de la década de los 70 gracias a un trabajo de dirección artística, vestuario y peluquería que podemos calificar fácilmente de “fabuloso”. Elemento clave a la hora de retrotraernos a los años del apogeo de la música Disco es una banda sonora repleta de grandes temas de la época a cargo de artistas como Donna Summer, The Bee Gees, Elton John, Electric Light Orchestra o Wings, entre otros muchos. Afortunadamente, la música está perfectamente integrada en la trama, funcionando como complemento dramático que aporta fuerza y densidad a varios momentos de la película. Son estos elementos estéticos unidos al trabajo del reparto los que hacen de La gran estafa americana una experiencia cinematográfica más que disfrutable… aunque siempre nos quedará la duda de si este material podría haber dado más de sí en manos de un director más ambicioso o arriesgado que un o’Russell que, aunque en ocasiones juega a ser un Martin Scorsese o un Paul Thomas Anderson, termina siendo más contenido de lo necesario.

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