La gran belleza

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Cuentan los libros de historia que hubo un tiempo en que el cine europeo tenía una industria tan potente como la estadounidense. No olvidemos que, al fin y al cabo, el cine fue inventado por unos hermanos franceses a finales del siglo XIX y que antes de que fuera sonoro y de que las guerras mundiales arrasaran con todo, alemanes y rusos estaban en la vanguardia del séptimo arte. No olvidemos tampoco que durante los 50 y los 60 las filmografías europeas alumbraron interesantes movimientos cinematográficos que traspasaron sus propias fronteras y redefinieron el lenguaje cinematográfico clásico. Pero después de aquello llegó la nada, y el cine europeo parece haber quedado relegado a una curiosidad cinéfila, a producciones que intentan seguir el modelo hollywoodense, a las obras de un puñado de autores y a alguna rareza que logra llegar a nuestras pantallas gracias a festivales y distribuidores locos. Con salvedad de la muy subvencionada cinematografía francesa cuyas producciones siguen estrenándose, más o menos, en nuestras salas, ¿qué sabemos del cine de países como Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Grecia o Italia más allá de dos o tres títulos sueltos y el nombre de algún director concreto?

El resultado es que cualquier película europea se nos antoja extraña o diferente y en gran parte se debe a que nos hemos acostumbrado a ver obras audiovisuales al estilo estadounidense, creadores de una fórmula narrativa muy definida y de un paradigma de guión estructurado que se aplica a todas sus creaciones. Sin embargo, del mismo modo que el lenguaje escrito permite crear más allá de la novela, el lenguaje cinematográfico también tiene muchas posibilidades expresivas. Por eso, La gran belleza, candidata por Italia a llevarse el Oscar a mejor película en habla no inglesa es una gran oportunidad para ver otra forma de contar una historia en imágenes. Aparentemente deslabazada, visualmente excesiva, esta obra de Paolo Sorrentino enlaza perfectamente con la tradición cinematográfica italiana: los paseos nocturnos por una Roma solitaria nos remiten evidentemente al Fellini de La Dolce Vita, pero las fiestas de la clase alta que aparecen en la película no son tan diferentes en espíritu a las que retrataba Antonioni en La Notte. La combinación constante de lo vulgar y lo sublime es el eje que utiliza el director para plasmar la vacua existencia de Jep Gambardella, periodista y vividor que tras celebrar por todo lo alto su 65 cumpleaños comienza a replantearse el sinsentido de su vida. Autor en su juventud de una única pero prestigiosa novela, Gambardella ha dedicado su existencia a ir de fiesta en fiesta en el mundo de la alta sociedad romana, supuestamente progresista, supuestamente intelectual, un universo propio de hedonismo y exceso que contrasta con la serena belleza clásica de una Roma que pocas veces ha aparecido tan bella y majestuosa en la pantalla. De la mano de Gambardella y Sorrentino iremos conociendo los entresijos de ese mundo y los secretos de sus habitantes, un viaje en busca de “la gran belleza” tan fascinante como repulsivo en ocasiones que, quizás, no nos lleve a ningún destino.

Con un duración algo alargada y seguramente perjudicada por la repentina aparición de un par de personajes religiosos en su parte final, La gran belleza no es una película redonda y puede resultar desconcertante y desquiciante por momentos. Sin embargo, hasta entra dentro de lo lógico que una película sobre la vacuidad de la vida tenga su toque de imperfección y de inconsistencia. Recurrir al absurdo termina siendo la única manera de hablar de lo absurdo, y si además se hace a través de escenas y planos visualmente potentes y en ocasiones emocionantes, el espectáculo cinéfilo está servido. Estoy seguro de que ningún espectador podrán mantenerse impertérrito ante el gran momento en que los personajes de la película, en medio de una fiesta, se ponen a bailar esa inolvidable pieza musical que dice Mueve la colita, mamita rica

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