LA CIUDAD DEL ETERNO VERANO

Durante su estancia de un año en Barcelona, mi hermano la terminó bautizando como la Ciudad del Eterno Verano y puede que sea un nombre que se adecue bastante a la realidad. La capital catalana es una ciudad mucho más agradecida para el turista que Madrid: abierta al mar, con espacios amplios y monumentos llamativos. Seguramente sea consecuencia de las diferentes historias que ambas han vivido y de los distintos momentos de esplendor que vivieron, una en la época de los Austrias y los primeros Borbones; la otra en el siglo XIX, la época en la que se diseñó el Eixample, triunfó el modernismo y se celebraron una exposición universal en 1888 y otra internacional en 1929. Todos estos acontecimientos, sumados al lavado de cara que supuso la organización de los Juegos Olímpicos de 1992, se notan todavía en el paisaje urbano de Barcelona.

Diego y yo dedicamos el sábado a recorrer sus calles. Comenzamos por el Paseo de Gracia y admirando la Pedrera, la Casa Batlló y otras joyas del modernismo. Lástima que el precio de las entradas sea de unos 15 euros en el casa de la primera y de más de 18 euros en el segundo. La azotea que Gaudí diseñó para Casa Milà es una obra de arte espectacular, pero los precios resultan un tanto excesivos (y más tarde descubrimos que es la norma en los monumentos de la ciudad). El paseo desembocó en Plaza Catalunya y siguió por las Ramblas, con sus puestos de flores y animales y sus estatuas humanas. Nos asomamos al Mercado de la Boquería a ver sus puestos de frutas y pescados y terminamos llegando a la estatua de Colón. Comimos en un japonés en el Maremagnum mientras veíamos grandes barcos en el horizonte.

Después llegó el momento de perderse por las callejuelas del Barrio Gótico para ir encontrándonos con Santa María del Mar y la catedral de la ciudad. Encontrar la plaza de San Felipe Neri nos costó un poco, y lo conseguimos gracias al GPS de nuestros móviles. Para mi decepción, la fuente de ese bonito rincón estaba rodeada de verjas y turistas. De ahí, al Metro (que se parece mucho más al de Londres que al de Madrid, por cierto) hasta la estación de la Sagrada Familia. Ahí sí que pagamos los doce euros que cuesta entrar en su interior, subida a las torres no incluida. Hay que reconocer que el trabajo que se ha hecho para completar la obra de Gaudí es meritorio, pero hay algo que no me termina de convencer en el conjunto. El interior es luminoso y grandioso, pero quizás un poco carente del alma que sí tienen las partes edificadas en vida del arquitecto. Quizás hubiera sido mejor dejarla tal y como estaba cuando murió.

Por la noche fuimos a Montjuïc con la intención de ver la fuente mágica en funcionamiento. Sin embargo, como justo al lado se celebraba un festival de habaneras -con un público cuya media de edad no bajaba de sesenta-, el espectáculo musical se había cancelado. Paseamos por el lugar, rodeados de extranjeros y otros turistas. Lo de que Barcelona es una ciudad cosmopolita no es un tópico sin más: hubo momentos en que a nuestro alrededor sólo había extranjeros. Y como buenos turistas despreocupados por lo auténtico, cenamos en un restaurante italiano en la antigua plaza de toros de Barcelona reconvertida en centro comercial hace poco.

El domingo por la mañana nos acercamos al Parque Güell, uno de mis lugares favoritos del mundo, para saludar a su dragón multicolor, pasear por sus galerías de columnas inclinadas y ver Barcelona desde su terraza de trencadis. Agotados después de dos días de festival y turismo, pasamos un buen rato sentados en un banco de piedra, escuchando a un música tocar una especie de mandolina medieval.

5 thoughts on “LA CIUDAD DEL ETERNO VERANO”

  1. Hace unos meses también paseé por esos mismos lugares con mi chico. Pies reventados de tanto andar, pero disfrutando de una ciudad realmente maravillosa de la que Madrid tiene todavía mucho que aprender.

  2. Tampoco es cuestión de caer en el típico enfrentamiento Madrid-Barcelona. Yo creo que Barcelona sabe venderse mejor y es visualmente más agradable, pero Madrid, a su manera, también sabe ser muy acogedora.

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