Juegos de niños

Este fin de semana yo pensaba dedicarlo a hacer poco o nada. Seguramente, nada. Pero finalmente terminé haciendo de canguro de mi sobrino de veintiun meses por una serie de catastróficas desdichas (esto es por añadirle dramatismo al relato, las circunstancias no fueron tan catastróficas ni tan desdichadas). Mi hermano me dio toda una serie de indicaciones para garantizar la supervivencia de su retoño:

-Enciende de vez en cuando el aire acondicionado (vale, misión sencilla, +1 punto de buen tío y padrino).
-Cuando se despierte de la siesta, le das de comer este potito y este yogur con esta cucharilla (parece más complicado, +10 puntos de buen tío y padrino).
-Y si notas que huele mal y tiene caca en el pañal, tendrás que cambiarle (glups, con esto me garantizo cien puntos o una vida extra).

El caso es que terminamos de comer, el niño se me durmió en brazos y tuve que depositarle cuidadosamente en su cuna. Y ahí estuvo, durmiendo tranquilamente la siesta durante dos horas. Mi hermano me dijo que notaría perfectamente cuando el sobrino la daría por terminada: en efecto, comenzó a moverse, después abrió los ojos, se puso en pie y me miraba alargando los brazos para que le sacara de su cárcel portatil. Así que le liberé y le dejé correr por el salón mientras iba a la cocina a por el potito y la cuchara, mientras informaba a mi hermano de la situación por wasap. “Tienes que ponerle los calcetines, Antonio”, leí. Y en ese momento Íñigo entraba por la puerta con sus pequeños calcetines en las manos. Chico listo. Unos selfies por wasap para tranquilizar a la familia y a merendar. La merienda consistió básicamente en perseguir al niño con la cuchara llena de potito en la mano y metérsela en la boca mientras él agarraba un juguete o diseccionaba un libro. Lo del avión es cierto.

Y una vez alimentado, el niño se dedicó a cumplir sus obligaciones de niño: jugar, corretear, lanzar cosas por el suelo, reirse mucho, babear un poco y hablar en su idioma propio. En el caso de mi sobrino, Iñiglosia. Está muy bien ser niño, porque eres inagotable e incansable. Eso no está tan bien para sus cuidadores, que sí se agotan y se cansan. Menos mal que existe la Patrulla Canina. Y menos mal que mi sobrino está en su etapa “he descubierto el arte”, consistente en aplastar la punta de los rotuladores contra el papel. Es una especie de puntillismo dadaista que haría las delicias del Grupo CoBrA. Aunque lo más divertido es jugar a la destrucción total: lo más divertido de montar construcciones con los bloques es desmontarlas y lanzar las piezas por toda la habitación. Lo mismo ocurre con las letras imantadas de la nevera: las reorganiza un rato, moviéndolas de un lado a otro, cogiendo una con cuidado y volviéndola a poner, y de repente, con una risa loca, las esparce por el aire con las dos manos. Yo intenté enseñarle a jugar a recoger, pero no tuve éxito. Tendría que haber probado a cantarle lo del azúcar y la pildora como Mary Poppins… Pero es que no soy una institutriz mágica, soy el padrino búfalo del siglo XXI. Y se ve que soy también una especie de juguete, que lo mismo sirve para montar a caballito como para hacerle volar por los aires levantándolo en brazos: no falla, si ves que va a llorar o protestar por cualquier cosa, lo coges en brazos y haces un overhead squat con él (¡Aplicación práctica del Crossfit!) y la sonrisa aparece instantáneamente en su cara. Eso sí, cada día que pasa pesa más…

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