Juego de Tronos: la cuarta temporada.

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Ayer acabó la cuarta temporada de Juego de Tronos y comienza la larga espera hasta que HBO estrene la quinta. Ha sido una tanda de diez episodios en las que, como en las anteriores entregas, hemos atravesado una montaña rusa de sucesos inesperados, muertes de refinada crueldad, su dosis habitual de sexo y una larga serie de memorables escenas a cargo de memorables personajes.

¿Qué sería de una boda sin su tarta?

¿Qué sería de una boda sin su tarta?

Sin embargo, como espectador me quedo con la extraña sensación de que esta temporada no ha estado a la altura de sus predecesoras. Estaba claro que después del clímax dramático que fue la Boda Roja, un momento cumbre para el que nos llevaban preparando durante tres temporadas, nada iba a ser capaz de acercarse al impacto que nos causó aquel episodio. Poco importa que haya habido muertes de todos los tipos en esta cuarta temporada (muerte por veneno, muerte por aplastamiento de cabeza, muerte por flechazo de niño, muerte por despeñamiento, muerte por lanzamiento a través de puerta cuya ubicación debería ser reconsiderada…), porque llega un momento en que empiezan a darnos igual, ya que uno comienza a sospechar que responden a un propósito del autor de la saga, George R.R. Martin, por sorprender continuamente a sus lectores que a verdaderos mecanismos narrativos. Se alaba a Martin por su capacidad para transgredir los principios básicos de la narración heroica, pero llega un momento en que este deseo continuo de epatar acaba perjudicando a la historia. Es difícil prestar credibilidad o concentrarse en una narración donde todo parece quedar reducido a un ardid para despistar: si todos estos personajes están condenados a morir en el momento más inesperado, ¿qué sentido tiene prestar atención a sus peripecias? Las convenciones narrativas no son un mero capricho, sino que existen como armazón necesario para dar cuerpo y consistencia a las historias que se nos cuentan. Jugar con ellas es interesante e incluso necesario, pero uno corre el riesgo de que la estructura se termine viniendo abajo.

¡Yo fui la que comenzó todo este lío! ¿Nos puede importar menos?

¡Yo fui la que comenzó todo este lío! ¿Nos puede importar menos a estas alturas?

Las limitaciones temporales corren también en contra de la adaptación televisiva del libro. Martin tiene a su disposición centenares de páginas donde, además, muchos personajes acaban teniendo una presencia -que no importancia- mucho menor que en la serie (Cersei o Robb Stark serían buenos ejemplos de esto último), mientras que la serie ha creado un reparto coral en donde hay personajes que han evolucionado y madurado cuidadosamente, mientras que otros apenas han tenido dos o tres secuencias a su disposición en esta última temporada (Margaery, Theon, Stannis y su corte, incluso Bran merecería algo más de desarrollo). También uno empieza a tener dudas sobre el sentido de algunas subtramas. ¿Cuándo se lanzara Daenerys, un personaje que comienza a ganar en oscuridad y a sembrar dudas después de haber conquistado los corazones del público, a la conquista del Trono de Hierro? ¿Qué ha hecho Arya durante tres temporadas paseando por el bosque mientras que otros personajes han tenido tiempo para recorrer los Siete Reinos de principio a fin? ¿Qué ha pasado con esos cuervos que mandaban mensajes de punta a punta de Westeros y que parecen haberse extinguido?

¿Dónde está Thoros of Myr cuando realmente se le necesita?

¿Dónde está Thoros de Myr cuando realmente se le necesita?

Y sin embargo, a pesar de estas dudas que empiezan a invadirme, sigo considerando que cada episodio de Juego de Tronos acaba siendo una brillante hora de narrativa audiovisual, en la que un tópico relato de caballeros, dragones y espadas de fuego acaba convirtiéndose en una interesante reflexión sobre el poder oscuro de las pasiones humanas, poblado por personajes fascinantes generalmente bien interpretados (aunque es evidente que algunos actores están bastante más capacitados que otros. No se puede comparar a Lena Headey, Charles Dance Diana Rigg con Kit Harrington o una Emilia Clarke que se ha encontrado con el personaje de su vida, pero de cuya versatilidad dudo bastante) y una puesta en escena que sabe utilizar las limitaciones de la pantalla televisiva a su favor, incluso cuando decide tirar la casa por la ventana con mamuts y gigantes.

Un pensamiento en “Juego de Tronos: la cuarta temporada.

  1. Nils

    Muy interesante reflexión, Antonio. Muy buen post, me has hecho pensar mucho y replantearme cosas. Es cierto lo de la narración, que como no te puedes fiar de nada, pues desconfías y las tramas como que no las ves igual, pero creo que te atrapan igual, e incluso entra en juego un nuevo factor, en el que también es divertido comprobar qué pasará, si será como una narración clásica o no. Quizás mejor eso que saber el final de una película incluso cuando apenas lleva 10 minutos de metraje.

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