It Follows

De todos los géneros cinematográficos, puede que el de terror sea el que más establecidas tiene sus reglas narrativas y estéticas, para bien y para mal. Sus personajes son arquetipos, así como los temas de fondo que tratan sus narraciones. Situaciones y lugares han hecho de él un género que se permite jugar con la postmodernidad desde hace décadas (desde Scream hasta La Cabaña del Bosque, por citar ejemplos más o menos recientes) y que puede caer en lo paródico tanto voluntaria como involuntariamente. Efectismo, gore y remakes de todo lo imaginable han sido las armas más utilizadas por el género durante los últimos años. Por eso, cuando surge una película que navega contra corriente sin traicionar los principios del género y consigue que uno salga del cine mirando con temor si alguien le sigue, es obligatorio hablar de ella y recomendarla.

...y sigue, y sigue, y sigue, y sigue...

…y sigue, y sigue, y sigue, y sigue…

It Follows es la segunda película del director y guionista David Robert Mitchell, curtido en el cine independiente estadounidense. Su primera incursión en el género del terror bebe directamente de las películas de los años setenta, especialmente de George A. Romero, John Carpenter y su noche de Halloween: estamos en una película ambientada en uno de esos barrios residenciales tan típicamente americanos y protagonizada por un grupo de adolescentes más o menos variopinto, encabezado por la bella rubia -menos inocente y más espabilada que otras rubias del género, eso sí- interpretada por una Maika Monroe que se incorpora sin problemas con su trabajo en esta película al panteón de Scream Queens. En este paisaje decididamente atemporal y anacrónico, una sensación conseguida no sólo con la dirección artística sino también con una notable banda sonora casi minimalista con los sintetizadores como grandes protagonistas a cargo de Disasterpiece, en este entorno donde el mundo adulto está prácticamente ausente, la heroína y sus amigos deben enfrentarse a una amenaza sobrenatural tan simple como inexorable. Si la calidad de una película Bond se mide por el carisma de su villano, lo mismo puede decirse en este caso: la fuerza de esta amenaza no reside tanto en su poder destructivo sino en el hecho de que su presencia es, a la larga, inevitable e indestructible.

Y esta característica no es precisamente sencilla de trasladar a la pantalla, dada su sutileza. Sin embargo, David Robert Mitchell consigue impregnar la pantalla de terror con elegantes movimientos de cámara y los encuadres adecuados, logrando que lo invisible a los ojos dé más miedo que cualquier asesino psicópata de tres al cuarto. En It Follows, el horror no se esconde en el fuera de campo, agazapado para asustar a la audiencia en un golpe de efecto, sino que se mueve a sus anchas por la parte trasera del plano, avanzando lenta pero firmemente hacia su objetivo. Cierto es que la parte final de la película no está a la altura de toda su parte inicial, pero incluso ese clímax en una piscina que puede hacernos pensar tanto en La Mujer Pantera como en Déjame Entrar, resulta más que disculpable en comparación con los muchos aciertos de It Follows.

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