Interstellar: un viaje hasta Solaris

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Si en Gravity podíamos encontrar ecos del mítico Viaje a la Luna de Melies, no es difícil trazar paralelismos entre Interstellar, la última película del sobrevalorado Christopher Nolan, y Solaris, el clásico del cine ruso de los setenta basado en la novela de Stanislav Lem y dirigido por el maestro Andrei Tarkovsky. ¿El remake de Steven Soderbergh? ¿Qué remake?

La ciencia ficción, y más en concreto la llamada Space Opera, es un género que puede dar grandes momentos de divertimento pop, como los que nos han proporcionado las sagas de Star Wars y Star Trek, o servir como base para reflexiones metafísicas sobre la esencia del ser humano, más o menos interesantes, más o menos entretenidas, desde Planeta Prohibido a Alien o El abismo negro, pasando, por supuesto por 2001, una odisea en el espacio. Interstellar ha sido comparada con el clásico de Kubrick, quizás por su tono épico, por esos planos de la nave Endurance orbitando Saturno o porque no hay mucha diferencia -aparentemente- entre introducirse en un monolito negro o un agujero de gusano. Sin embargo, donde Stanley Kubrick optaba por el silencio y la ambigüedad, Nolan opta por la filosofía y la palabrería, acercándose mucho más al discurso de Solaris, la que fuera conocida como “la respuesta soviética a 2001“.

Naves Misteriosas
Naves Misteriosas

En Solaris, el protagonista abandona a su familia, puede que para siempre, para investigar la situación en que se encuentra una estación espacial que orbita alrededor de un extraño planeta. En Interstellar, el protagonista también tiene que abandonar a su familia, puede que para siempre, para investigar varios extraños planetas que orbitan alrededor de un agujero negro. En su largo viaje a través del espacio, uno y otro tendrán la oportunidad de filosofar junto con sus compañeros de aventura sobre el alma humana y sus misterios. Tanto Nolan como Tarkovsky acaban proponiendo que el amor es la única fuerza capaz de superar las barreras del tiempo y del espacio, consiguiendo que sus protagonistas puedan volver a comunicarse con personajes esenciales de su pasado gracias, en parte, a fuerzas que les son superiores e inalcanzables. Los Deus Ex Machina están presentes en ambos títulos desde el comienzo mismo de la narración y su esencia permanecerá siempre envuelta en un halo de misterio.

...donde ningún ser humano ha estado antes
…donde ningún ser humano ha estado antes

Sin embargo, en ambas películas, la personalidad de sus directores acaba imponiéndose tanto para bien como para mal. Si a Tarkovsky le pierde en algunos momentos su tendencia a la contemplación, además de tener que suplir con imaginación las limitaciones presupuestarias de la industria cinematográfica soviética, en Interstellar vemos una vez más los típicos defectos que aquejan al cine de Nolan, comenzando por esa manía de tomarse demasiado en serio a sí mismo como autor. Hay que agradecer a Nolan su atrevimiento a la hora de intentar hacer películas de gran presupuesto y para todos los públicos que no tienen miedo de proponer argumentos maduros y desarrollos argumentales con cierta complejidad. Técnicamente perfecta, Interstellar es una película por momentos brillante -toda la descripción inicial del moribundo planeta Tierra, por ejemplo-, pero que a veces disimula con su grandilocuencia los habituales defectos narrativos que el espectador detecta una vez se encienden las luces de la sala y piensa un poco sobre lo que ha visto: son demasiadas las cosas que suceden sin motivo aparente y aun muchas más las decisiones que toman los personajes que resultan absurdas e incoherentes. Es curioso que Interstellar sea una película que habla del amor como el motor que mueve el Universo cuando, en realidad, acaba resultando más fría que emocionante.

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