Fresas Salvajes

Fresas salvajes

En unos tiempos en los que el cine de los ochenta ya se considera clásico, Quentin Tarantino es un veterano y venerado director y el blanco y negro se ha convertido en un filtro de Instagram, ¿tiene algún sentido (re)descubrir, recomendar y reivindicar una película como Fresas Salvajes (Smultronstället), estrenada por el maestro del cine sueco y uno de los grandes nombres del cine europeo de todos los tiempos, Ingmar Bergman, allá por el año 1957?

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Pues evidentemente, sí, porque basta ver los primeros minutos de esta historia tan sencilla como emocionante para darse cuenta de que estamos ante una muestra de cine de vanguardia. Después de que la voz en off de su protagonista, el anciano médico Isak Borg, nos resuma en pocos líneas como ha sido su vida, una existencia marcada por una soledad en cierta manera deseada, nos sumergimos en una pesadilla narrada en imágenes de una manera certera, poderosa y eficaz. Una calle solitaria, una esfera de reloj sin agujas, un hombre de rostro grotesco que se deshace en el aire, un coche fúnebre arrastrado por caballos, un ataúd que se abre para enfrentar a Isak Borg con su propio cadáver revivido… Bergman lleva a la pantalla el mundo onírico como sólo los grandes maestros (Buñuel, Hitchcock…) han sabido hacerlo.

Smultronstället (1957)

Esa pesadilla de un anciano que ve cercano el fin de sus días marca todo el tono de la película. Afectado por su sueño, Isak Borg decide prescindir del avión e ir en coche hasta la ciudad de Lund, donde va a ser objeto de un solemne homenaje. Acompañado por su nuera y de diversos personajes que se van encontrando por el camino, este trayecto en coche se convierte en un trayecto por su existencia a través de encuentros con lugares y personajes del pasado, recuerdos nostálgicos y nuevas ensoñaciones. El amor, los remordimientos, la existencia de Dios, la angustia vital o el temor a repetir los errores de nuestros mayores son algunos de los temas que Bergman trata con soltura, naturalidad e incluso sentido del humor a lo largo del metraje de la película. Seguramente más cercana a la ligereza de Sonrisas de una noche de verano que a la solemnidad de El Séptimo Sello -estrenada también en 1957- Fresas Salvajes finaliza con una emocionante escena tan luminosa como sólo la fotografía en blanco y negro sabe conseguir. Al fin y al cabo, los lugares de nuestra infancia, los lugares donde crecían las fresas salvajes y pudimos ser felices, siempre vivirán dentro de nosotros: nadie puede robárnoslos.

Smultronstället

Estrenada sólo unos pocos meses después que El Séptimo Sello, la película que consagró internacionalmente a Ingmar Bergman tras ganar el premio especial del jurado en el Festival de Cannes de 1957, Fresas Salvajes se encargó de confirmar su prestigio, consiguiendo hitos para el cine europeo como una nominación al Óscar en la categoría de Mejor Guión Original. Datos enciclopédicos y anecdóticos aparte, lo que demuestra ver Fresas Salvajes más de cincuenta años después de su estreno es que el elemento básico e imperecedero del lenguaje cinematográfico son las emociones… y que los maestros del cine de los 50 y los 60 eran mucho más modernos y creativos que los supuestos maestros del cine contemporáneo. Claro, ellos se conforman con ser posmodernos.

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