¡EXÁMENES!

El Acompañante Habitual está de exámenes y eso hace que yo, de rebote, esté también en exámenes, época de estrés, agobios, histerias y grandes terremotos emocionales. Menos mal que sólo duran un mes y que después llegan las vacaciones, un remanso de sol, piscina y, por ejemplo, góndolas.

Yo no puedo decir que fuera un mal estudiante, pero tampoco era el típico empollón que se levantara a las siete de la mañana todos los días para memorizar los apuntes. Yo no empezaba a estudiar hasta que sonaba mi alarma interna, que solía ser a principios de enero o a principios de mayo en función de la temporada de exámenes. Es cierto que mi carrera no es la más complicada del campus y que, sobre todo, teníamos muchas prácticas, pero también tuvimos que enfrentarnos a tres o cuatro ladrillazos. Como memorizar como un loro es para mí una tortura, yo me dedicaba a hacer resúmenes de los tochos y después resúmenes de los resúmenes que terminaban convirtiéndose en superventas en la fotocopiadora.

De todas formas, esto sólo era la preparación previa. La verdadera temporada de exámenes no llegaba hasta que se terminaban las clases y entonces todo se reducía a estudiar, estudiar y estudiar hasta que dolía el cerebro. Yo me levantaba cuando mi madre y mi hermano ya se habíahabian ido, desayunaba y a las diez en punto me sentaba en mi mesa y empezaba a transferir los conocimientos del papel a mis neuronas. Cuando me desesperaba, me ponía a dar vueltas por el pasillo repitiendo en voz alta los tipos de micrófonos, el paradigma de Laswell, las teorías de Adorno, el esquema de Syd Field o las fechas de fundación de los principales periódicos europeos. Sí, algo así como la viva imagen de la locura. Por eso me cundía más estudiar solo en casa por las mañanas que sufrir interminables noches temáticas en las que tenía que permanecer sentado y en silencio.

Por las tardes, el estudio me cundía menos. Si me quedaba en casa, terminaba viendo dibujos animados en Cartoon Network: ponían seguidos Johnny Bravo, el laboratorio de Dexter y las Supernenas, que eran series de estreno en la época. Menos mal que “Vaca y Pollo” me repelían y me hacían apagar el televisor. Ir a la biblioteca no era mucho mejor, porque ahí las distracciones estaban en movimiento y caminaban por los pasillos. A veces iba con Sito a la residencia de Esti a repasar Historia Universal o Historia del Arte, aunque acabábamos hablando de la última película de Wynona, del primer disco de Oasis y Radiohead o de Melrose Place. Como era una residencia sólo para chicas, Esti nos tenía que subir la cena de forma clandestina. Qué deliciosa tortilla de huevina…

Por las noches prefería dormir, aunque algunas veces no tuve más remedio que dedicarme a luchar contra el sueño para aprenderme cosas tan fundamentales e imprescindibles para la vida como la manera de hacer los referendos en Italia o los fundamentos filosofico-epistemológicos de la comunicación a través de las ondas hertzianas. En mi casa, por lo menos, no me distraían los gemidos del “polvo del siglo” que tuvieron que aguantar mis amigas la víspera del examen de Estructura de la Comunicación (ésta es una anécdota mítica que algún día habrá que rememorar con detalle). Quizás el peor momento fue aquel mes de junio en que se combinaron una ola de calor con una plaga de mariposas nocturnas peludas: si abrías la ventana, tenías que luchar contra la horda de lepidópteros; si la cerrabas, fallecías deshidratado.

Eso sí, me estoy dando cuenta ahora de la cantidad de cosas que me he permitido el placer de olvidar. Lo único bueno de los exámenes es que llega un momento en la vida en que ya no tienes que hacerlos. De mayor sólo hay que pagar facturas.

14 comentarios en “¡EXÁMENES!”

  1. ¿Tu hermano y tu madre son la misma persona? 8o

    Todo el mundo sabe que si sacabas tantas matrículas era porque a la universidad le salían gratis.

  2. Hale, ya está corregido.

    Eso de las matrículas es una “bromita” que de tanto repetirla va a terminar convirtiéndose en una Verdad Incuestionable, grrrrr…

    Buf, Maggie, me da a mí que el estrés es demasiado grande para aprovechar los subidones excitantes, :-D

  3. Muy bueno. Mi cerebro debe haber hecho ejercicio de higiene mental porque he olvidado por completo lo que era el paradigma de Laswell. Suerte que nunca me ha hecho falta para una entrevista de trabajo…

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