Esperar

El sábado quedamos a tomar cañas en horario infantil para celebrar el cumpleaños de una amiga. Mientras media docena de niñas correteaban a nuestro alrededor, su marido me preguntó:

-¿Y? ¿Sigues en el paro ahora mismo, qué haces?
-Sí, ahí estoy, esperando oportunidades laborales…

Noté que Diego me miraba mal, así que añadí más verbos a mi discurso.

-Buscando oportunidades, sembrando, esas cosas, ya sabes.

Pero, en realidad, sé que las oportunidades acaban llegando por sorpresa y son en gran medida incontrolables. Por supuesto que hay que buscar, claro que hay que esforzarse. Pero con eso sólo no basta: al final casi todas las historias de éxito se resumen en “estar en el sitio adecuado en el momento adecuado”. Eso sí, ni sabemos cuál es el sitio ni cuál es el momento. Los libros de autoayuda dicen que cada uno se busca su destino, que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero eso sólo es una forma de tranquilizarnos y refugiarnos de la evidencia de que el destino sólo existe en la teología protestante y que la única recompensa que nos asegura el esfuerzo es que estemos satisfechos con nosotros mismos. Al final, como decía Woody Allen en Match Point, todo depende de que el azar determine si la bola cae en nuestro campo y en el contrario.

Y mientras espero a que llegue el juego decisivo, sigo entrenando con mi raqueta.

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